Si Axel Kicillof no sabía que era la perversidad, ayer recibió una lección inolvidable. Todas sus lecturas y sus clases magistrales sobre los postulados económicos de Marx o Keynes sólo le han servido para convertirse en el vocero del ajuste. Del réquiem para el modelo de crecimiento sin desarrollo con que el kirchnerismo gobierna desde hace 11 años. De aquella administración que cancelaba deudas con el FMI, que exhibía con orgullo los superavits gemelos y que estatizaba Aerolíneas o echaba salvajemente de YPF a los accionistas de Repsol, al ministro de Economía le toca negociar con el Fondo, pagarle mansamente a la petrolera española, devaluar como pedía el presidente del Banco Central y terminar con los subsidios para que las tarifas de servicios hagan trizas el presupuesto de la clase media argentina. Tal vez Cristina no lo haya convocado para éso pero ése es el papel triste que le toca desempeñar. La perversidad se siente a gusto en el poder.

"Prestenme atención", retaba Kicillof ayer en el ministerio de Economía, como si todavía estuviera en los claustros. Pero ya nadie se la prestaba. Ni siquiera su compañero de desgracias, el ministro de Planificación, Julio De Vido, un hombre que pasará a la historia del país adolescente como el funcionario que dispuso de mayores ingresos (gracias a la soja) para dotar de infraestructura al Estado y dejará a la Argentina con trenes de espanto, autopistas destrozadas, tendidos eléctricos domiciliarios insuficientes, una banda ancha con celulares que no funcionan y una provisión de gas sostenida por combustible importado en barcos que nos cobran carísimo. El único lugar donde se corea su nombre es en los actos de las víctimas de la tragedia de Once y no es precisamente para alabarlo.

Las cosas podrían haber sido diferentes si se hubieran hecho bien. Roberto Lavagna le pidió a Néstor Kirchner en 2004 que comenzara a reducir los subsidios de a un 10% por año para que las concesionarias de servicios pudieran ir modernizando la infraestructura. La respuesta siempre fue no y el argumento era que con tarifas congeladas se ganaban elecciones. Pero Cristina y sus colaboradores más obsecuentes nunca se detuvieron a pensar en el futuro. Tuvieron una derrota electoral de aviso, en el 2009, pero no fue suficiente. Creyeron que la recuperación era el aval para no planificar nada. Y ahora deben retroceder en chancletas, obligados por la derrota del año pasado y agobiados porque deben usar las herramientas de la ortodoxia económica que siempre aborrecieron.

Ni siquiera le quedó a la Presidenta aquel berretin de celebrar en público el pago de los bonos atados al crecimiento. Casi con vergüenza, a Kicillof también le tocó anunciar el índice manipulado del 3% para evitar el desembolso de 3.000 millones de dólares que hubieran dejado las reservas al borde del ACV financiero. Como lo está haciendo con la inflación, el Gobierno también debe bajarse de la mentira anual de un crecimiento inflado que en febrero había estimado en 4,9%. El futuro inmediato son más juicios para la Argentina y esa sensación inconfundible que volvemos a transmitirle al mundo. Esa que nos hizo la fama de que no tenemos remedio.