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Jueves 4.1.2018
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Trump: el amigo solterón del asado de los domingos

Una obstinada ceguera impide que los críticos del presidente norteamericano comprendan por qué gobierna fuera de libreto

SEBASTIÁN MARIL Research for Traders smaril@researchfortraders.com

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Trump: el amigo solterón del asado de los domingos

Donald Trump es, en la ausencia de una mejor descripción, el amigo solterón del asado de los domingos. Tosco, bruto, chocante, malhablado. Ese amigo que se lleva el mundo por delante sin importarle mucho la opinión de los demás. Esa persona que, por algún motivo que muchos aún no logran comprender, llegó a la presidencia de los EE.UU. Trump es la antítesis de todo aquello que caracteriza al típico presidente norteamericano.

La semana pasada, EL CRONISTA publicó una columna escrita para el FINANCIAL TIMES por Gideon Rachman, un periodista de origen británico cuya trayectoria es intachable. En su columna titulada “EE.UU. y China dejan un año sombrío para la democracia”, Rachman critica a la actual administración  norteamericana argumentando que Trump está enviando el mensaje que EE.UU. ya no está interesado en defender la democracia y el gobierno recto. 

Rachman se equivoca.

Quiero aclarar algo: no soy “trumpista”. Mi candidato a presidente de los EE.UU. era el Senador texano Ted Cruz quien me parecía como el político más parecido al expresidente Ronald Reagan que el sistema electoral norteamericano había puesto en escena desde 1988. Cruz era, y es, sereno, diplomático, bien hablado, reconciliador, moderado. Sí, todo lo opuesto a Trump. Pudiendo ejercer mi derecho al voto, hubiese votado a cualquiera de los 17 candidatos presidenciales Republicanos, antes que al actual presidente. Por este motivo, y ya Trump con la candidatura asegurada, me costó horrores defenderlo y justificar sus exabruptos diarios durante la campaña presidencial.

Pero lentamente comencé a darme cuenta de que algo había ocurrido en los EE.UU. para que Trump tuviese la más remota posibilidad de habitar la Casa Blanca. Nadie se convierte en presidente por casualidad. Un cambio fundamental, una transformación, un detonate específico, logró que el amigo solterón del asado de los domingos llegue a la presidencia de la primera potencia mundial. El mundo asume que el electorado norteamericano es racista, patotero, nacionalista y por este motivo votó a Trump. Nada puede estar más alejado de la verdad, especialmente porque no conocemos al americano que eligió a Trump sobre una experimentada Hillary Clinton.

Los críticos de Trump aún no comprenden por qué el neoyorquino obtuvo la victoria más abultada desde 1984, y por este motivo van a seguir siendo superficiales en el análisis de cada decisión que toma. En otras palabras, continuarán llamándolo “antidemocrático” como lo tilda Rachman en su columna o “populista” como lo hacen otros.

Gideon Rachman, como la gran mayoría de los habitantes del planeta, no es capaz de dar crédito a Trump si éste algún día descubre una cura contra el cancer. Una obstinada ceguera impide que los críticos del presidente norteamericano miren más allá de sus modos. Para ellos, Trump es el culpable  de prácticamente todos los males que afectan al planeta.

Es esta ceguera que los lleva a criticar cada decisión que toma Trump cuando la historia muestra que no son decisiones del actual presidente. Es esta ceguera la que los influencia a tildar a Trump como “dictador” o “charlatán” sin darse cuenta que muchas de estas políticas de Estado pasaron desapercibidas durante previas administraciones. 

¿Sabemos que el “muro” no es idea de Trump sino que es Ley desde el 2006 y fue votada por los entonces senadores Barack Obama y Hillary Clinton? ¿Sabemos que la decisión de mudar la Embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén es Ley desde 1994 cuando Bill Clinton era presidente? ¿Sabemos que Ronald Reagan también bromeaba con el tamaño del botón nuclear mientras la Unión Soviética amenazaba diariamente a EE.UU.? ¿Sabemos que el ritmo de deportaciones de indocumentados fue mayor en la presidencia Obama que en el mandato de Trump? Todos estos ejemplos son utilizados como decisiones o dichos antidemocráticos o populistas de Trump, ¿pero sus antecesores entonces no lo fueron? 

Existen cantidades industriales de ejemplos atribuibles a Obama que fácilmente pueden ser considerados como ilegales, ni decir antidemocráticos. Benghazi, la recompensa a Irán a cambio de rehenes, el tráfico de armas a México, la persecución a entidades conservadoras utilizando al IRS (AFIP), la venta de Uranio a Rusia. Y puedo seguir. Ésta es información pública ignorada por Gideon Rachman y desconocida por la mayoría de nosotros.

Ahora, formulo una la última pregunta: ¿Si la presidencia de Barack Obama fue tan buena, por qué motivo en las elecciones de 2016, los Demócratas perdieron la presidencia, el Senado, la Cámara Baja y sólo pudieron retener 17 de las 50 gobernaciones? ¿Habrá sido tan buena como nos cuentan o solo benefició a ciertos sectores del electorado norteamericano?

La respuesta explica por qué Trump hoy es presidente y por qué Gideon Rachman se equivoca al afirmar que la Casa Blanca no desea defender la democracia ni busca ser un Gobierno recto. Todo lo opuesto es verdad. El norteamericano que votó a Trump es aquel que desea recuperar los valores, las tradiciones y la cultura que hicieron de EE.UU. una gran Nación, y de ninguna manera este grupo de electores desea que su líder gobierne de manera antidemocrática e inconstitucional. Es más, nada de lo que ha hecho Trump va en contra de la democracia. Se puede afirmar que su forma de gobernar está fuera de libreto, pero esto no lo hace antidemocrático y es exactamente esto lo que lo hace un personaje atractivo para el 50% de la población que lo votó. 

Nueve de cada diez argentinos, cada vez que viajan a los EE.UU., visitan la tierra de Hillary Clinton. Esto es, las grandes urbes, pujantes, cosmopolitas, habitadas por una ideología socialdemócrata europea y mayoritariamente laica. Los argentinos, como cualquier otro turista, conoce al americano que votó a la ex primera dama. El elector que vive en Nueva York, Miami, Chicago, Los Angeles. El americano que sale de compras al Aventura Mall o viaja en los tranvías de San Francisco. ¿Cuántos de nosotros podemos decir que conocemos al americano que votó a Trump? ¿Cuántos conocemos los estados de Idaho, Montana, Kentucky, Arizona, el interior de Texas y Oklahoma? ¿Cuántos sabemos qué es un “redneck”? Me atrevo a decir que pocos.

Las elecciones presidenciales del 8 de noviembre de 2016, enfrentaron a un sector del electorado que deseaba continuar con un cambio cultural, social y demográfico iniciado hace 30 años (Hillary Clinton), con un segmento de la sociedad que quería recuperar las tradiciones heredadas de los padres fundadores de la Nación (Donald Trump).

Rachman debe entender que la transformación lenta y paulatina de la sociedad norteamericana a lo largo de las últimas tres décadas, ha despertado a un gigante dormido quien encontró en Donald Trump a su principal referente. 

El único arquitecto de esta transformación ha sido el Estado quien ha llevado a la primera potencia mundial de tener una sociedad abierta, libre, capitalista, religiosa y autosuficiente, a la actual cultura progresista, estado-dependiente, laica y permisiva. Hoy, este sector de la sociedad reclama sus tradiciones y su cultura. Pide a gritos ser autosuficiente sin un Estado omnipresente que cambie su esencia.

En su análisis, Rachman acierta en decir que el ascenso de Trump ha cambiado la atmósfera política en todo el mundo, pero cae en la trampa de evaluar a Trump desde una definición literal de todo aquello que debe ser un presidente de la primera potencia mundial. Diplomático, dialoguista, inclusivo, mediador.

Durante 30 años, gobiernos Republicanos y Demócratas, muy imperceptiblemente, transformaron fundamentalmente al país. EE.UU. ya no es la potencia económica y militar que era en los años 80. Ya no lidera el mundo como lo hacía antes. Ya no es tan respetado ni temido como supo serlo. 

Debemos saber que el electorado que votó a Trump no es patotero, racista, loco, maleducado, soberbio, arrogante, o, como describe Rachman, charlatán y demagogo. Es tan sólo un grupo de personas que entiende a la perfección que el mundo está cambiando hacia algo desconocido que perjudicará al Estados Unidos que todos conocemos y desea un giro de 180 grados. Estas personas votaron a Trump para hacer que EE.UU. vuelva a hacer la Nación que dejó de ser a principios de los años 90. 

En pocos días se cumple el primer aniversario desde la llegada de Trump al poder. ¿Tan malo ha sido su mandato hasta ahora? Desempleo entre hispanos, afro-americanos, mujeres y blancos, se encuentra en los niveles más bajos históricos (en el caso de las mujeres desde el año 2000). Los ingresos suben, las odiosas regulaciones (burocracia) desaparecen. Los impuestos bajan. La confianza del consumidor en sus niveles máximos. Wall Street bate récord, tras récord. La inmigración ilegal comienza a reducirse y EE.UU. muestra la diplomacia ochentista “acá mando yo”. Esto es lo que votaron los norteamericanos y el futuro dirá si este cambio radical funciona.

Nos puede o no gustar Trump. No es una persona muy agradable y nunca sería el padrino de mis hijos. Pero la realidad nos muestra que mal no le está yendo.

Cuando la sociedad reclama cambios profundos, se mueve en masas y elige candidatos dispuestos a implementar estos cambios radicales sin importar el costo y las consecuencias. Rachman debe entender que, para el americano que votó a Trump, la alternativa de no elegirlo significaba la transformación fundamental de los EE.UU. Y esto era inaceptable. Sino ¿por qué otro motivo Hillary Clinton cayó derrotada?

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