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La Argentina y el futuro del trabajo: el desafío del consenso para el cambio

DANIEL FUNES DE RIOJA Presidente COPAL / Vicepresidente 1ro. UIA / Presidente OIE

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La Argentina y el futuro del trabajo: el desafío del consenso para el cambio

En primer lugar y para que no queden dudas al respecto, cuando hablamos de ‘trabajo’ no nos referimos a cualquier tipo de actividad laboral sino a aquel que esté debidamente registrado y legal y socialmente protegido, sea que se desarrolle por cuenta propia o ajena.


Vale dicha aclaración pues alrededor del 40% de la actividad laboral en el país y especialmente en actividades de baja tecnología y productividad, se desarrolla de manera informal y obviamente no constituye empleo de calidad.
Por otro lado y tal como señala la OIT, el sector de las micro y pequeñas empresas es de gran magnitud en términos de unidades económicas y de generación de empleo y tiene una elevada heterogeneidad productiva pues "la fuerza del trabajo de la región no ha transitado de sectores de baja productividad hacia sectores con mayor productividad. No ha ocurrido una transformación que reasigne recursos en forma más productiva y eficiente, las empresas nuevas o existentes han respondido a condiciones de crecimiento y mayor demanda, pero sin haber transformado sus características productivas y de productividad" -Panorama Temático Laboral. Pequeñas empresas, grandes brechas - OIT -págs.14/15.


Al mismo tiempo, cobra cada vez más relevancia en el mundo moderno la actividad independiente o por cuenta propia y, por ello, no puede dejársela de lado a la hora de su consideración tanto para la cobertura de la protección social como para su inserción en la formalidad, para que no constituya también parte del ‘otro sendero’ (economía sumergida).


Según estimaciones de la OIT, la estructura del empleo por tamaño de empresa representa que aproximadamente el 28% de los trabajadores lo hacen por cuenta propia, el 27.8% en microempresas, el 18.8% en pequeñas empresas, mientras que el 2.7% están en la mediana y 16.2% en la gran empresa.


A su vez, la tasa de empleo no registrado según rama de actividad, muestra que la construcción, la informalidad en establecimientos hasta 5 ocupados es de 93.50%, mientras que de 6 a 40 ocupados disminuye al 55,40%. Por su parte, tanto comercio como industria, presentan guarismos similares (comercio hasta 5 ocupados, 64,60% y de 6 a 40 ocupados, 29.60%) mientras que la industria manufacturera tiene en hasta 5 ocupados 67.40% y de 6 a 40 ocupados, 31.30% (Observatorio de Empleo, MTESS).


Está claro que dicho entramado productivo se caracteriza fuertemente por la ocupación autónoma y en micro y pequeña empresa donde la informalidad predomina, con lo que es obvio que la normativa que rige a las mismas y la presión fiscal que pesa sobre ellas, es indudablemente un factor que termina evidenciando la ‘nominalidad’ de la regulación para vastos sectores de la producción, especialmente aquellos de menor capacitación y en actividades de más baja tecnología.


Sin embargo, hoy la innovación y la tecnología vienen a velocidad acelerada, definiendo nuevas realidades del proceso productivo y, consecuentemente, aparecen nuevas modalidades de trabajo dependiente que van más allá de las fórmulas convencionales que implicaron los métodos de producción fordista y que se encuentran bajo el desafío de una nueva generación de empleos, con la ‘cuarta revolución industrial’, la economía digital y las cadenas de valor.


Por ejemplo, el teletrabajo o trabajo remoto, el tiempo compartido (time sharing) o aún el puesto de trabajo compartido (el job sharing, donde trabajadores que pueden realizar tareas en oficina y remotas, operando simultáneamente sobre el mismo puesto de trabajo, con la misma terminal de computación y compartiendo responsabilidades), son realidades de este ‘nuevo mundo’ laboral.


La cuestión no es meramente resistir o negar la realidad (como los taxistas en muchas partes del mundo que confrontan a UBER sin adecuarse a la nueva realidad tecnológica de la que parte UBER, pero a la vez sin exigirles -como que cumplan un mínimo de regulaciones razonables para que la competencia sea transparente y el servicio público sea cumplido bajo condiciones lógicas).


En ese contexto, el problema de la Argentina aparece no solo desde el punto de vista normativo para dar un encuadre adecuado al trabajo del futuro, sino que la falta de adaptación a tal realidad ‘emergente’ también se refleja en muchas decisiones jurisprudenciales referidos a distintas materias que terminan convalidando una disociación muy fuerte con ‘el mundo de la economía real’.


De tal magnitud es el divorcio señalado que -en nuestro país-hasta la propia Corte Suprema de Justicia de la Nación ha debido ‘ordenar’ criterios relativos a aspectos laborales -sea de Derecho Individual o Colectivo- que han justificado la intervención de la máxima jurisdicción nacional, para evitar profundizar irrazonablemente la brecha entre orden normativo y sistema productivo.


Bajo estas circunstancias, lo que el futuro del trabajo nos está planteando es la necesidad de adaptarnos, entender y aceptar esta irrupción competitiva, a la vez que reconocer la aludida dualidad del mercado laboral y utilizar el camino del diálogo social entre Gobierno, trabajadores y empresarios-para encarar políticas que hagan que aquellas ‘viejas realidades’ y estos ‘nuevos desafíos’ se plasmen en soluciones efectivas.


En definitiva, no se trata de resumir la cuestión en forma binaria diferenciando entre modernidad tecnológica o corporativismo conservador, sino en encontrar las fórmulas que concilien la innovación, la tecnología, la productividad y la competitividad con el desarrollo económico y social, en el marco de legalidad institucionalmente respetable y socialmente respetado pues, finalmente, de eso se trata: si el fin compartido es crear más y mejor empleo, no hay dudas que el camino para ello es tener también más emprendedores y más empresas.

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