ANÁLISIS

Una dinámica cambiaria que se torna insostenible

Comenzó el último trimestre del año y el "Plan Empalme" ingresó en la recta final. Se trata de la profundización de la estrategia económica que el Gobierno instrumentó a principios de año para atender el ciclo electoral, intentando conectar la salida de la crisis de la pandemia con un buen resultado en las urnas: atraso cambiario, represión de precios, tarifas congeladas, tasa de interés real negativa, obra pública y mucho estímulo al consumo son los pilares del programa.

Pero el plan fracasó. Y al margen de la búsqueda de explicaciones y discusiones internas en la coalición gobernante, no es novedad la radicalización de la estrategia hacia fin de año. El Gobierno pisa el acelerador en respuesta al cataclismo electoral de las PASO, postergando correcciones, amplificando desequilibrios macroeconómicos y dejando un escenario sumamente complejo para los próximos meses.

Hacia adelante las incógnitas viene por el lado de si la dinámica cambiaria resiste hasta las elecciones; si el programa deriva inevitablemente en una nueva crisis macroeconómica; y cual será la función de reacción del gobierno a un escenario electoral adverso en el marco de extrema fragilidad macroeconómica. Recién ahí seremos capaces de comenzar a visualizar lo que sucederá con la economía durante el 2022.

Como se puede apreciar, el sendero que deberá atravesar la economía argentina luego de las elecciones hasta cerrar el acuerdo con el FMI se torna cada vez más estrecho, sinuoso y riesgoso ya que la radicalización y el accionar del Gobierno apunta en el sentido contrario al que la economía necesita.

En este contexto, y condicionados por la pobreza arriba del 40%, la estabilidad del frente cambiario resulta medular para evitar un nuevo episodio disruptivo. Algunos datos al respecto describen la complejidad de la situación.

Fin del veranito cambiario. El primer punto tiene que ver con la liquidación récord de u$s 25.700 millones del sector agroexportador en los primeros nueves meses del año. Equivalen a u$s 10.600 millones más que el año 2020 y a 42% más que el promedio de los últimos diez años. Con algunas complicaciones climáticas en el arranque del año, este fenómeno se explica exclusivamente por la suba abrupta de los precios de commodities. Gracias a la "Santa Soja", el BCRA dejó de ser vendedor en el mercado cambiario en diciembre del 2020, y pudo extender el veranito cambiario hasta julio 2021, logrando comprar u$s 7700 millones y recomponer reservas. Pero ese veranito terminó. En agosto el saldo cerró neutro y en septiembre terminó nuevamente en rojo, con un saldo vendedor de u$s 950 millones, negativo que se va a prolongar hasta final del año.

Reservas netas en mínimos. En segundo lugar, a pesar de la compra de dólares en la primera parte del año, las reservas internacionales netas son exiguas. Hacia fines del año 2020, habían alcanzado u$s 1755 millones, y quedaban en negativas si no se contabilizaban las posiciones de oro. Con el correr de los meses se recompusieron hasta casi u$s 6500 millones, pero en los últimos dos meses ya descendieron a u$s 3000 millones. Hacia adelante la perdida esperada en el mercado de cambios y la mayor intervención para frenar los tipos de cambios paralelos implica mayor drenaje de dólares en los próximos meses, lo que dejaría al BCRA sin reservas netas hacia fin de año.

Mercado cambiario sin excedentes. Los mayores precios de commodities, la recuperación económica mundial y de nuestros principales socios comerciales, y el aporte de DEG del FMI permitieron financiar la recuperación, las mayores importaciones y cerrar el balance cambiario en 2021. Hacia el 2022, y aún en un escenario de acuerdo con el FMI que despeje los vencimientos con el organismo, con este nivel de importaciones y la cuenta financiera en negativo, el balance cambiario no cierra ni genera excedentes que le permitan al BCRA comenzar a recomponer reservas para mejorar la hoja del balance. Un escenario más adverso en términos de menores precios de commodities y de depreciación de monedas de la región producto de un cambio en la política monetaria de la Reserva Federal derivarían indefectiblemente en mayores controles cambiarios y más restricciones a las importaciones.

Desaceleración del crawling peg. Ante presiones del ala política, en febrero del 2020 el equipo económico abandonó la política de crawling peg con la cual empalmaba la tasa de devaluación a la de inflación para evitar atrasar el tipo de cambio real. A partir de entonces, en un intento de utilizar el tipo de cambio como principal ancla nominal de la economía, la tasa de devaluación administrada desaceleró hasta la zona de 1% a partir de mayo (13% anualizado). El programa transita cinco meses de devaluación en esa velocidad, lo que implicó que el tipo de cambio real comience un marcado proceso de apreciación real acumulando 12% en lo que va del año, y llegaría a fin de año con una apreciación del orden del 20%. Está dinámica que afecta la dinámica del comercio exterior, agudiza el problema en el mercado de cambios y torna inviable las proyecciones cambiarias presentadas en el presupuesto del Gobierno de $131 hacia fines del 2022, completamente divorciadas de la trayectoria que marca el mercado de futuros.

Brecha cambiaria bajo presión, elevada y en aumento. Bajo una política cambiaria de desdoblamiento múltiple con férreos controles de cambio, el resultante de todas las inconsistencias del programa macroeconómico lo está absorbiendo la brecha. A pesar de la profundización de los controles de cambios y la mayor intervención del BCRA en el dólar MEP y CCL, los tipos de cambio paralelo empezaron un nuevo recorrido alcista en los últimos meses y ya han ubicado a las brechas cambiarias arriba del 80%, en una zona que se torna inviable para el correcto funcionamiento de la economía. El CCL libre ya superó los $195 reflejando la presión que seguirá aumento sobre el precio del dólar.

Finalizado el veranito cambiario, sin reservas internacionales netas, sin superávit en el mercado cambiario, con marcada apreciación del tipo de cambio real y con la brecha cambiaria en aumento, la estrategia del gobierno de profundizar el programa electoral en los últimos meses del año deja inexorablemente al esquema cambiario en trayectoria de colisión.

Para evitar un episodio disruptivo, los objetivos de política económica en el corto plazo deberían girar en torno a dos objetivos centrales: evitar una nueva crisis macroeconómica anclando expectativas con señales de prudencia fiscal y monetaria en el último trimestre del año y reestablecer los cimientos necesarios para encausar una nueva fase de crecimiento económico impulsado por el sector privado. Mientras la recuperación pierde fuerza y los desequilibrios se agrandan, ninguno de estos objetivos está en la agenda del gobierno estos días. Por el contrario, en un intento desesperado del oficialismo de revertir o mitigar el daño electoral, una vez más, la política está decidiendo sacrificar a la economía. La probabilidad de volver a experimentar una nueva crisis cambiaria en el corto plazo va en aumento.

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