
La malbec forjó con la Argentina un matrimonio exitoso, como si se tratara de una variedad autóctona. Porque a pesar de su larga y fascinante historia francesa, su ascenso a la fama mundial es, decididamente, el fruto de su afinidad con el territorio argentino. Viajamos a los viñedos a entrevistarla, porque este 17 de abril festejamos su día, y especialmente, celebramos que es nuestra embajadora.
Fernanda: ¿Qué recuerdos atesorás de tus orígenes, tu infancia y tu familia?
Malbec: Existen unos lejanos años en la Narbona romana, una colonia en el sur de Galia, pero ese período se pierde en mi memoria. Algunos libros y autores me citan en sus aventuras.
Pero los primeros recuerdos son unos vinos muy coloreados y de buen cuerpo que ofrecía en el sudoeste de Francia, lugar que afirmo ser mi origen, más precisamente en la zona de Quercy, cerca de Cahors.

Mi madre francesa es la cepa Magdeleine Noir de Charantes y mi padre, del mismo origen, es la Prunelard Noir. Y, hasta donde me contaron, tengo una media hermana de la misma madre, Merlot, cuyo padre es el Cabernet Franc.
En Cahors mi cultivo y mi producción creció tanto que la poderosa Leonor de Aquitania, reina consorte de Enrique II, rey de Inglaterra, llevó mis vinos a las Islas Británicas. Ese fue, quizás, mi debut en el mercado internacional, seduciendo al paladar de los nobles bebedores de Londres.
F: Recordemos más de tu pasado aristocrático. ¿Es verdad que conociste a Napoleón III en París? ¿Cómo fue esa experiencia de llegar a la Ciudad Luz?
M: Fue una vivencia increíble. En 1855, Napoleón III decidió consolidar su poder celebrando una Exposición Universal en París, poco después de la Exposición Internacional Británica de 1851. En semejante evento se presentaron los grandes vinos de Bordeaux, la región aristocrática por excelencia y conocida por sus Châteaux productores. En esos vinos, mi participación fue protagónica, junto al Cabernet Sauvignon y otras cepas.
Fueron tiempos glamorosos, de trabajar para los grandes Châteaux de Medoc como Margaux, Latour o Lafite, o en St. Emilion, componiendo sus grandes vinos, es de mis mayores logros. Creo que, de algún modo, este antecedente hizo que, en otros rincones del mundo, pusieran los ojos en mis vinos de color profundo y de paladar suave y sedoso.
F: Se reconoce tu resiliencia y tu capacidad de adaptación. ¿Cómo viviste la filoxera?
M: Esos fueron momentos difíciles de vedad. Todas las vides de Europa fuimos diezmadas y afectadas por la filoxera a finales del siglo XIX (entre 1875 y 1889). Cerca de 2,5 millones de hectáreas de viñedos sólo en Francia fueron destruidos por la enfermedad causada por ese maldito pulgón.

Más tarde, cuando llegó la solución (plantar las vides en raíces o portainjertos americanos resistentes al pulgón), me costó adaptarme. Mi follaje crecía de manera excesiva, tenía altos rendimientos y mis uvas no maduraban lo suficiente al momento de la cosecha. También sufrí mucho los fríos inviernos, especialmente la tremenda helada de 1956. Pero, como decían los abuelos, no hay mal que dure cien años, y mi suerte iba a cambiar.
F: ¿Cómo recordás ese llamado o convocatoria que te cambió la vida para siempre?
M: Por suerte, ese período de mala suerte en Francia, quedó atrás con un llamado, o quizás un golpe de suerte, que transformó mi destino y el de la viticultura argentina para siempre.
El gobernador Domingo Faustino Sarmiento admiraba las culturas de Francia e Inglaterra, por lo que consideraba sus costumbres y gustos los más civilizados. Le encargó al agrónomo francés Michel Aimé Pouget (1821-1875) que trajera esquejes de vides de Francia a la Argentina. Y automáticamente pensaron en nosotras, esas uvas protagonistas de los grandes vinos de Bordeaux. Pouget me convocó junto a otras variedades, con la ilusión y la misión de imitar y crear un modelo vitivinícola a semejanzas de Francia. Y sin dudarlo, armamos las valijas.
F: ¿Cómo fue llegar a Mendoza, entre tantos inmigrantes? ¿Cómo fue tu primera vez en esas tierras cordilleranas?
M: Arrancamos trabajando en lo que hoy se conoce como la Primera Zona, Luján de Cuyo y Maipú. La disponibilidad de agua para riego nos marcó el ritmo de trabajo y el crecimiento.
Para la segunda mitad del siglo XX mi cultivo se había extendido por el territorio de Mendoza, pero mi producción se destinaba principalmente a unos vinos blend de calidad básica, en sociedad con otra uva de gran rendimiento: la bonarda. Fuimos una dupla muy trabajadora, exitosa y nos sentamos a la mesa de todos los argentinos.
A partir de los ’80, la industria eligió plantas muy productivas para dar cosechas de grandes volúmenes, en detrimento de una fruta de calidad. En ese contexto, y debido a que el consumidor bebía más blanco que tinto, me volví poco atractiva.
Pero una vez más, como muchos inmigrantes, no me rendí. Mi viaje al Nuevo Mundo no había sido en vano y estaba convencida que iba a tener otra oportunidad.
F: En los años ’90 llegaría la década de la revolución cualitativa. ¿Imaginabas semejante ascenso y salto al mercado internacional?
M: Lo recuerdo como una Belle Époque, unos años locos, un período de crecimiento, de prosperidad económica y de innovación. Con vinos de color rubí profundo, de intensidad frutal y amigos del roble, viajamos junto con las bodegas a devorarnos el mundo. Y lo logramos. Las críticas, los elogios y los puntajes que recibí fueron los mejores. Era como llegar a una fiesta, caminar por la alfombra roja y que los sommeliers o periodistas quisieran sacarse la foto conmigo. En esos tiempos, no existían las redes y las selfies no eran habituales... Sino, hubiera sido tendencia absoluta. A partir de ahí, mi carrera siempre fue en ascenso.

F: ¿Qué festejamos el 17 de abril?
M: Un 17 de abril de 1853 se presentó un proyecto ante la Legislatura provincial mendocina con la idea de fundar una Quinta Normal y una Escuela de Agricultura, en la que todas las cepas llegadas de Europa teníamos que ir a clases con la misión de transformar la viticultura de la provincia. Ese proyecto fue aprobado con fuerza de ley el 6 de septiembre del mismo año.
Digamos que ese día volví a nacer en tierras de los Andes, fue como acceder a mi pasaporte, siendo francesa de nacimiento, pero argentina por adopción. Fue el punto de partida de mi carrera, de una industria de calidad y de mi proyección internacional como la uva embajadora de este país. Por eso, y si me permiten un poquito de soberbia, cada 17 de abril, deberían alzar una copa en mi honor.
F: ¿Cómo te llevás con las certificaciones ecológicas?
M: De maravillas. Las credenciales medioambientales son como visas para ingresar a mercados especializados, y también me permiten llegar a consumidores con consciencia ecológica. Muchas personas eligen vinos elaborados con uvas certificadas como orgánicas, les preocupa el quién y, sobre todo, el cómo se produce. La producción de malbec orgánico ha crecido sustancialmente, y la casi totalidad de las bodegas trabajan bajo normas de sustentabilidad.
F: Me imagino que, a lo largo de esta vida intensa, habrás tenido grandes amores o compañeros. ¿Alguien que quieras recordar?
M: Bueno, en Francia solía tener grandes parteners, como el Cabernet Sauvignon Merlot, con ellos conformamos grandes equipos.
En mi primera etapa en Argentina, otro aliado fue Bonarda: crecimos juntos y fuimos de las parejas favoritas en la mesa de los argentinos.
Pero a partir de los ’90 me independicé, encontré mi lugar. Y hoy me siento muy cómoda con mi soledad, aunque sin duda puedo convivir en blend con otras cepas, y dar grandes vinos. Pero cuando puedo lucirme sola, siendo la expresión de cada rincón argentino, eso es lo que, verdaderamente, me hace sentir feliz y auténtica.
F: Son una tendencia los vinos de baja graduación y los desalcoholizados. ¿Lo ves como una pérdida de identidad?
M: Bueno, si me preguntabas en los ’90, te decía que estabas delirando. Hoy no puedo negarme ni rechazar los cambios. Lo veo como una alternativa que no viene a eliminar o a reemplazar al vino tradicional, viene a sumar. El vino con alcohol seguirá existiendo, no voy a renunciar a eso; pero puedo diversificarme, y ofrecer un vino más ligero, más fruta, más frescura, y puedo ofrecer una propuesta sin alcohol también. Hay consumidores que buscan alternar una copa con y una copa sin, lo que se conoce como zebra striping. Y frente a este desafío, no pienso quedarme afuera. No siento que pierda mi identidad, al contrario, la reafirmo; soy de aries, competitiva, pionera y adoro asumir riesgos y responsabilidades.
F: ¿Un lugar de Argentina?
M: Desde luego Mendoza, la provincia que me adoptó. Caminar y escalar la montaña en el Valle de Uco ha sido una apuesta fascinante, tanto como desafiar la altura de la geografía de Salta. También surfear y disfrutar de la briza del mar Atlántico, o aprender a crecer y dar vinos en las latitudes patagónicas, como Río Negro o la provincia de Neuquén. En verdad, me sienta bien toda la diversidad de paisajes de la Argentina: siempre que haya sol, noches frescas, poca lluvia, me adapto.
F: Tu declaración patrimonial al 2025, ¿podrías compartirla?
M: Claro que sí, felizmente, no hay nada que esconder. Tengo casi el 25.5% de la superficie total cultivada del país, esto es poco más de 47.000 hectáreas. Llego a más de 110 países, siendo Estados Unidos, Reino Unido, Brasil y Canadá, los principales lugares de trabajo. Del total del vino argentino exportado, represento casi el 70%, y los mayores ingresos para el sector.

F: Ahora, un ping pong, cortito y al pie. Si fueras … ¿una serie o película?
M: Una de superhéroes, por mis andanzas y aventuras.
F: ¿Un auto?
M: Un todoterreno, o esos autos que no te dejan a pie, que no fallan. Me llevas a un asado, a una reunión de amigos o me elegís como un regalo, y siempre cumplo.
F: ¿Un animal?
M: Un perro, soy fiel y de confiar.
F: ¿Un actor o actriz?
M: Cualquiera que sea multifacético, que pueda componer distintos personajes, y expresar distintas realidades.
F: ¿Un equipo de futbol? ¿Con qué camiseta jugarías?
M: Sin duda, soy fan de la Selección, es con el equipo que me siento más identificada, y obviamente, con la 10. En esto, no soy para nada modesta.
F: ¿Apodos u otros nombres?
M: Bueno, en Francia se me conoce desde tiempo atrás como Cot y Auxerrois, pero definitivamente, me gusta que me llamen malbec.
F: ¿Fiel o infiel?
M: Fiel sólo a la calidad y a la Argentina siempre. Después, infiel a las bodegas. Puedo trabajar con todas, y con todos los viticultores o winemakers que quieran expresar mis atributos a través de diversos estilos de vinos.
F: Para terminar, ¿qué sueño o desafío te queda por cumplir?
M: A partir del siglo XXI comenzó una nueva era. Ya aprobé los exámenes de calidad, y ahora voy por otro desafío: el del origen y la identidad.
Quiero convertirme en ese lente que revela y amplifica la tipicidad de cada lugar. Un camino que lo comencé a recorrer con las bodegas, en la búsqueda de expresiones auténticas y genuinas.
Mi sueño es que, cada consumidor cuando abra una botella en cualquier lugar del mundo, no solo descubra mis cualidades como la cepa argentina, sino que descubra el sabor de Agrelo o de Chacras de Coria, también de Gualtallary o Paraje Altamira, de Salta o la Patagonia, y muchas más versiones y dimensiones que cuenten la grandeza y la diversidad de la Argentina vitivinícola.


















