La revancha de los vinos blancos

La revancha de los vinos blancos

Habiendo vivido muchos años eclipsados por el tinto, o considerados erróneamente de menor categoría, hoy compiten de igual a igual como acompañantes de platos especiados e incluso asados. 

Tiempo atrás, los consumidores habituales podían nombrar, sin repetir y sin soplar, 7 u 8 cepas tintas. Pero si de blancas se trataba, se quedaban cortos. Mercados que marcan tendencia, como los Estados Unidos o el Reino Unido, y también algunos de los principales productores –como España o Italia–, muestran una simpatía cada día mayor por los blancos, a los que Francia siempre veneró, vale recordar.

En los últimos años, la Argentina evidencia una mayor vocación por los tintos suaves así como por los blancos con carácter y tipicidad. Esto no significa que todo lo otro haya desaparecido: por el contrario, todos los estilos podrían convivir en la góndola.

Lo concreto es que el país es un productor destacado de tintos, aplaudido en el mundo por su malbec. Pero no se puede desconocer que hay una oportunidad real para los blancos. Según Sebastián Zuccardi, winemaker de Bodega Zuccardi, “el potencial para elaborar blancos es enorme, no tiene techo. Y además existe la posibilidad de hacer blancos con identidad territorial, vinos con personalidad ligada a la Cordillera, a un clima seco y solar”.

Tradicionalmente, el vino blanco ocupó, en el imaginario del consumidor, un lugar relativo. Era para el pescado y los mariscos, o era el vino de una sola copa. Nada más lejos de la realidad porque, cuando se trata de buscar armonías, es la respuesta indicada gracias a su versatilidad. Así, para los amigos de los sabores especiados o picantes, no hay mejor opción que el torrontés de bandera con empanadas de carne bien condimentadas, pero también un chop suey de cerdo o verdura y los tacos o tortillas mexicanas.

Si la decisión es prender el fuego, basta con poner una botella de chardonnay en la heladera para que luego acompañe las mollejas, el pechito o el matambre de cerdo, pero también es válido dejar que se exprese con unos espaguetis con queso azul. La ensalada capresse, la pizza Margarita y la pasta con pesto claman por un pinot grigio; mientras que un ceviche clásico, langostinos apanados, mejillones a la provenzal, pulpo con oliva y pimentón saben de maravilla con una copa de sauvignon blanc o verdejo. Finalmente, si la opción son unos bifecitos de hígado con cebolla caramelizada, una bondiola braseada, un curry thai de cordero o un salmón grillado, el ganador es un riesling potente.

#AntiMito1
Muchos críticos destacados y estudios concluyen que cuando un mercado evoluciona y su consumidor educa su paladar, bebe más blanco que tinto. Así que un buen sibarita y enófilo debe ser, forzosamente, un conocedor de blancos.

Una de las tendencias con vocación de clásico indica que los blancos de corte son válidos para comer en serio. Esa corriente de los llamados white blends tuvo, entre otros promotores, un pionero indiscutido. “En 2005 debutó Gala 3, un blend de viognier, chardonnay y riesling. Siempre entendimos que en los cortes está el verdadero arte de la complementariedad y el equilibrio. En aquel momento no había muchos cortes blancos de calidad y nos pareció una buena oportunidad para presentar un producto elegante y único que completara la colección”, define Pablo Cuneo, Head Winemaker de Bodega Luigi Bosca.

Como si fuera poco, hay blancos que admiten ser guardados durante unos años para ser disfrutados en el tiempo. La acidez es, en todos los casos, un componente que garantiza su guarda y su digna evolución, más aún en los blancos. Por eso, en el mundo, los grandes exponentes -como los chardonnay franceses de Chablis o la Bourgogne, los sauvignon del Loire, los riesling alsacianos o los vecinos alemanes- alcanzan su plenitud en esas latitudes donde el clima favorece la madurez óptima de la uva blanca. En ese sentido, “las zonas altas de Luján de Cuyo, el Valle de Uco y la Patagonia son aptas para obtener la intensidad aromática y el equilibrio acidez-fruta necesario para competir con los grandes blancos del mundo”, explica Cuneo sobre el desafío y la oportunidad para las etiquetas nacionales.

Cepas y blends

Si algo tiene de divertido el planeta del vino es que siempre hay propuestas para descubrir. La industria no para de proponer pero, si se presta atención, las novedades que llegan a la góndola lo son para el mercado local, no así para el resto del mundo. Conviene no olvidar que la vid lleva habitando el planeta casi desde que el hombre existe. Por eso conviene animarse a probar cepas como verdejo, un típico varietal de Rueda, en España, que está dando lindos resultados en el Valle de Uco; el albariño, un varietal gallego que ya lleva un tiempito creciendo en el país; las deliciosas roussane y marsanne, que desembarcaron en suelo mendocino juntas y desde el Ródano; más gewürstraminer y riesling, que le están dando color y forma a los vinos atlánticos.

A todo esto se suman las ya conocidas semillón, con tenues en nariz pero con un paladar que encanta; la todoterreno chardonnay, que se expresa a lo largo y a lo ancho de la patria; la fragante sauvignon blanc, con matices que van de lo herbáceo a lo tropical, o las delicadas pinot gris y chenin blanc.

Pero, especialmente, la tendencia apunta a los blends, esos vinos que además de la expresión típica del varietal o la identidad de un territorio pueden alcanzar una complejidad única como resultado de nuevas combinaciones. Porque un blend es más que la suma de cepas: es la posibilidad de armonizar sabores y aromas, de combinar uvas vinificadas de una manera u otra, con o sin barrica, es un juego inteligente de porcentajes y otras variables que el winemaker con criterio y sabiduría gestiona como el hacedor de vinos que es.

Sin dudas, la Argentina ya empezó el camino de convertirse en un gran productor de vinos blancos. Falta que los consumidores acompañen este nuevo reto.

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¿Que el blanco no combina con la carne? Unas empanadas de res bien condimentadas con pimentón y comino acompañadas con una copa de torrontés de Salta o La Rioja son uno de los maridajes más perfectos.

Identikit de una tendencia

Según diversos estudios y encuestas a consumidores, son varias las razones por las cuales los consumidores se inclinan con cada vez mayor fervor a las etiquetas de blancos. Por un lado, hay una generación de nuevos enófilos –especialmente jóvenes y mujeres– que evolucionan de la cerveza al vino y encuentran en los blancos una bebida igualmente ligera, refrescante y casual. Otros los eligen por su precio más accesible: muchos, al no tener crianza en barrica, llegan a la góndola a precios menores que los tintos. También influye que quedaron atrás muchos prejuicios: preferir un blanco no hace a nadie menos entendido en vinos y su calidad no tiene nada que envidiarle a los tintos más reconocidos.

Vale aclarar que esa actitud también formaba parte, hasta hace un tiempo, del repertorio de resquemores de la propia industria. “Existía un mito con relación a que los blancos no eran tan buenos. Pero las bodegas empezamos a descubrir y explorar zonas límite y que no se habían abordado antes –como San Pablo, La Carrera, Gualtallary, que resultaron ser las más interesantes para la categoría”, detalla Zuccardi.

Sin duda, en este campo también los millennials tienen la palabra. Para ellos, el vino es una bebida social y una nueva cultura a descubrir. Por ende, son los que van a determinar, en buena parte, las tendencias de consumo futuras. Ellos aman las novedades y la inmediatez, pero también las historias. Y es allí donde los deliciosos blancos tienen mucho para contar sobre cepas, regiones y estilos.

Comentarios1
Pablo Pistagnesi
Pablo Pistagnesi 29/05/2018 08:29:10

No se pierdan al oportunidad de probar el Riesling, de Bodega Canale, sublime...