Viaje a Tahití, la perla de la Polinesia Francesa

Viaje a Tahití, la perla de la Polinesia Francesa

Itinerario para recorrer y descubrir Tahití y su isla hermana, Moorea, siguiendo la exclusiva ruta del monoï, el aceite de coco que esconde las más fascinantes tradiciones de ese rincón encantado del Pacífico

No hay nada más tahitiano que el monoï, un aceite para el cuidado de la piel y del cabello cuyos orígenes se remontan hasta los tiempos de los antiguos polinesios, mucho antes de la llegada de los europeos y del establecimiento de la administración francesa. Por eso se lo considera un ejemplo perfecto de ma’ohi, la reivindicación de todo lo que es genuino del fenua, otra palabra local que significa territorio o patria. Ambos conceptos se ven muy alejados de las preocupaciones de aquellos turistas que sólo buscan la belleza de las playas. Para los demás, son puertas abiertas a las fascinantes tradiciones polinesias, y la musicalidad de esas palabras resuena como un llamado a viajar. El monoï es la muestra de la sabiduría de los isleños y de sus ancestros, que supieron macerar flores de tiaré en aceite refinado de coco. Es más que un producto de belleza: cada botellita lleva la esencia misma de Tahití y de las Islas de la Sociedad. Por esa razón, no hay mejor embajador para recorrer la isla a lo largo de la Ruta del Monoï. Desde el centro de la bulliciosa Papeete hasta las selvas de los valles montañosos, desde las playas hasta las ruinas de los antiguos marae, es la ruta temática imperdible.

Perlas, tesoros de los dioses

Durante el recorrido, varios compañeros de viaje se suben a bordo del auto: el perfume de las flores de tiaré, el recuerdo de su blancura encendiendo la negra cabellera de las mujeres, alguna reminiscencia de las telas de Paul Gauguin y la increíble belleza del paisaje donde interactúan en cada momento el mar y la montaña. Además de la flor y del coco, muchos ingredientes más entran en la composición del aceite. De la misma manera, muchos ingredientes se suman al programa del recorrido que estamos a punto de emprender.

Por supuesto se empieza en Papeete, la ciudad de los murales, de los food trucks y de la cordialidad. A pesar de su pequeño tamaño, abrazó con entusiasmo su rango de capital y está llena de vitalidad. El centro comercial se concentra entre la Estación Marítima, los edificios de la Asamblea Territorial (la sede del Gobierno de la Polinesia Francesa) y el Mercado Municipal. Ese edificio encabeza siempre las listas de recomendaciones para los visitantes.

Es un concentrado de Tahití: tanto por la gente —compradores y vendedores— como por lo que se vende. La presencia gala se nota en sutiles toques, como la organización racional del espacio. Cada sector está dedicado a una actividad: la pesca, las carnes, las flores, los suvenires. Desde el primer piso se puede ver ese pequeño mundo lleno de actividad, ya muy temprano por la mañana. Las conversaciones se entrecruzan en francés y en tahitiano, con algunas palabras en inglés para los turistas. En esa planta alta están los vendedores de perlas. Las negras son un producto tan emblemático como el monoï: 100 % de cultivo, son producidas en granjas instaladas en los moana, palabra tahitiana que se traduce por lagoon en inglés: el pequeño mar interior que baña las islas y está protegido del océano por la barrera de coral que rodea la mayoría de las islas del archipiélago. Para los antiguos polinesios, las perlas y sus reflejos multicolores simbolizaban el arco iris que unía la tierra con los dioses. Encontrar tal tesoro en una ostra era un regalo divino. Desde los años ‘60 la producción es industrial, y la perla negra de Tahití está avalada por una denominación comercial. Tiene varios tonos de grises, distintos tamaños y hasta diferentes formas. La más grande que se ha encontrado al momento está expuesta en el Museo de la Perla de Robert Wan, el mayor productor de las islas. La exhibición está en su lujosa boutique sobre el bulevar costero de Papeete: es uno de los pocos museos de la isla y un must see absoluto.

De vuelta en el mercado, no hay problemas en comprar botellitas de monoï, pero es mejor abstenerse de las perlas, salvo en los puestos del primer piso: su precio es mucho más bajo que en el resto de la isla pero su procedencia no está garantizada y corren rumores sobre su autenticidad.

Explorando el resto de la ciudad, las pequeñas calles no dejan que uno se pierda mucho tiempo. Siempre se vuelve a la Catedral, a la plaza del Correo —las estampillas de la Polinesia son muy apreciadas por los filatelistas— o delante del gran faré —casa tradicional— de la Oficina de Turismo, frente al puerto de yates. Durante la exploración llama la atención la cantidad de murales: la colección de obras callejeras de Papeete es notable y adquirió cierta reputación, a tal punto que hay incluso visitas guiadas temáticas. Se sale del centro por anchas avenidas como las de Prince Hinoï o Pomaré V. Yendo hacia los barrios residenciales para emprender el recorrido, llama la atención la cantidad de food trucks sobre las veredas y en los cruces de calles. Algunos están tan instalados que tienen sus predios armados con mesas y sillas: se llaman roulottes y aparecieron mucho tiempo antes de ponerse de moda en el resto del mundo. Ofrecen comidas muy variadas, desde platos regionales de la Francia metropolitana hasta el emblemático poulet-fafa típico de la isla.

Una vuelta completa

Al dejar el centro se desemboca naturalmente sobre la única ruta que da la vuelta a la isla. O, mejor dicho, a las islas. Porque son dos: Tahití Nui (La Grande) e Iti (La Pequeña), una junto a la otra. La Ruta del Monoï es, en realidad, la de circunvalación, la única que bordea toda la costa para volver a su punto de partida. El circuito temático está señalizado por carteles, para poder ubicar más fácilmente las etapas del mapa que entregan en la oficina de turismo. Hay visitas a plantaciones de tiaré, a palmares y a centros de belleza para probar masajes con monoï de distintas esencias. También se pueden visitar los talleres de varias perfumerías. La primera de ellas es Tiki, en Faa’a, no muy lejos del aeropuerto internacional. Las botellitas de la marca —cuyo nombre reivindica a las antiguas deidades de piedra tallada— llevan más de 70 años en el mercado y los visitantes pueden seguir los pasos de fabricación en ese emprendimiento.

A medida que Papeete se aleja, las localidades son sólo pueblitos muy chicos, por lo general un puñado de casas junto a la iglesia al borde del camino, con un par de tiendas y algún hotel. Es la contracara de Tahití: zonas rurales donde el tiempo parece haberse detenido para admirar el paisaje. Las etapas se suceden, pero nunca se parecen: un jardín etnobotánico y el Museo de Tahití y sus islas en Punaauia; el marae (centro ritual precatólico) de Paea, las grutas de Maraa y la playa de surf y las plantaciones de Papara, tanto de tiaré como de coco para producir copra (pulpa seca). La gente de Taharu’u Fleurs enseña a trenzar coronas de flores luego de visitar su plantación de 300 pies de tiarés. Su vecino es Robert Peretia, quien fabrica monoï de manera artesanal, raspando él mismo los cocos para producir su aceite. Aquello, cuenta, era un castigo de su infancia cuando se portaba mal: ahora se ha convertido en su arte. Es un buen lugar para preguntar acerca del significado implícito de las flores en el cabello de las tahitianas: según la posición y el lado de la cabeza, las jóvenes indican si tienen novio, mientras las casadas advierten si están disponibles para una aventura...

Falta poco para cruzar el istmo que une las dos partes de la isla y volver a ver en los carteles cómo se acortan las distancias hacia Papeete. La costa oriental tiene algunas playas de escasos visitantes. Algunos chicos se bañan al salir de la escuela, como en la pequeña bahía del Trou du Souffleur, donde la atracción es un hueco en las rocas que escupe un chorro de vapor y agua empujado por la presión de las olas. La Ruta del Monoï empalma con el único camino transitable hacia el interior de la isla en Papenoo. Se llega, así, hasta el cráter del volcán Orohena, la cumbre más alta de Polinesia (2.240 metros). Sus picos están escondidos entre nubes la mayor parte del día, los desniveles son abruptos y el camino se abre paso sorteando arroyos alimentados por varias cascadas. Se llega así hasta el valle de Maroto, donde un restaurante panorámico ofrece una vista espléndida sobre el volcán desde su centro mismo. No se puede ir más lejos en auto, pero sí seguir caminando por varios senderos de trekking.

Otra isla, otro mundo

Luego de haber recorrido enteramente Tahití, la pregunta es ¿dónde están las playas? En el mundo entero, la palabra isla es sinónimo de mar tropical, sol y arenas blancas. Pero, en realidad, aquí significa mucho más. Y se destaca especialmente por sus balnearios... El mejor ejemplo son las Islas de la Sociedad. No hace falta ir muy lejos para corroborarlo: en menos de una hora, los ferries llegan al desembarcadero de Moorea, que es la niña bonita por excelencia. Una franja de arenas blancas la rodea y su moana es de libreto: el agua es tan clara y tan quieta que los barcos dan la sensación de flotar sobre el vacío, por encima de bancos de peces de todos los colores. A diferencia de Tahití, no hay epicentro urbano: todo está descentralizado en pequeñas áreas de servicios. En las agencias, las actividades propuestas están todas prácticamente orientadas a la vida acuática: paseos en barco, nado con rayas y tiburones, stand up paddle, kayak, buceo y snorkelling. La excursión más popular involucra un día entero de navegación para conocer las dos bahías —Cook y Opunohu—, nadando luego en medio de bancos de tiburones hasta terminar sobre un islote desértico donde espera un almuerzo de pescados asados y jugo de coco. Como su vecina, Moorea tiene un camino que la circunvala, y en los carteles vuelve a aparecer la Ruta del Monoï por unas etapas más. Para desplazarse, lo mejor es alquilar un scooter o un pequeño auto eléctrico, porque un par de horas alcanzan para dar la vuelta completa. Además de las playas y las salidas embarcadas, las opciones de visita incluyen una planta de jugos de fruta, un jardín botánico panorámico, un centro cultural que recrea un pueblo tradicional polinesio (el Tiki Village), un lagoonarium —para nadar en medio de peces tropicales— y un belvedere en las montañas al que se llega cruzando campos de ananás y subiendo por una callecita empinada hasta un claro en el bosque tropical de la montaña. Desde allí se ven las dos bahías abriéndose, más abajo, y se comprueba que están justo en el eje del sol al atardecer. Entre agosto y noviembre, Moorea agrega un atractivo: las ballenas jorobadas llegan para reproducirse en las aguas cálidas del archipiélago. El resto del año, hay que conformarse con nadar cerca los delfines.

En cuanto a la Ruta del Monoï, el recorrido termina con la visita a un laboratorio de destilación del aceite en medio de la gran plantación de tiaré de Tahiti Arômes (también se destila vainilla e ylang-ylang); un paseo por el Liceo Agrícola de Opunohu, en medio de las montañas, y la sede de Te Pu Atitia, una entidad que trabaja en el desarrollo de la isla como sistema modelo para el resto del Pacífico: preserva las herencias tahitianas, desde el idioma hasta la cocina, y enseña a los visitantes cómo fabricar aceite de coco perfumado con distintas plantas y flores. Al momento de irse, un eco se repite. Dice mauruuru y nana: gracias y hasta pronto.

La versión original de esta entrevista fue publicada en la edición 195 de Clase Ejecutiva, la revista lifestyle de El Cronista.

Comentarios1
Guillermo Alcaraz
Guillermo Alcaraz 28/10/2017 12:51:25

Bora Bora lejos lo mejor.Ranguiroa excelente para hacer excursiones

Shopping