

José Mujica termina su mandato con un índice de aprobación cercano al 60%. Las encuestas sobre simpatía política ubican a Tabaré Vázquez en los primeros lugares con cifras superiores al 50%. De hecho, Vázquez logró alrededor de un 53% de votos en la última elección, con lo cual el Frente Amplio inicia su tercer gobierno consecutivo (algo que solo había pasado una vez en la historia constitucional del país) y todos con mayoría legislativa.
Ya desde antes de que en 2005 Vázquez asumiera el primer gobierno, la izquierda se había convertido en el tema más interesante, el que más apasionaba a los politólogos y analistas. Océanos de tinta y millones de bits se destinaron a ese incesante camino al poder en el que la izquierda fue acumulando fuerzas y votos como ningún partido jamás en la historia.
Ver a Vázquez (75 años) y Mujica (80) saludándose y cambiándose la banda presidencial, es ver dos potencias políticas capaces, por sí solas, de tomar cualquier decisión, de cambiar lo que quieran, de encaminar al país hacia donde quieran basándose en el fenomenal apoyo popular que tienen (con sus aliados en el terreno sindical). No solo en votos.
Aunque para muchos este gobierno no hizo nada, o casi nada, es un hecho que Mujica sigue siendo el fenómeno político y electoral que demostró al final de la campaña electoral, cuando dio un empujón final a la candidatura de Vázquez con algunas salidas pública, y logró que su sector, el MPP, lograra 24 diputados, casi la mitad de todos los que logró el Frente Amplio.
En este periplo hacia el poder, la izquierda fue aprendiendo, acomodando el cuerpo y conformando, como en el caso del MPP, una fenomenal herramienta para juntar votos.
El papel de Vázquez y de Mujica será recordado históricamente.
A los efectos políticos y electorales, no importa tanto lo que ambos son, como lo que representan.
Uno representa al hombre de campo (aunque viva en los bordes de la ciudad) y el otro a la ciudad (fue intendente de la mayor ciudad del país); uno es la anarquía que resulta tan seductora para los descreídos, el otro es el orden; uno es el que habilita y promueve libertades extremas y filosofa en el terreno de los sentidos (la marihuana legal, por ejemplo), al otro no le inquieta asumir posturas conservadoras (como sus dudas sobre la marihuana o su convicción anti aborto); uno es hombre de partido (aunque su imagen trascienda el MPP), el otro es el independiente; uno vive en una humilde casa y personifica al pobrerío (así habla y se viste aunque no sea él mismo pobre), y el otro encarna al trabajador que logró superar la Universidad y convertirse en una eminencia, que vive en el aún aristocrático barrio del Prado. Uno es visto como radical (aunque no demostró serlo más que en coquetear con algunos presidentes radicales de la región) y el otro el moderado (aunque cuando tuvo que ser tajante y radical con alguna decisión no le tembló el pulso); a uno no le importa que la política esté por encima de la ley, y para el otro "fuera de la Constitución nada; uno es el extrovertido, el otro el que cultiva una imagen de parco; uno el caudillo, el otro el doctor.
Con ellos la izquierda tiene un abanico político y electoral que, en parte, explica el pequeño rincón en el que ha quedado reducida la oposición. La oposición no solo no luce atractiva (aunque algunos candidatos parecen aventurar un intento de renovación) sino que en un partido donde no se admiten errores, parece un equipo de patinaje. Muy tímido todo ante el coloso que enfrenta.
La izquierda ha sido "El" tema político de los últimos 20 años, y mientras estas dos potencias sigan en carrera, no parece haber lugar para nadie más








