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La escena quedó grabada para siempre. Mundial de Brasil 2014. Final entre Argentina y Alemania. Carlos Abriata terminó entrando a una favela para comprar una entrada revendida y pagar “un número exorbitante” por un ticket categoría 4, originalmente destinado al público brasileño. Ahí entendió que el negocio del acceso al deporte tenía un problema enorme.
“Ese día dije: esto tiene que cambiar de alguna manera”, recuerda hoy.
Años después, terminó construyendo una empresa que hoy trabaja detrás de algunos de los eventos deportivos más grandes del planeta. Mundiales, Champions League, Eurocopas, Wimbledon, Fórmula 1 y estadios como Wembley o el Stade de France forman parte del universo en el que se mueve Abriata, un empresario salteño que mezcla tecnología, deporte y una pasión futbolera que atraviesa toda la charla.
“Una entrada nunca es solo una entrada. Detrás hay emociones, hay una historia, hay un padre y un hijo”, dice.
Del petróleo y China al negocio del deporte
Aunque hoy está asociado al mundo del fútbol y el ticketing, el recorrido de Abriata estuvo lejos de ser lineal. Vivió buena parte de su vida fuera de la Argentina, pasó por los China y los Estados Unidos donde estudió ingeniería industrial.
“Viví mucho tiempo afuera. Estuve en los Estados Unidos y en China cuando no iba nadie. Te hablo de 2008”, cuenta.
Primero trabajó en petróleo y gas. Después se metió en distintos negocios industriales. Pero había una constante que se repetía sin importar el país o el rubro: el fútbol.
“Siempre la constante era ir a ver a Boca, venir a ver la Copa Libertadores, ir a partidos de Champions”, resume.
Ese vínculo emocional terminó siendo el combustible de Fantix y Secutix, las compañías desde las que desarrolló soluciones de ticketing y acceso para eventos deportivos de alta demanda. El objetivo: terminar con la falsificación, reducir la reventa y conectar directamente al organizador con el hincha.
La tecnología tiene un componente basado en blockchain que vuelve a cada entrada “única e irreproducible”. Pero Abriata insiste en que el diferencial no pasa solo por el software.
“Lo importante es que haya gente que haya tenido la experiencia, buena o mala, de ser hincha comprando entradas para un evento masivo”, asegura.
FIFA, UEFA y el negocio de la demanda infinita
La empresa ya lleva más de una década trabajando con UEFA y desde entonces participó en eventos como Champions League, Europa League, Eurocopas y Mundiales. También desembarcó en otros deportes: Wimbledon, torneos de golf, circuitos de Fórmula 1 y estadios como Wembley o el Stade de France.

“El riesgo en este negocio es enorme. Tener 100.000 personas afuera de un estadio sin poder ingresar correctamente sería un desastre”, explica.
El Mundial 2026 aparece ahora como uno de los mayores desafíos. Habrá 104 partidos repartidos entre Estados Unidos, México y Canadá, con tres países, distintos husos horarios y una escala inédita.
“Son siete millones de entradas y más de 300 millones de personas intentando comprar”, grafica.
Para Abriata, el punto no está solo en vender entradas, sino en ordenar una demanda que suele desbordar cualquier sistema. En eventos como un Mundial, el problema no es generar interés, sino administrar millones de intentos de compra sin romper la confianza del hincha.
Por eso insiste en una recomendación básica: comprar siempre por canales oficiales. Incluso si alguien ya tiene una entrada y no puede viajar, la reventa puede hacerse dentro de la propia plataforma de FIFA.
“La podés poner a la venta en la misma plataforma de FIFA. El vendedor sabe que va a cobrar y el comprador sabe que la entrada es verdadera”, explica.
Argentina, rugby y el próximo Mundial
El crecimiento, dice, no termina en el fútbol. Abriata mira otros deportes de alta demanda y ya tiene uno en la mira: el rugby. El objetivo es entrar en ese negocio de cara al Mundial 2031, que se jugará en Estados Unidos.
“Tengo muchas ganas de meterme en el rugby. A mi hijo le gusta mucho y juega toda la semana”, cuenta.
El interés no es casual. Para Abriata, los Estados Unidos será cada vez más relevante para el deporte global. El Mundial 2026 puede acelerar ese proceso: un mercado con poder adquisitivo alto, cultura de espectáculo y una comunidad latina enorme que empuja el crecimiento del fútbol.
“Va a ser un Mundial muy diferente al de Qatar. Estados Unidos tiene una capacidad gigante, un poder adquisitivo altísimo y le gusta mucho el espectáculo”, sostiene.
En paralelo, también mira la Argentina. No desde la nostalgia, sino desde una oportunidad de negocio todavía pendiente: llevar la experiencia del hincha a un estándar más profesional.
“A nivel emocional no existe en el mundo un producto como el argentino. El problema es que la gestión, la transparencia y el desarrollo del producto no están a la altura”, plantea.
Boca, el club global
Pero si hay un tema que lo saca completamente del tono corporativo es Boca. Ahí desaparece el empresario internacional y aparece el hincha.
“Boca es absolutamente compatible con algo global. Boca es un club global”, dice.
Cuenta que hace pocos días estuvo en Manchester City recorriendo instalaciones y hablando sobre gestión deportiva. En medio de la visita, un británico vio la pulsera de Boca que llevaba puesta y se puso a hablarle del club argentino.
“Esa es la definición de Boca”, resume.
La pasión no es un elemento decorativo en su discurso. Para él, es la variable central del negocio.
“Si maltratás al hincha, que es el que paga la fiesta, en algún momento el negocio del fútbol lo siente”, advierte.
Por eso cree que el gran desafío argentino no está en generar pasión, sino en profesionalizar la gestión alrededor de esa pasión.
“Lo que ocurre fuera de la cancha tiene que estar a la altura de lo que siente la gente”, agrega.
Para Abriata, ahí está la diferencia entre los grandes clubes europeos y buena parte de Sudamérica: no solo tienen equipos competitivos dentro de la cancha, sino estructuras profesionales detrás.
“Ellos están convencidos de que para tener un equipazo dentro de la cancha también tienen que tener un equipazo administrando, gestionando y planificando”, asegura.
Y aunque vive viajando entre eventos, estadios y reuniones internacionales, hay algo que sigue funcionando como centro gravitacional.
“Mi preocupación en pandemia era que no se podía jugar un Superclásico y yo no podía venir. Es una locura, pero es así”, admite.
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