

El pasado 17 de enero, Claudia Sheinbaum se reunió en PalacioNacional con ocho economistas. La escena fue impecable: mesa larga, gestos atentos, libretas abiertas, la solemnidad correcta. México quiere crecer. México puede crecer. México va a crecer. El problema, como casi siempre, es que el Producto Interno Bruto (PIB) no suele conmoverse con buenas intenciones ni con fotografías bien encuadradas.
La conversación, según se difundió, giró alrededor de los temas de siempre: más inversión, mayor productividad, coordinación público-privada, fortalecimiento del capital humano, energía suficiente para aprovechar el nearshoring. Nada escandaloso. Nada innovador. Nada que no aparezca en los diagnósticos desde hace por lo menos dos décadas. Lo verdaderamente novedoso no fue el contenido, sino el formato: una mesa técnica convertida en mensaje político.
En México, las reuniones con expertos funcionan muchas veces como rituales de purificación. Se convoca a especialistas, se escucha con gesto grave, se asiente con convicción y se comunica que “hubo coincidencias”. Después, todo sigue igual. La economía no se gobierna con coincidencias, sino con incentivos, reglas estables y decisiones incómodas. Y ahí es donde suele terminar el entusiasmo.
Si realmente se quiere que el país crezca por encima de su promedio mediocre —ese 2% que se repite como castigo histórico—, la primera reforma no es discursiva: es institucional. Certeza jurídica real. No la que se promete en conferencias, sino la que se construye respetando contratos, evitando cambios regulatorios improvisados y protegiendo la autonomía de los órganos técnicos. La inversión no huye por ideología; huye por incertidumbre. Y México ha sido experto en producirla.
La segunda propuesta debería ser obvia: infraestructura que se ejecute, no que se anuncie. Cada sexenio llega con carteras multimillonarias, mapas coloridos y promesas de transformación. Cada sexenio termina con proyectos inconclusos, sobrecostos y opacidad. Un verdadero giro consistiría en publicar, sin maquillaje, qué obras tienen permisos, estudios completos, financiamiento garantizado y plazos realistas. Transparencia operativa, no propaganda.
Tercera: productividad antes que consuelo social. Las transferencias alivian, pero no transforman. No sustituyen la innovación, ni la capacitación, ni la modernización empresarial. México necesita digitalizar pymes, reducir trámites absurdos, simplificar regulaciones y abatir los costos logísticos que nos vuelven poco competitivos. Repartir sin producir más es administrar pobreza con mejor narrativa.
Cuarta: energía y agua como política económica, no como bandera ideológica. El nearshoring no llega a donde hay apagones, redes obsoletas o estrés hídrico sin control. Modernizar la infraestructura eléctrica, permitir inversión con reglas claras y enfrentar la crisis del agua con medición, sanción y planeación metropolitana no es rendirse al mercado: es gobernar con datos.
Educación técnica y capital humano con sentido productivo es la quinta propuesta. No basta con más matrícula universitaria. Se necesitan ingenieros, técnicos, especialistas en datos, logística, automatización y manufactura avanzada. Vincular escuelas con clústeres productivos, financiar innovación aplicada y medir inserción laboral sería mucho más revolucionario que cualquier reforma retórica.
Por último, disciplina fiscal sin simulación. No se puede prometer crecimiento acelerado evitando discutir ingresos. Ampliar base tributaria, combatir evasión con inteligencia, evaluar gasto con rigor y blindar inversión multianual son medidas impopulares, pero indispensables. El desarrollo no se financia con optimismo.
La reunión con economistas puede interpretarse como un gesto de apertura. Bien. Pero escuchar no equivale a gobernar. Gobernar implica enfrentar intereses, romper inercias, transparentar fracasos y aceptar costos políticos. Implica dejar de pensar en ciclos electorales y empezar a pensar en ciclos productivos.
México no necesita más mesas para confirmar diagnósticos conocidos. Necesita un calendario público con metas trimestrales, responsables identificables y consecuencias por incumplimiento. Necesita indicadores verificables, no frases motivacionales. Necesita menos “storytelling” y más ingeniería institucional.
Si esa reunión fue el inicio de una hoja de ruta con compromisos medibles, habrá valido la pena. Si no, quedará como otra postal elegante en el álbum de las oportunidades desperdiciadas. Otra foto correcta para una economía que sigue esperando resultados.
*Es una opinión personal del autor que no refleja la postura de El Cronista México o sus dueños. El autor es director de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR México). Colaborador en Radio Colima en el Noticiero con Marx Cortés: Datos con Valor. X e Instagram @Aivc2, TikTok @2aivc.

















