

Si tienes una reunión con seis de tus colaboradores, es muy probable que uno de ellos viva con una discapacidad, ya sea visible o invisible. Alrededor del mundo, 1.3 mil millones de personas viven con alguna condición, lo que equivale aproximadamente al 16% de la población mundial, lo que demuestra que esta no es una excepción a la regla, sino una de las múltiples expresiones de la experiencia humana.
Sin embargo, muchas empresas no lo entienden así. Siguen diseñando espacios de trabajo, culturas organizacionales y productos y servicios como si esta realidad no existiera, a la vez que excluyen a millones de personas –y a sus familias– que, además, representan alrededor de 13 billones de dólares de poder de consumo global. Como sostiene el Foro Económico Mundial, incluir a las personas con discapacidad en el diseño, más allá de ser un imperativo moral, es un imperativo de negocios.
Parte del problema es que las personas suelen imaginarse a la discapacidad de forma equivocada, porque solo alrededor del 30% es visible. El otro 70% corresponde a condiciones que no siempre se perciben a simple vista, pero que, debido a las barreras del entorno, pueden limitar el acceso al empleo, a los servicios o a la participación social.
Además, conforme va pasando el tiempo, aumenta la probabilidad de experimentar esta condición de vida. Entre las personas mayores de 65 años, alrededor de la mitad vive con alguna condición, lo que implica que esta no es un fenómeno marginal, sino una fase probable en el ciclo de vida humano.
Pero incluso antes de llegar a la vejez, la discapacidad ya impacta la vida laboral de muchas personas. Un estudio longitudinal que siguió trayectorias laborales durante tres décadas encontró que alrededor de una de cada cinco personas termina retirándose del mercado laboral por este motivo, antes de alcanzar la edad de jubilación.
Frente a este panorama, la verdadera pregunta no es si alguien tendrá contacto con la discapacidad, sino cuándo: al nacer, por enfermedad, por accidente o simplemente por el paso del tiempo. Es decir, que esta no es una minoría, sino una probabilidad de vivir cierta gama de situaciones que forman parte de la experiencia humana.
Este cambio de perspectiva es justamente el que introdujo la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de las Naciones Unidas, que define la discapacidad no como una condición individual, sino como el resultado de la interacción entre una persona y las barreras del entorno. En otras palabras, muchas veces no es el cuerpo el que limita, sino el contexto. Por eso en el campo del diseño inclusivo ha surgido un concepto interesante: la discapacidad situacional.
Empresas como Microsoft lo utilizan para explicar que todos, en algún momento, podemos experimentar limitaciones funcionales. La tecnológica le llama Persona Spectrum a esa capacidad de diseñar para una persona con un solo brazo, por ejemplo, lo cual pueda beneficiar a una persona con la muñeca temporalmente lastimada o a un padre primerizo que sostiene a su bebé.
Basta intentar usar el celular bajo el sol, cargar una maleta mientras se abre una puerta o ver un video en un lugar donde no es posible activar el sonido, para darnos cuenta de que, cuando el entorno no está pensado para esa situación, la limitación aparece. Diseñar para la accesibilidad, entonces, no beneficia solo a quienes viven con una condición permanente sino que mejora la experiencia para todos.
Muchas de las cosas que hoy utilizamos, como los subtítulos de video –que nacieron en Estados Unidos tras la llegada del cine sonoro– o los asistentes de voz, fueron desarrollados inicialmente para apoyar a personas con discapacidad pero hoy se han vuelto una herramienta imprescindible para la vida de todos.
Con estos ejemplos, es posible entender que diseñar con accesibilidad –instalaciones, culturas organizacionales y productos o servicios– no tiene que ser un esfuerzo extraordinario, sino una decisión de ver la realidad como es. Un líder de negocio que diseña ignorando la discapacidad no solo está dejando fuera a 13 billones de dólares en poder de consumo; está diseñando un entorno que, estadísticamente, también lo excluirá a él en algún punto de su vida.
La discapacidad es, paradójicamente, la minoría más grande del mundo, y la única a la que cualquiera puede sumarse mañana, sin aviso. Las empresas que diseñan ignorando eso no están viendo a sus usuarios tal y como son, y tal y cómo van a llegar a ser algún día.

















