

La historia económica puede leerse como una sucesión de revoluciones tecnológicas. La máquina de vapor transformó la agricultura y la manufactura; la electricidad impulsó la producción en masa; la informática, internet y la digitalización dieron origen a la economía del conocimiento.
Hoy, la inteligencia artificial perfila la siguiente gran transformación del trabajo. Como en revoluciones anteriores, la forma en que gobiernos, empresas e instituciones gestionen esta transición determinará si amplía las oportunidades laborales o profundiza las brechas de inclusión existentes.
¿Y qué tiene que ver una revolución tecnológica con la inclusión laboral? Mucho. Ninguna ha sido neutral: todas modificaron las habilidades más valiosas, las ocupaciones con mayor demanda y quiénes podían aprovechar las nuevas oportunidades. En otras palabras, redistribuyen oportunidades, aunque nunca de manera equitativa.
Durante décadas, la inclusión laboral se enfocó en eliminar barreras para que todas las personas, sin importar su género, edad, origen, orientación sexual o discapacidad, pudieran acceder, permanecer y crecer en un empleo digno. Ese objetivo sigue vigente, pero la IA está redefiniendo quién puede entrar, mantenerse y progresar en el mercado laboral.
Acceso al trabajo: ¿quién podrá entrar?
Los puestos de nivel inicial han sido tradicionalmente la puerta de entrada al mercado laboral. Ahí las personas adquirían experiencia y construían las credenciales para avanzar profesionalmente. Ese recorrido empieza a cambiar.
Diversos estudios muestran que muchas empresas están desacelerando o congelando la contratación de perfiles junior porque la IA ya realiza tareas que antes servían para formar nuevos profesionales, como elaborar reportes, analizar información, redactar documentos o realizar investigaciones preliminares.
La pregunta es inevitable: ¿cómo adquirirán experiencia quienes nunca tengan la oportunidad de obtenerla? El problema no afecta solo a los jóvenes. También alcanza a mujeres que regresan tras una pausa por cuidados, personas que cambian de carrera, trabajadores desplazados por transformaciones económicas o migrantes que buscan reconstruir su trayectoria.
El desafío ya no consiste únicamente en garantizar igualdad de acceso a las vacantes, sino en preservar espacios donde las personas puedan desarrollar la experiencia necesaria para construir una carrera.
Acceso al aprendizaje: ¿quién podrá mantenerse vigente?
El Foro Económico Mundial y la OCDE estiman que, para 2030, cerca de 1,100 millones de personas deberán actualizar o adquirir nuevas habilidades para seguir siendo competitivas. La expansión de la inteligencia artificial generativa ha acelerado aún más esa necesidad.
Iniciativas como Reskilling Revolution buscan ampliar el acceso a la capacitación, pero el tamaño del reto deja claro que ninguna organización podrá afrontarlo sola.
La actualización de habilidades debe convertirse en una responsabilidad compartida entre gobiernos, universidades, empresas e instituciones educativas. De lo contrario, la IA abrirá una nueva brecha: la que separa a quienes tienen acceso permanente al aprendizaje de quienes quedan rezagados.
Acceso a decisiones justas: ¿la IA reproducirá o corregirá sesgos?
El 15.º Informe Tecnología y Discapacidad, de la Fundación Adecco, señala que 30% de las personas con discapacidad percibe la IA como una amenaza para su empleo y teme que introduzca nuevos sesgos en los procesos de contratación.
La preocupación tiene fundamento. Diversas investigaciones muestran que los sistemas de IA pueden reproducir, e incluso amplificar, los prejuicios presentes en los datos con los que fueron entrenados. Si aprenden de decisiones históricas marcadas por desigualdades de género, edad o discapacidad, terminarán replicándolas a gran escala.
El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos (NIST) advierte que, sin mecanismos adecuados de gobernanza, la IA puede acelerar estos sesgos. El caso del algoritmo de reclutamiento de Amazon, que penalizaba currículums de mujeres porque había sido entrenado con un historial de contrataciones mayoritariamente masculinas, sigue siendo uno de los ejemplos más ilustrativos.
Pero también existe la posibilidad contraria. Bien diseñada y supervisada, la IA puede ayudar a estandarizar criterios, anonimizar información irrelevante y detectar patrones de discriminación que pasarían inadvertidos para un reclutador.
La inteligencia artificial ya está transformando el trabajo. Lo que todavía depende de nosotros es decidir si esa transformación ampliará las oportunidades o hará aún más estrechas las puertas de entrada para quienes históricamente han enfrentado mayores barreras.
















