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Mientras el mundo debate sobre los peligros de la inteligencia artificial, el cambio climático o una posible guerra nuclear, un célebre científico ya había identificado hace décadas la verdadera amenaza para la supervivencia humana. Y no se trata de ninguna de estas catástrofes que acaparan titulares.
El reconocido astrónomo y divulgador científico Carl Sagan, famoso por su influyente serie documental Cosmos que revolucionó la divulgación científica en 1980, no temía a las armas nucleares, ni a la tecnología descontrolada, ni siquiera a los desastres naturales cuando imaginaba el futuro de la civilización. Su preocupación era mucho más sutil y peligrosa: un declive gradual de nuestra capacidad de pensar críticamente, como si un virus invisible se instalara en nuestra mente colectiva sin que nadie lo notara.
En su libro “El mundo y sus demonios”, publicado en 1995, describió una sociedad donde las personas pierden paulatinamente su habilidad para distinguir la verdad de la mentira, aferradas a sus dispositivos electrónicos y consultando horóscopos mientras el razonamiento lógico se desvanece.
Lo inquietante es que, más de tres décadas después de la publicación de su obra, muchos analistas y seguidores del científico consideran que esta profecía se está cumpliendo ante nuestros ojos, en un mundo donde la desinformación se propaga más rápido que cualquier avance tecnológico.

“Nos deslizamos hacia la superstición sin darnos cuenta”
Carl Sagan anticipó una transformación profunda de la sociedad con una clarividencia asombrosa. En sus palabras exactas, previó “una América en la que Estados Unidos se haya transformado en una economía centrada en los servicios y la información; donde la mayoría de las industrias manufactureras esenciales se hayan trasladado a otras naciones”.
Pero la visión del científico iba mucho más allá de simples cambios económicos. Describió un escenario donde “los impresionantes poderes tecnológicos estén concentrados en manos de unos pocos y aquellos que representan el interés público no puedan comprender los problemas en cuestión”. Una realidad donde la población habría “perdido la capacidad de formular sus propias agendas o de cuestionar con conocimiento a quienes ostentan la autoridad”.
El fragmento más escalofriante de su predicción describe un mundo donde, “aferrados a nuestros dispositivos y consultando ansiosamente nuestros horóscopos, nuestras habilidades críticas se encuentren en declive, incapaces de discernir entre lo que resulta placentero y lo que es verdadero”.
El astrónomo no hablaba de un apocalipsis, sino de algo más insidioso: una sociedad que regresa “casi sin percatarnos, de nuevo hacia la superstición y la oscuridad”. Como un virus cerebral que no presenta síntomas evidentes hasta que ya es demasiado tarde, la pérdida del pensamiento crítico nos debilitaría como civilización desde adentro, haciéndonos vulnerables a la manipulación y la ignorancia.

Por qué la predicción de Sagan es más relevante hoy que nunca
En la era de las redes sociales, las noticias falsas y los algoritmos que deciden qué información consumimos, las palabras de Carl Sagan resuenan con una urgencia casi profética. El científico había advertido sobre un futuro donde la tecnología, en lugar de iluminarnos, podría convertirnos en seres incapaces de discernir la realidad.
La concentración de poder tecnológico en manos de unas pocas corporaciones gigantes, la proliferación de teorías conspirativas, el auge de la pseudociencia y la dificultad creciente de la población para identificar información confiable son señales que muchos interpretan como el cumplimiento de las advertencias.
El “virus mental” que el científico temía no es una enfermedad física, sino la erosión sistemática de nuestra capacidad de razonar, verificar y cuestionar. En un mundo saturado de estímulos diseñados para captar nuestra atención, pero no necesariamente para educarnos, el peligro que identificó parece más real que nunca.
El antídoto que propuso el científico para salvar a la humanidad
Frente a estos “demonios”, Carl Sagan no se limitó a advertir sobre el peligro. El astrofísico ofreció un conjunto concreto de herramientas que fortalecen nuestro razonamiento y nos protegen contra la desinformación.
Su primera recomendación era clara: “Siempre debe existir una verificación independiente de los hechos”. En una época donde cualquiera puede publicar información sin filtros, este principio se vuelve fundamental para distinguir la verdad de la ficción.
También insistía en “fomentar el debate sobre la evidencia, promoviendo la participación de defensores con conocimientos de diversas perspectivas”. El científico comprendía que la verdad emerge del contraste de ideas, no del dogma o la censura.
Uno de sus principios más revolucionarios era que “en el ámbito científico, no existen autoridades; en su lugar, hay expertos”. Esta distinción es crucial: nadie debe ser creído ciegamente por su posición, sino que todas las afirmaciones deben poder ser cuestionadas y verificadas.
El científico recomendaba “considerar múltiples hipótesis” ante cualquier fenómeno que requiera explicación, y advertía sobre el peligro de “aferrarse excesivamente a una hipótesis particular”. La flexibilidad mental y la apertura a cambiar de opinión frente a nueva evidencia son características esenciales del pensamiento crítico.
Además, valoraba la importancia de los datos cuantificables: “Si la explicación que ofrece incluye alguna medida o cantidad numérica, será más sencillo discriminar entre hipótesis en competencia”. Los números y las mediciones objetivas son aliados poderosos contra la manipulación y la ambigüedad.
Finalmente, el científico establecía una regla fundamental: “Siempre pregúntese si la hipótesis puede ser refutada”. Una afirmación que no puede ser demostrada falsa, que se adapta a cualquier evidencia, probablemente no sea científica sino dogmática.















