Durante los años 60, la carrera espacial se medía en cohetes y astronautas. Hoy, la competencia se libra en silencio y con otro objetivo: llevar la inteligencia artificial al espacio. La nueva infraestructura digital no se construye en la Tierra, sino en órbita, y China ya tomó la delantera.

China pone en marcha la computación espacial

Mientras en Occidente abundan los anuncios y proyectos piloto, Pekín avanza con despliegues reales. En colaboración con Guoxing Aerospace y Zhejiang Lab, China lanzó una constelación de 12 satélites diseñados para procesar datos y ejecutar modelos de IA fuera de la atmósfera.

No son satélites de telecomunicaciones, sino nodos de cálculo que suman una capacidad de cinco petaoperaciones por segundo y modelos de hasta 8.000 millones de parámetros.

Este movimiento se apoya en una experiencia previa: en 2022, la empresa Zhongke Tiansuan puso en órbita un ordenador espacial que lleva más de mil días funcionando sin fallos ni mantenimiento.

En el espacio, cuando algo falla, se pierde. Que ese sistema siga operativo es una señal clara de la ambición china.

Occidente corre detrás

Estados Unidos y las grandes tecnológicas también quieren entrar en la carrera. Elon Musk busca convertir Starlink en una red que vaya más allá del internet satelital.

Jeff Bezos desarrolla centros de datos orbitales con Blue Origin. Google trabaja en el Proyecto Suncatcher para instalar microracks en satélites.

Incluso startups como Starcloud, con apoyo de Nvidia, lograron entrenar un modelo de lenguaje en el espacio usando una GPU H100, el chip más potente que ha salido de la Tierra.

¿Por qué quieren llevar la IA al espacio?

La razón es energética. Los centros de datos consumen enormes cantidades de electricidad y agua. En la Tierra, esto genera presión sobre redes eléctricas y recursos naturales.

En órbita, la energía solar es constante, el frío del vacío ayuda a disipar calor y no hay competencia por el suelo. Un centro de datos espacial no compite con ciudades ni industrias. Flota por encima de todo.

Además, procesar datos en el espacio reduce la latencia y aumenta la autonomía. Esto permite analizar imágenes satelitales, datos climáticos o información militar sin enviarlos a la Tierra.

En términos geopolíticos, quien controle la computación en órbita tendrá ventaja en vigilancia, defensa y comunicaciones.

Los desafíos técnicos

Llevar un superordenador al espacio no es solo subir servidores en un cohete. Los chips deben resistir vibraciones extremas, radiación, microgravedad y cambios bruscos de temperatura. Cada componente debe funcionar durante años sin intervención humana ya que no hay técnicos.

A pesar de esto, los expertos coinciden: un superordenador operativo en órbita será posible recién en la década de 2030.