

Hay una actividad que viene ganando adeptos en todo el mundo por sus múltiples beneficios y que, a primera vista, parece simplemente caminar. Pero no lo es.
La marcha nórdica —o Nordic walking— tiene origen en Finlandia, donde los esquiadores de fondo la adoptaron como método de entrenamiento fuera de temporada, y desde entonces no paró de expandirse.
La clave está en el uso de bastones especiales que transforman una caminata común en un trabajo muscular de cuerpo entero, activando simultáneamente el tren superior e inferior. El resultado es un ejercicio aeróbico, de bajo impacto y adaptable a cualquier edad o condición física.
Lo que la diferencia de una caminata convencional es precisamente esa activación global del cuerpo. Al involucrar los músculos del tren superior —brazos, hombros, espalda y abdomen— la marcha nórdica permite un ejercicio más completo y de bajo impacto. De hecho, se estima que puede quemar hasta un 46% más de calorías que caminar sin bastones, lo que la convierte en una opción especialmente atractiva para quienes buscan perder peso sin someter las articulaciones a un esfuerzo excesivo.

La ciencia respalda estos beneficios con datos concretos. Un estudio del Instituto de Cardiología de la Universidad de Ottawa comparó la marcha nórdica con el entrenamiento moderado y el ejercicio a intervalos de alta intensidad (HIIT). Tras doce semanas de práctica, el grupo que realizó marcha nórdica mostró las mayores mejoras en capacidad funcional.
Otro trabajo llevado a cabo en Italia durante seis meses comparó sus efectos con los de la caminata rápida convencional y el grupo que incorporó la técnica experimentó una reducción significativa del dolor, junto con mejoras en fuerza, flexibilidad y condición física general.
Más allá del rendimiento físico, los beneficios se extienden a la salud cardiovascular y articular. La marcha nórdica puede aumentar el consumo de oxígeno y la función pulmonar, reducir la presión arterial y mejorar el perfil lipídico. Al mismo tiempo, los bastones distribuyen el peso del cuerpo de manera más equilibrada, lo que reduce la carga en las articulaciones y previene lesiones, un detalle que la hace especialmente recomendable para personas mayores o con problemas en rodillas y caderas.

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El impacto en la salud mental es otro de sus puntos fuertes, y uno que suele subestimarse. Al realizarse al aire libre y de manera social, esta actividad brinda un doble beneficio para la salud mental: la conexión con la naturaleza y la interacción social ayudan a combatir el estrés, mejorar el estado de ánimo y fomentar la creación de amistades.
No es casualidad que varios estudios la hayan incorporado como herramienta terapéutica en procesos de rehabilitación oncológica y tratamientos de Parkinson, donde mejoró las habilidades motoras y la capacidad de caminar de los pacientes tras seis semanas de entrenamiento regular.
La barrera de entrada es prácticamente nula. La técnica se aprende en pocos minutos y los expertos aconsejan comenzar con sesiones cortas, afianzar el movimiento y aumentar progresivamente hasta alcanzar los 150 minutos semanales recomendados.















