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Durante años, muchas personas aseguraron sentir la presencia de alguien cerca incluso con los ojos cerrados o en completa oscuridad.
Aunque esta percepción solía relacionarse con la intuición o con explicaciones paranormales, una investigación científica reciente ofrece una respuesta basada en el funcionamiento del cerebro.
El estudio revela que el organismo humano es capaz de detectar cambios casi imperceptibles en el entorno, como variaciones en la presión del aire y la temperatura, lo que permite identificar objetos cercanos sin recurrir directamente a la vista, el oído o el tacto.
El “séptimo sentido”: la capacidad que permite percibir objetos sin verlos
Los investigadores describen esta habilidad como una forma de percepción espacial inconsciente que surge por el sistema somatosensorial. En lugar de depender exclusivamente de los cinco sentidos tradicionales, el cerebro analiza pequeñas modificaciones en el ambiente que pasan inadvertidas para la conciencia.
Estas señales provienen de receptores distribuidos en la piel y en las terminaciones nerviosas, capaces de registrar cambios mínimos en la presión del aire y en el calor que emiten los objetos cercanos.
Una vez captadas, la información viaja hacia el sistema nervioso central, donde distintas regiones cerebrales elaboran una representación del espacio que rodea a la persona.
Gracias a este mecanismo, el organismo puede anticipar la presencia de un obstáculo y reaccionar antes de entrar en contacto con él, incluso en condiciones de oscuridad total.
Qué descubrieron los científicos y por qué descartan cualquier explicación paranormal
Para comprobar esta capacidad, el equipo realizó experimentos con voluntarios sometidos a condiciones de privación sensorial. Los participantes permanecieron con los ojos completamente vendados y utilizaron protectores auditivos para eliminar cualquier referencia visual o sonora.
Aun así, muchos lograron detectar la presencia de objetos ubicados a menos de 50 centímetros de distancia. Varios describieron una sensación de que “algo estaba ahí” o percibieron un cambio en la densidad del aire frente a su rostro.
Las resonancias magnéticas funcionales confirmaron que, durante estas pruebas, se activaban regiones cerebrales vinculadas con el procesamiento espacial.
Según los investigadores, este fenómeno no responde a capacidades sobrenaturales, sino a un mecanismo evolutivo que había pasado desapercibido durante años y que ahora comienza a comprenderse con mayor precisión.
Cómo este descubrimiento podría mejorar la vida de millones de personas
Los especialistas consideran que este hallazgo tiene aplicaciones que van mucho más allá del ámbito científico. Una de las más prometedoras es la rehabilitación de personas con discapacidad visual, ya que comprender cómo el cerebro interpreta las variaciones de presión y temperatura podría dar lugar a nuevos métodos de entrenamiento para mejorar la orientación y la movilidad.
Además, el estudio abre oportunidades para el desarrollo de tecnologías basadas en la interacción entre el cerebro y dispositivos electrónicos. Los investigadores creen que este conocimiento permitirá crear sistemas capaces de transformar la proximidad de objetos en estímulos que el sistema nervioso pueda interpretar de manera natural.
El próximo paso será determinar si existen diferencias genéticas o neurológicas que expliquen por qué algunas personas parecen tener esta capacidad más desarrollada que otras, un interrogante que podría aportar nuevas respuestas sobre el funcionamiento de la percepción humana.