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Si alguna vez te preguntaste qué hay debajo de un árbol de 2400 años, la respuesta acaba de cambiar. Una investigación internacional publicada en la revista Biodiversity and Conservation encontró que los ejemplares más antiguos del alerce patagónico (Fitzroya cupressoides) —el segundo árbol más longevo del planeta— albergan una comunidad de hongos subterráneos tan compleja y diversa que los científicos la comparan con un “segundo genoma” del árbol.
El estudio se llevó adelante en los bosques lluviosos templados de la Cordillera Costera del sur de Chile, donde sobreviven algunos de los alerces más antiguos que existen. El equipo tomó muestras de suelo alrededor de 31 árboles individuales, desde ejemplares jóvenes hasta el llamado “Alerce Abuelo”, que tiene al menos 2400 años y un tronco de más de 4,5 metros de diámetro.
Estos bosques pueden albergar alerces que superan los 3600 años de vida, con troncos que alcanzan los 4,5 metros de diámetro. De hecho, el ejemplar más antiguo del que se tiene registro alcanzó los 3622 años, aunque fue talado en la década de 1970, un ejemplo de cómo la acción humana puede borrar en pocas horas lo que la naturaleza tardó milenios en construir.
El ecosistema invisible encontrado en Chile
Bajo el Alerce Abuelo, los investigadores encontraron una riqueza fúngica 2,25 veces mayor que el promedio del resto del bosque, con 361 tipos únicos de hongos identificados.
Pero no se trata de hongos cualquiera. Los hongos micorrícicos, que son los predominantes en este ecosistema, transportan agua y nutrientes hacia los árboles a través de las raíces, y ayudan a las plantas a resistir el estrés hídrico y los patógenos.

Además, funcionan como conductos que incorporan carbono al suelo: a nivel global, las comunidades de hongos micorrícicos arbusculares —el tipo asociado al alerce— mueven aproximadamente mil millones de toneladas de carbono por año hacia los suelos del planeta.
Estudios recientes sugieren que las comunidades de hongos asociadas a las raíces pueden cambiar con la edad del árbol e incluso ser seleccionadas por la propia planta, actuando como una especie de “segundo genoma” que favorece su adaptación frente a cambios ambientales.
Un equipo científico de primer nivel
La investigación surgió de una expedición al Parque Nacional Alerce Costero en 2022, liderada por científicos de la Universidad Santo Tomás, la Universidad Austral de Chile, la Universidad de La Frontera y la organización sin fines de lucro SPUN, dedicada a mapear y conservar las redes de hongos micorrícicos en todo el mundo.
La bióloga evolutiva Toby Kiers, cofundadora de SPUN, fue recientemente distinguida con el Premio Tyler —considerado el “Nobel del Medioambiente”— por su trabajo sobre la importancia de las redes fúngicas subterráneas en ecosistemas únicos.
Por qué importa más allá de Chile
La dimensión climática del hallazgo es determinante. Los bosques de Fitzroya son conocidos como los bosques lluviosos más antiguos y de crecimiento más lento del mundo. Los árboles de este tipo de “bosque pluvial lento” crecen muy despacio y tienen una mortalidad excepcionalmente baja, lo que permite que se acumule una enorme cantidad de carbono en el suelo a lo largo de los siglos.

Además, en el sur de Chile se prevé que las temperaturas estivales aumenten hasta 4°C y que las precipitaciones disminuyan hasta un 50% hacia 2100, lo que hace aún más urgente comprender cómo funcionan estos ecosistemas antes de que el cambio climático los altere de manera irreversible.
La advertencia de los investigadores
“No todos los árboles son iguales, y si se tala un árbol milenario, el impacto sobre todas las demás especies va a ser mucho mayor que si se retira uno más pequeño”, advirtió el coautor principal del estudio.
El alerce está catalogado actualmente como especie en peligro de extinción y enfrenta amenazas concretas: la destrucción de su hábitat, el desarrollo de infraestructura vial y el aumento de los incendios forestales asociados al cambio climático. Uno de los proyectos más polémicos contempla la construcción de una ruta que pasaría a pocos cientos de metros de los bosques de alerce, lo que incrementaría el riesgo de incendios, la presión turística y la llegada de especies invasoras.
El mensaje de la ciencia es claro: lo que se pierde cuando cae un alerce no es solo madera ni sombra. Es toda una red de vida que tardó siglos en construirse y que, una vez destruida, no tiene vuelta atrás.















