Texto: Analía Farjat
Fotos: Antonio Pinta y gentileza M.O.

Hay algunas palabras clave que saltan una y otra vez en ese fluir apacible y profuso que caracteriza el decir de Mariano Otero. Estímulo, improvisación, romanticismo, despojo de la mirada ajena y búsqueda de riesgo empiezan a bosquejar, entonces, el perfil de uno de los mejores exponentes del llamado Nuevo Jazz Argentino. Un rótulo que acierta a la hora de dar cuenta de las raíces, pero que puede resultar algo estrecho para describir esta música que "es mucho más amplia que un género. Le digo música de autor, aunque lo que hago va a parar a la batea de jazz y me parece bien, pero sé que una persona que escucha un disco de Louis Armstrong y después uno mío dice: pero esto no es jazz. Bueno, eso es lo que pasa hoy con el jazz: no es jazz", puntúa, disfrutando de la imprecisión de los límites.

Fue precisamente eso lo que, hace más de diez años, le hizo abandonar definitivamente caminos quizá más habituales para su generación: "A los 19, una edad clave para mí porque había terminado la secundaria y me estaba debatiendo acerca de cómo iba a hacer para abrirme camino en la música, tuve la suerte de pasar un mes en Nueva York. La primera noche fui a ver a una de las orquestas que toca temas de Charles Mingus, que era parte de lo que escuchaba en ese momento. Recuerdo que había tres contrabajos y me emocionó tanto, fue un estímulo tan arrollador, que cuando volví me metí de cabeza a estudiarlo".

A seguir estudiando, en rigor de verdad. Para ese entonces, el itinerario de Otero había dejado atrás la banda de rock del colegio y, de la mano de otros ritmos que se escuchaban en su casa (papá Otero también es músico), se había ido acercando al funk y la fusión y había empezado a asistir a la Escuela de Música Popular de Avellaneda, la patria de la que, asegura, nunca se fue. "El Normal, mis abuelos, mis tíos, mis viejos, la plaza, la cancha de Independiente, los jardines, las calles, las panaderías... Avellaneda es el romanticismo".

Más tarde llegaría la Escuela de Música Contemporánea -donde se recibió y dio clases hasta el año pasado- y las becas que le otorgaron los prestigiosos Berklee College of Music de Boston y el Conservatorio de Amsterdam, aunque todo eso quedó a un lado cuando a su novia le dio positivo un test de embarazo. "Me estaba por ir a Holanda cuando Flor (la actriz Florencia Peña) quedó embarazada de Toto. Así que dije: Ok, quedémonos y a improvisar", cuenta, entre risas. Su verbo de cabecera no le falló: quedarse le permitió editar cuatro discos muy elogiados, componer para la orquesta donde recluta un dream team de talentos locales y acumular distinciones varias. Además, claro, de seguir junto a su mujer y su hijo Tomás -al que describe como "una enorme inspiración diaria"- que hoy tiene cinco años.

-¿Qué encontraste en el jazz, a diferencia de otras músicas?

Un canal artístico libertario, un espacio para desarrollar el pensamiento y el espíritu y descubrir un montón de emociones distintas. Escuchar jazz, que es tan impredecible, me permite acercarme al arte en una forma muy pura, que provoca que me aleje del entretenimiento y me ponga en contacto con centrarme, dejarme llevar y disfrutar de la posibilidad de obtener algo que no puedo prever. Ése es el concepto de arte que busco y me hace sentir bien: estar sin saber lo que va a pasar.

-¿Querés decir que el jazz te resulta más auténtico?

Me parece muy significativo que gente de mi generación, o incluso más chicos, se estén alejando de la forma que está tomando la música masiva y busquen otras corrientes. Hoy en día, en la filosofía del entretenedor o de este artista moderno que parece inventado -porque puede hacer eso, como cualquier otra cosa-, el objetivo no es el arte. El artista es -o debería serlo- a pesar de sí mismo, porque no puede dejar de serlo. Y es lo que siento que plantea esta música, donde no hay cánones de duración de temas ni de orquestación ni de cantidad de músicos ni de estética ni estrategias de marketing. Entonces, la concentración se dirige solamente hacia la música y al crecimiento artístico, por más que te lleve toda la vida y tengas que recorrer otros caminos y diversificarte un poco para conseguir que ese artista sobreviva.

-En tu caso, ¿qué tuviste que hacer?

¡De todo! Estuve en mil proyectos, acompañé músicos diversos, toqué en boliches, bolichitos, bolichones... Me fui de gira tocando cualquier cosa. Este año renuncié a las actividades fijas, pero desde que me recibí trabajé dando clases en la Escuela de Música Contemporánea, en el Centro de Estudios Musicales de Belgrano y en el Conservatorio porteño. Dejé todo porque empecé a tener muchos shows y cantidad de alumnos particulares. Me encanta la docencia, es algo que siento natural: mis viejos son docentes, así que entiendo esa manera de encarar la vida. Para mí es muy natural ayudar a alguien a entender algo o entenderlo juntos. Pero cuando vi que no le podía poner la misma energía que antes y que lo económico se compensaba, renuncié. Ahora, mi día es una aventura. De hecho, este año fue todo un tema descubrir cómo vivir sin la rutina de la escuela.

-Algo así como improvisar con disciplina...

Claro. Me gusta lo impredecible pero también necesito balancear. Ser músico profesional implica mucho sacrificio y mucha rutina en soledad, y para eso hace falta disciplina. Cuando tengo un objetivo, escribo con rutina, como cuando compongo para un disco o ahora que estoy escribiendo la música original para una película -la opera prima de Boy Olmi-. Me fijo horarios y trato de respetarlos y si no, al menos, la cantidad de horas. Lo ideal es encontrar el punto donde no sea un trabajo sino un disfrute, pero que lo sientas como algo que estás persiguiendo, desarmarlo y que se convierta en parte tuya. La inspiración viene con el trabajo, porque para que tu instrumento sea eso y no un impedimento, tenés que establecer un vínculo muy íntimo... y eso es disciplina. Practicar el contrabajo no es gratificante, tiene mucho de tedioso pero, al mismo tiempo, hay algo atrapante en eso de estar luchando contra ese instrumento tan oscuro y encontrar la luz ahí.

-Para colmo, es voluminoso, pesado y caro...

Y sí... Los mejores contrabajos, de autor, están en Italia, Alemania o Francia, y rondan los u$s 60 mil. Pero es lógico, porque se demora unos cuatro años en fabricarlos. Empecé practicando en el del Conservatorio hasta que me pude comprar el primero y después fui vendiendo otras cosas para llegar a uno mejor. Además, hay que tener dos o tres al mismo tiempo porque se resienten. La madera sufre el frío, el calor, los viajes en avión... Casi cualquier cosa le genera una contracción, una rajadura o mueve las cuerdas. Por otro lado, si no estás bien físicamente es difícil resistir un concierto porque el contrabajo no para, ya que la sección rítmica es la que más toca. Es doloroso de tocar, te salen callos, y como es muy grande, se hace duro resistir todo el concierto. Pero no me arrepiento de haberlo elegido.

Dijiste: "eso quiero y allá voy".

Sí, siempre les voy a agradecer a mis viejos que no me hayan presionado ni inducido a nada. Fui criado con mucho respeto a mi crecimiento y a mi devenir, me dejaron ir buscando, equivocarme, acertar. Para mí son personas muy interesantes, tanto intelectual como espiritualmente, que me llenaron de estímulos y valores, como no ser prejuicioso y amar la libertad.

-¿Y por eso te dejaste atrapar por el "nuevo jazz"?

Hubo una generación de músicos, a fines de los '80, que empezó a viajar y a traer otra visión de la música contemporánea que en nuestro país, hasta ese momento, era bastante neotradicionalista. Eso generó que los malcriados como yo empezáramos a ser más curiosos y a buscar un sonido que tuviera que ver con la esencia de cada uno. Ojo que el neotradicionalismo es maravilloso cuando estás aprendiendo: soy un estudioso y un fanático del jazz, pero quiero expresar lo que a mí me pasa. Y lo que se generó fue una música más mixturada y moderna en la que, en el corazón del jazz, apareció el rock, el folclore, el tango... Así nació el Nuevo Jazz Argentino, una música más mixturada y más rebelde. Ya se editaron muchos discos de artistas que se liberaron de esa necesidad de tocar neotradicionalismo para legalizarse ante el público de jazz.

-¿Y cuál es el sello de Mariano Otero?

Lo que me sale no tiene tanta relación con el tango como con el rock, con muchos elementos de música contemporánea. Juego con cosas que me interesan, sin querer o a propósito, como Stravinsky -del que soy devoto-, pero también la música negra de James Brown o Stevie Wonder e incluso algo del rhythm & blues medio hip hop de hoy, como D' Angelo, Music y Tank. Pero si hay algo que define lo que hago es el romanticismo: me siento muy romántico escribiendo.

-Sin embargo, también componés para big bands.

¡Claro! De hecho, estoy involucrado en un proyecto muy lindo en Rosario, bajo la figura de compositor residente. En el Conservatorio Municipal tienen una big band de estudiantes y contratan un compositor porteño que escribe o adapta obras para bandas. En realidad, la diferencia entre mi formación actual y una big band son tres trombones... Es muy sutil. Buscar una orquestación original me permitió estar más a salvo de los clichés tradicionales, no tener que remitirme a nada, escribir música sin quedar atrapado en un formato. Pero no es mi objetivo sacar chapa de buen arreglador ni de nada. No tengo nada que demostrar.

-En tu primer disco eran cuatro, en el segundo cinco, en el tercero y el cuarto, nueve músicos. ¿Te planteás un desafío con cada formato?

Cambio porque me resulta riesgoso, divertido y me lleva a otro lado. Me ha sucedido de las dos formas. Ahora repetí la orquestación del disco anterior pero mi necesidad de cambio está expresada de otra manera, por eso son trabajos muy diferentes. Estuve estudiando con una maestra de composición (Laura Abade) y empecé a buscar en algunos libros, en mi música y la de otros, y dije: "Quiero hacer algo que todavía no hice: repetir la formación en dos discos, cambiar y sentir la diferencia". Estoy en paz: hay un abismo entre uno y otro. Cada vez que puedo, viajo a Nueva York para tomar clases particulares con compositores grosos, como Mark Helias, Scott Colley o Drew Gress. Llevarles mi música y verles la cara cuando la están escuchando fue una de las mejores cosas que me pasaron, porque me hizo sacarme los fantasmas de que estábamos a otro nivel.

-¿Cómo se conjuga la presencia de tantas individualidades fuertes en tu orquesta?

Llama la atención que en una orquesta haya tantos solistas porque, en general, el protagonismo está limitado a dos o tres y el resto actúa como sostén. Pero, desde el principio, me planteé armar una orquesta con tipos que me gustaran individualmente. Pensé: "si me gustan individualmente, van a sonar bien grupalmente", como para romper con ese mito de que un buen solista no toca bien en fila. Era un desafío al ego de todos integrar un grupo donde había mucho que compartir. Todos tienen discos solistas y escriben su música. Por eso, tenerlos en función de algo que es compartido, es un laburo de amor.

-Empezaron sus presentaciones como Mingusiana. ¿Por qué este homenaje?

Charles Mingus es el músico que más admiro. Hay algo muy fuerte en cómo él veía la historia, la filosofía y la vanguardia y eso a mí me completa, porque trabajó la música con una honestidad y una ausencia de red totales. Me refresca. Lo escucho y siento a un tipo que está haciendo lo que quiere, que arriesga, que se equivoca, que busca, que goza. ¡Eso es lo que tiene que pasar! Disfruto mucho de la raya afuera del cuadro: el ruido es lo que mantiene vivo al arte. También tiene que ver con una búsqueda personal: el desapego de la mirada y de la opinión de los otros para poder fluir artísticamente y escribir con total honestidad. Y si lo que hago tiene un techo, llegará hasta ahí. No digo: Voy a hacer jazz para que piensen que soy intelectual. Si no, no sería el marido de Florencia Peña.