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Cada vez más personas buscan alternativas para hacer rendir sus ahorros a través de las inversiones. Con ese objetivo en mente, una de las primeras decisiones es cómo distribuir el dinero entre activos con mayor potencial de crecimiento y otros que aporten estabilidad.
No existe una única cartera que funcione para todos los inversores. El resultado dependerá de los objetivos, el plazo disponible, la necesidad de liquidez y, sobre todo, la tolerancia al riesgo. Sin embargo, para quienes recién empiezan, resurgen distintas reglas que pueden servir como punto de partida para planear una estrategia.
Una de ellas es la regla de 120, una fórmula que busca definir qué proporción de una cartera de largo plazo debería estar invertida en acciones y cuánto debería destinarse a bonos. La idea parte de la premisa de que los inversores más jóvenes pueden asumir mayor volatilidad porque tienen más tiempo para atravesar eventuales caídas del mercado y recuperarse de ellas.
El origen de la regla de 120
La regla de 120 es una evolución de la conocida regla de 100, una estrategia que se popularizó durante el siglo XX y suele asociarse a John Bogle, fundador de The Vanguard Group.
La fórmula original proponía restar la edad del inversor a 100. Así, una persona de 40 años debía tener, en teoría, un 60% de su cartera en acciones y el 40% restante en bonos u otros instrumentos.
Con el paso del tiempo, la mayor expectativa de vida llevó a que varios especialistas actualizaran ese criterio. El argumento es que, si las personas vivirán más años y deberán financiar un período de retiro más extenso, pueden mantener una exposición más elevada a activos de crecimiento durante más tiempo.
De allí surgió la versión de 120, que propone conservar una mayor participación de acciones en la cartera, incluso a edades más avanzadas, siempre que el perfil del inversor y su horizonte lo permitan.
En qué consiste la regla de 120
La fórmula consiste en restar la edad del inversor al número 120. El resultado indica el porcentaje de la cartera que, según esta regla, podría asignarse a acciones. El porcentaje restante debería destinarse a bonos.
Por ejemplo, una persona de 30 años debería armar una cartera compuesta por 90% de acciones y 10% de bonos. En cambio, para una persona de 70 años, la distribución teórica sería de 50% en acciones y 50% en bonos.
La lógica detrás de la fórmula es que las acciones suelen tener una mayor volatilidad en el corto plazo, pero históricamente ofrecieron un mayor potencial de rendimiento en horizontes largos. Los bonos, en cambio, suelen aportar más previsibilidad y estabilidad, aunque con retornos esperados más moderados.
Cómo aplicar la regla para armar una cartera de largo plazo
La regla de 120 no debe interpretarse como una orden rígida, sino como una guía. Antes de definir porcentajes, el inversor debe saber para cuándo necesitará el dinero, cuánto está dispuesto a ver caer su cartera sin vender y cuál es el objetivo de esa inversión.
El punto central es evitar que toda la cartera dependa de un único activo, sector o país. Diversificar implica combinar renta variable y renta fija, pero también distribuir las inversiones entre distintas geografías, monedas y actividades económicas. De ese modo, una caída puntual no afecta de la misma manera a todo el patrimonio.
Además, una estrategia de largo plazo exige disciplina. La volatilidad forma parte de los mercados y vender de manera impulsiva luego de una baja puede consolidar pérdidas que, con tiempo, podrían recuperarse. Por eso, también es importante revisar la cartera de forma periódica.
Qué acciones comprar hoy
La porción de acciones de una cartera puede construirse con exposición local, internacional o una combinación de ambas. Para un inversor argentino, los Cedears permiten acceder desde el mercado local a compañías extranjeras y, al mismo tiempo, sumar cobertura vinculada a la evolución del dólar contado con liquidación.
Dentro del mercado estadounidense, algunas de las empresas más seguidas por volumen y liquidez incluyen a Broadcom, Microsoft, Amazon, Apple, Meta y Google. También aparecen firmas más vinculadas al mundo tecnológico y de semiconductores, como Micron Technology, SanDisk, Intel y Tesla.
La clave no es concentrar toda la posición en una sola compañía, por más atractiva que parezca. Una alternativa es combinar empresas de tecnología con firmas de otros sectores, como salud, consumo, energía o finanzas. También se puede diversificar mediante ETF, fondos que replican índices amplios y permiten acceder con una sola inversión a un conjunto mayor de empresas, sectores o mercados.
En el mercado local, entre las acciones que mostraron un desempeño destacado en los últimos doce meses aparecen Telecom Argentina, YPF, Grupo Clarín y Banco Macro.
Qué bonos pueden aportar estabilidad a la cartera
La parte de renta fija puede generar ingresos, reducir la volatilidad de las acciones, protegerse frente a la inflación o sumar cobertura cambiaria.
Para quienes buscan deuda soberana argentina en dólares, entre las alternativas que aparecen en las recomendaciones de mercado se encuentran el GD38, bajo ley extranjera; y los bonos AL30 y AE38, bajo ley local. También se destaca el bono provincial SFD34.
Dentro de la deuda en pesos, los bonos ajustados por CER permiten buscar cobertura frente a la inflación. Entre los títulos mencionados por analistas aparecen el TZXS7 y el TZX28.
Para quienes buscan cobertura frente a una eventual devaluación del tipo de cambio oficial, los bonos dólar linked aparecen como otra opción. En ese segmento, se destacan el TZV26, el D30S6 y el TZV28. Estos instrumentos ajustan por la evolución del dólar oficial, por lo que pueden servir como resguardo ante movimientos del tipo de cambio.
También hay bonos a tasa variable, conocidos como instrumentos TAMAR, especialmente los vencimientos 2028, 2029 y 2030. Por último, para quienes privilegian liquidez y plazos cortos, aparecen instrumentos nominales como el S17L6 y el S31L6.