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Durante abril, la calma cambiaria se extendió y el tipo de cambio oficial terminó el mes al mismo valor en el que cerró marzo. Producto de una política monetaria contractiva, la liquidación récord de la cosecha gruesa del agro y el crecimiento de las exportaciones, la cotización cerró el cuarto mes del año a $ 1405 para la venta, $ 75 por debajo del valor al que abrió el año.

Esta dinámica favorece en parte al comercio exterior y ayuda a desacelerar la inflación, a la vez que aparece como un “arma” electoral poderosa para Milei, dado que mejora los ingresos medidos en dólares de la población.

Sin embargo, esto reabre el riesgo de atraso cambiario y vuelve a poner sobre la mesa un debate cíclico, aunque crucial hacia adelante: de mantenerse el dólar “planchado”, ¿cómo afectará a la economía?

Concretamente, los analistas advierten que está situación golpea a sectores con menor competitividad y alta generación de empleo, lo que podría desembocar en presiones sociales y económicas.

Según un informe reciente de la consultora LCG, este escenario cambiario es volátil: es que, ante la posibilidad de “cambios repentinos en las expectativas de inversores, sobre todo por la inminencia de elecciones el año que viene, no pueden descartarse tensiones financieras y corridas”.

Cuenta corriente: por qué es clave para el dólar

De acuerdo al análisis de la consultora, la mirada debe centrarse en la cuenta corriente para determinar la sostenibilidad económica. Esto abarca la suma del saldo de la balanza comercial (es decir, la diferencia entre las exportaciones y las importaciones de bienes y servicios), los pagos netos a los factores (intereses, dividendos, remesas) y las transferencias netas.

Desde esta perspectiva, desde LCG explicaron que “un déficit implica que el país está consumiendo e invirtiendo más de lo que produce, lo cual tiene que ser financiado con ahorro externo”.

Analistas advierten que la estrategia del ministerio de Economía por un dólar barato puede generar tensiones sociales y económicas.

“Déficits de hoy implican compromisos de superávits futuros”, advierten desde LCG. En ese marco, la consultora vincula el atraso cambiario con el nivel del riesgo país: cuando los inversores dudan de la capacidad de Argentina de generar los dólares necesarios para honrar sus deudas, la prima de riesgo no cede.

“Cuando el riesgo país no baja, en parte es porque los inversores dudan de la capacidad de que Argentina tenga superávits futuros que generen los dólares para las acreencias que tienen con nosotros”, plantearon.

El escenario actual muestra una mejora en este apartado: en 2025, el déficit fue de 1,1% del PBI, una cifra significativamente menor al 5% registrado en 2017 y 2018 con un tipo de cambio real similar.

La gran diferencia estructural reside en Vaca Muerta y el crecimiento de las exportaciones agrícolas, donde el aporte de estos sectores “permite reducir fuertemente el déficit incluso con una competitividad cambiaria similar”.

“Pasar de un rojo energético de u$s 3.000 millones en 2017 a un superávit de u$s 8.000 millones en 2025 mejoró el cociente de cuenta corriente sobre PBI en 1,5 puntos porcentuales”, precisaron.

Debido a esto, LCG proyecta para este año un “leve superávit de cuenta corriente”, motorizado en parte por una buena cosecha y un superávit energético creciente. Un resultado positivo que, sin embargo, se produce en un contexto de “cuasi-recesión” en la economía.

Allí se plantea el vínculo del valor del dólar con el nivel de actividad: una economía menguada ayuda a mantener las importaciones a raya. “Si nuestra economía creciera al 4 o 5% anual, otro sería el panorama de las cuentas de dólares, y otro el tipo de cambio necesario”, señala el documento, sugiriendo que la estabilidad del dólar está anclado al bajo consumo.

¿Es sostenible un tipo de cambio “planchado”?

El informe destaca que el atraso cambiario actual se cubre con dólares que “provienen de sectores de alta competitividad”, en contraste con lo ocurrido en 2017, cuando se financió con entradas de “capitales financieros muy volátiles”.

Esto otorga mayor estabilidad al flujo de divisas, pero no está exento de efectos colaterales en sectores con baja competitividad y una mayor intensidad de empleo. En estas circunstancias, advierten que el desenlace de los síntomas del atraso cambiario derivaría en “tensiones sociales que se traducen en tensiones o movimientos políticos”.

“Pero como todo esto, a su vez, podría generar cambios repentinos en las expectativas de inversores, sobre todo en la inminencia de elecciones el año que viene, no pueden descartarse tensiones financieras y corridas, aun con un leve superávit de cuenta corriente”, remarcaron.

Antonio Navarro, economista de LCG, explicó a El Cronista que la fragilidad del frente externo está marcada por “un stock de reservas negativas y un flujo de pagos de deuda considerable”.

A partir de esto, subrayó que el país está obligado “en algún momento a cumplir con la restricción intertemporal”. Esto implica la capacidad de sostener en el tiempo la solvencia de la cuenta corriente.

“Vas a necesitar un superávit de cuenta corriente mayor. Sobre todo porque el carry trade y la entrada de flujo de capitales no son eterno”

Antonio Navarro, economista de LCG.

A esto se suma el problema de los stocks, donde las reservas son “negativas o nulas”. En ese sentido, el informe enfatizó que un leve superávit de flujo es “insuficiente” para la cantidad de reservas que tiene a disposición la economía.

En definitiva, para LCG, evitar una mayor incertidumbre requerirá un superávit de cuenta corriente todavía más alto que el proyectado. “Desde de un punto de vista de solvencia intertemporal con reservas netas en cero, hoy deberíamos apuntar a tener un superávit arriba de 1% del PBI”, consideraron.

A modo de conclusión, Navarro marcó que para alcanzar este objetivo es necesario un ajuste cambiario. “Un tipo de cambio mayor va a implicar encarecer las importaciones y favorecer las exportaciones de bienes. Esto seguramente implique un menor saldo en el déficit de turismo”, completó.