Inglaterra perdió la semifinal del Mundial y se lo mereció. Una desatinada muestra defensiva que buscaba proteger la ventaja solo les trajo la desgracia.
El resultado fue el mismo que en el partido de la “Mano de Dios” entre estos dos equipos hace 40 años en la Ciudad de México, pero esta vez Inglaterra no pudo culpar al juego sucio y, hacia el final, el partido ni siquiera se sintió parejo. Argentina, más allá de contar con Leo Messi, quien asistió en los dos goles, es sencillamente un equipo muy superior con la pelota. Su plantel, repleto de vigentes campeones del mundo, ahora se enfrenta a la favorita España en la final del domingo, con el objetivo de convertirse en el primer país en retener el título desde Brasil en 1962.
En el estadio con aire acondicionado, los hinchas de ambos países se mezclaron sin incidentes aparentes, pero los argentinos superaron ampliamente en número a los ingleses y, cuando sonaron los himnos nacionales, sus cánticos taparon el God Save the King. Los ingleses respondieron abucheando el himno argentino. Eso marcó el tono: a cuatro décadas de la Guerra de Malvinas y de la mano de Dios de Diego Maradona, esto seguía siendo mucho más que un partido de fútbol. Dos veces en el primer tiempo, una falta desató tumultos entre los jugadores de ambos equipos.
Los dos equipos ejercieron violencia. Argentina busca cometer faltas en la mitad de la cancha antes de que un ataque pueda desarrollarse, con Leandro Paredes y el debutante Giuliano Simeone como especialistas particulares. Inglaterra llegó con la revancha preparada. Su capitán, Harry Kane, pasó buena parte del partido reclamándole al árbitro.
Pero más allá de la agresividad y la tensión, el primer tiempo fue casi sin sobresaltos. Según el proveedor de datos Opta, este fue el primer partido de un Mundial del que se tenga registro desde 1966 sin un solo remate en la primera media hora. El mejor intento de cualquiera de los dos equipos antes del entretiempo fue el disparo de media distancia de Enzo Fernández, que pasó apenas por arriba del arco inglés a los 38 minutos, un remate que sonó como un presagio.
Las dos estrellas de Inglaterra no rindieron. Jude Bellingham, el héroe de los dos partidos anteriores, gambeteó de más, quizás empezando a creerse sus propios titulares. Kane repitió el fracaso de los cuartos de final ante Noruega, sin generar prácticamente nada. Ninguno de los dos apareció en el área las pocas veces que sus compañeros metieron un centro.
Durante buena parte del partido pareció que un solo gol iba a definir este encuentro muy disputado, y la espera terminó a los 55 minutos, cuando Kane tuvo su única contribución significativa. Buscó a Morgan Rogers con un pase largo y filtrado, y el rebote le quedó a Declan Rice, que sí encontró a Rogers. El jugador del Aston Villa metió un centro perfectamente medido y Anthony Gordon —que fue creciendo en el torneo después de ser cuestionado al inicio— se filtró por delante de un dormido Nahuel Molina para anotar de cerca.
El gol cambió el partido, pero a favor de Argentina. Inglaterra se replegó, peligrosamente, dentro de su propia área, devolviendo cada pelota lejos, sin criterio. Esta fallida versión ancestral del fútbol inglés supuestamente había sido erradicada gracias al aprendizaje de los últimos 30 años, pero parece que los instintos atávicos están demasiado arraigados. El estilo quedó personificado en el suplente Dan Burn, especialista en el cabezazo defensivo y encarnación del fútbol de los años 70, que ingresó a los 81 minutos para ganar la batalla aérea. Inglaterra podría haber evitado esa batalla si hubiera manejado la pelota. En cambio, desde el gol de Gordon hasta el minuto 92, Argentina tuvo una asombrosa posesión del 88 por ciento.
Nadie espera que Inglaterra toque la pelota como España, pero cuenta con muchos nombres importantes que deberían haber podido sostener la pelota por tramos y defender lejos de su propia área, sobre todo teniendo en cuenta la falta de recuperadores de Argentina después de que Paredes saliera del campo. El método de trinchera de Inglaterra le había funcionado 10 días antes ante México en el Azteca. Pero Argentina es un equipo mucho mejor.
Los hombres de Messi habían logrado una remontada todavía más grande en el mismo estadio la semana pasada, venciendo a Egipto 3-2 después de ir perdiendo 2-0 a los 78 minutos. El miércoles, otra vez mantuvieron la calma cuando estuvieron en desventaja.
“Había sangre en el agua y fuimos a buscarla”, dijo el entrenador de Argentina, Lionel Scaloni. El equipo se mantuvo fiel a su juego de pases y, cuando llegó el momento de peligro, Messi se activó por completo y tomó el control del partido. Jugando ocho partidos en cinco semanas, el hombre de 39 años tiene que racionar sus energías, pero después del gol de Gordon empezó a pedir la pelota sin parar. Completó nueve gambetas en el partido, empatando su mejor marca en un partido de un Mundial según Opta, y sus pases quirúrgicos desde la banda derecha resultarían decisivos.
Argentina es un equipo extraordinario en el juego aéreo, y Jordan Pickford hizo atajadas espectaculares para evitar los cabezazos de Nico González y Alexis Mac Allister. Pero si uno le sigue regalando la pelota a Argentina cerca de su propia área, tarde o temprano lo termina castigando.
Pickford desvió al córner un remate de Enzo Fernández, pero casi inmediatamente después, a los 85 minutos, Messi volvió a encontrar al jugador del Chelsea. Esta vez, el cañonazo de Fernández se metió en el ángulo del arco de Pickford.
En ese punto, con Argentina desatada, el segundo gol era solo cuestión de tiempo. Llegó al minuto de descuento. Mac Allister dio en el palo, pero inmediatamente después un desmarcado Lautaro Martínez conectó de cabeza un centro de derecha de Messi.
La ofensiva final de Inglaterra fue tan desatinada como su labor defensiva, todo pelotazos largos lanzados hacia la vaga dirección de la cabeza de Kane. Después, los jugadores argentinos, en pleno festejo, levantaron una bandera que decía “LAS MALVINAS SON ARGENTINAS”. A los desmoralizados jugadores ingleses probablemente ya no les importaba nada.
Su entrenador, Thomas Tuchel, había tenido razón al señalar las falencias de su equipo tras la victoria sobre Noruega, pero la incapacidad táctica de Inglaterra para quedarse con la pelota también es responsabilidad suya.
“Estoy conforme con cómo lo jugamos”, dijo, desconcertantemente. “Fue un partido totalmente parejo.” Criticó no el repliegue defensivo de su equipo, sino los errores en su ejecución. “Ya no pudimos encontrar la manera de tener posesión de la pelota”, se encogió de hombros, sugiriendo que eso estaba ausente del “ADN” inglés, como si las decisiones tácticas y la falta de capacidad técnica no hubieran empeorado el problema.
Consultado sobre su propia responsabilidad, dijo: “En cuanto perdés, te critican. Así es esto.” Agregó que estaba “con muchas ganas de la Eurocopa en casa” en 2028, sin dar señales de que fuera a renunciar.
Inglaterra llegó a cuatro semifinales y dos finales en sus últimos cinco torneos importantes, pero nunca pareció el mejor equipo. Tuvo la fortuna de llegar hasta acá esta vez después de triunfos ajustados ante RD del Congo, México y Noruega. Ni una sola vez jugó su mejor fútbol. Sus ambiciones eran enormes, pero volverá a casa sin haber logrado ni siquiera una derrota heroica. Bellingham fue excepcional en algunos tramos, pero, fuera de eso, su paso por este Mundial dejará poca huella.
