El autor es asesor senior del Carlyle Group y copresidente ejecutivo de Abaxx Markets

Un nuevo régimen se impone en los mercados energéticos y, por ende, en la economía global: el Nuevo Orden del Joule. Vivimos una era en la que la seguridad energética —no la política climática, no la eficiencia de costos— se ha convertido en la fuerza dominante que moldea los flujos de inversión, las alianzas geopolíticas y los precios de las materias primas.

El mundo subvaluó la seguridad energética física durante una década y el reajuste de precios que esa complacencia generó en los mercados no iba a ser lineal. La crisis del estrecho de Ormuz es el primer gran test de estrés del nuevo régimen. Reveló qué países se prepararon y cuáles improvisan.

China se preparó. Mientras Washington y Bruselas pasaron 25 años polarizados entre energía verde y marrón, Beijing construyó ambas: 1,2 terawatts de energía solar, el mayor pipeline nuclear del mundo, una flota de vehículos eléctricos que ya desplaza más de un millón de barriles diarios, según estimaciones del Rhodium Group.

Nada de eso se justificó como política climática. Era un seguro. Un electrón puede obtenerse del carbón, el gas, el sol, el viento o el uranio; un motor de combustión está casado con un único combustible que debe cruzar el cuello de botella de otro. La electrificación es la compra de opcionalidad y China compró más que cualquier nación en la historia.

Esa opción se está ejerciendo ahora y el mercado la está malinterpretando como una señal de debilidad. La explicación del consenso para la caída de las importaciones energéticas chinas es “destrucción de demanda” —el mayor importador del mundo cediendo terreno—. La realidad es la opuesta. Ante precios de combustible que subieron hasta un 20%, los conductores chinos cargan electricidad en vez de nafta: la carga de vehículos eléctricos en autopistas se disparó un 56% interanual durante el feriado del Día del Trabajo. Los usuarios industriales migraron al carbón doméstico. En conjunto, China puede flexibilizar unos 2 millones de barriles diarios de demanda a voluntad —una flexibilidad que ninguna otra gran economía puede acercarse a igualar—. Lo que parece un cliente en colapso es, en realidad, un cliente que construyó una salida y la está usando.

Los ambientalistas no deberían alarmarse porque parte de esa flexibilidad corra sobre carbón. El carbón es el puente, no el destino. La capacidad renovable y nuclear de China tiene un costo marginal ínfimo una vez construida: los costos fijos ya están amortizados, el combustible es gratis y cada gigawatt adicional desplaza un barril con un gasto incremental mínimo. Es la misma lógica que volvió tan poderosos a los negocios tecnológicos sin activos pesados: una vez que la infraestructura existe, la unidad marginal casi no cuesta nada.

Occidente, mientras tanto, ejecuta el manual de siempre en su límite físico. Las exportaciones de crudo de EE.UU. se dispararon 2 millones de barriles diarios desde que comenzó la guerra. Washington lo llama “dominancia energética”. Mirado de cerca, es otra cosa: Estados Unidos está exportando su propia póliza de seguro. Los barriles adicionales no provienen de nueva producción sino de inventarios —la Reserva Estratégica de Petróleo cayó a unos 342 millones de barriles, el nivel más bajo desde agosto de 1983 y está en camino de alcanzar el mínimo operativo para fines del verano boreal—. El colchón construido durante 50 años para protegerse exactamente de esta crisis se está enviando al exterior. Esto no es oferta respondiendo al precio. Es inventario respondiendo al precio —y el inventario, a diferencia de la producción, tiene un piso.

Peor aún, la política es autodestructiva. Una señal de precios es un mecanismo que dispara inversión y ajusta la demanda. Cada barril liberado para suprimir el precio retrasa la inversión de capital que construiría seguridad energética real. Occidente no está construyendo el Nuevo Orden del Joule. Lo está hipotecando, con la factura por llegar en el tercer trimestre —cuando la refrigeración, la agricultura y la demanda de conducción suman entre 5 y 6 millones de barriles diarios a un mercado donde los colchones se agotaron y su consumidor flexible más grande ya ejerció su opción.

Las exportaciones de crudo de EE.UU. se dispararon 2 millones de barriles diarios desde que comenzó la guerra.Reuters

En febrero de 1977, Jimmy Carter se dirigió a los estadounidenses con un cárdigan puesto y el termostato de la Casa Blanca bajado. La energía era finita, dijo; la seguridad había que ganársela. Acuñó el término “transición energética” para describir la construcción de una base energética doméstica segura —una frase que no tenía nada que ver con el medio ambiente y todo que ver con lo que ocurre cuando una potencia extranjera controla tu combustible.

Carter pidió sacrificios y fue castigado. La prensa se burló del discurso y el Congreso lo ignoró. Su honestidad contribuyó a terminar con su presidencia. Sus sucesores extrajeron la conclusión obvia: nunca admitir escasez. Ante cada shock de oferta, bajar los precios con el discurso, drenar las reservas estratégicas y esperar que la oferta regrese antes de que el colchón se agote. Funcionó durante 50 años.

China escuchó a Carter, apostó a la inversión y hoy cobra los dividendos. Occidente escuchó su derrota y hoy paga el costo. El reajuste de precios no será gradual. No se pueden imprimir moléculas y no se puede llegar a la seguridad energética vaciando los inventarios.