Financial Times

Se cayó la Superliga: a quienes beneficiaba y porqué no funcionó

La propuesta de crear un campeonato europeo independiente no tenía en cuenta que los clubes son algo más que instituciones con fines de lucro

"Hace muy poco había una expectativa generalizada en torno a lo que se llamó Superliga, un torneo en el que jugarían todos los grandes clubes europeos. Pero no se ha materializado", escribió el periodista Arthur Hopcraft en 1968.

Desde entonces, frecuentemente se propone la creación de una Superliga, pero nunca con tanta seriedad como ocurrió en esta semana. 

La propuesta recalca que no se está comprendiendo lo que es un club de fútbol, que es mucho más que una institución con fines de lucro.

Sería divertido ver a gigantes como el Barcelona y el Manchester United jugando entre sí más a menudo. Aun así, es difícil encontrar un hincha que exprese su entusiasmo por la liga propuesta. 

El plan no estaba impulsado por el amor, sino por el dinero: hay una gran cantidad de capital privado en juego, y JPMorgan Chase dijo que financiaría una "subvención para infraestructura" de 3250 millones de euros como "bono de bienvenida".

Esto atrajo a los clubes aterrados por las pérdidas provocadas por la pandemia. Y algunos propietarios de ellos -en particular los estadounidenses como John Henry, dueño del Liverpool, y la familia Glazer del Manchester United- siempre fueron fríos maximizadores de ganancias. Tenían la esperanza de aplicar en el futbol europeo el modelo de liga cerrada que se usa en Estados Unidos.

Los ingresos de la liga serían en su mayor parte para los súper ricos: jugadores, agentes y propietarios. 

Las mayores ganancias tampoco mejorarían el deporte. Hasta los años 90, los clubes sobrevivían con ingresos comparativamente ínfimos, pero el fútbol era apasionante.

Las ambiciones de la Superliga fueron limitadas. No es una liga "europea"; hasta ahora, los grandes clubes alemanes y el París Saint-Germain no se unieron.

Tampoco es verdaderamente "súper", dada la presencia de clubes de bajo rendimiento como Arsenal, Tottenham y Milan. 

Y aspiraba simplemente a ser una atracción secundaria de las ligas nacionales. Se jugaría entre semana. El horario de máxima audiencia del fútbol -las tardes de los fines de semana- quedaría reservado para las ligas nacionales.

El mayor impacto de la liga hubiera sido la destrucción de dos de los pilares del fútbol: la competencia y la tradición. 

Quince de sus 20 plazas estarían garantizadas para los clubes "fundadores", independientemente de su rendimiento. Excluiría a casi todos los clubes europeos para siempre. 

Se rompería la promesa esencial del fútbol: que cualquier club pueda triunfar. Los que queden afuera estarían condenados a permanecer en la liga menor, advirtió Stefan Szymanski, economista deportivo de la Universidad de Michigan: "Sería catastrófico para el fútbol europeo" dijo.

Una liga cerrada también arruinaría uno de los placeres especiales de los hinchas: la tradición. 

Desde la infancia hasta la muerte, la gente ve a su club jugar con los mismos colores, en general en la misma cancha, en los mismos torneos, contra los mismos rivales. Todo en la vida cambia, menos el fanatismo por fútbol.

Algunos hinchas incluso dijeron que no seguirían a sus clubes en este nuevo mundo. Relativamente pocos son incondicionales que ven todos los partidos. 

En cualquier caso, la perspectiva de un partido Arsenal contra Milan en el que se disputan los últimos lugares de la Superliga no suena imperdible.

También hay algo ridículo en una industria de medio pelo que se vende por dinero. El club más rentable del fútbol, el FC Barcelona, antes de la pandemia tenía ingresos anuales de casi u$s 1000 millones. Eso es aproximadamente el 0,4% de los que genera Apple.

Tradicionalmente, los clubes no se consideraban empresas. La Asociación de Fútbol de Inglaterra solía prohibir a los propietarios de los clubes que obtuvieran ganancias con sus inversiones. El objetivo era garantizar que los clubes fueran dirigidos por "la clase correcta de hombres que aman el fútbol". Lamentablemente, esas normas se eliminaron a principios de la década de 1980.

Los clubes deben saber lo que son. Más que a instituciones con fines de lucro, se parecen a los museos: organizaciones con espíritu cívico que sirven a la comunidad sin dejar de ser razonablemente solventes. La Superliga definitivamente no es eso.

Traducción: Mariana Oriolo

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