Guerra en Ucrania: Rusia está atrás de una cortina de hierro, una vez más

El estancamiento de la guerra y el colapso de la economía hacen que la represión sea la única forma de que Putin se mantenga en el poder.

Vladimir Putin es un gran estudioso de la historia rusa. El verano pasado, autopublicó un largo ensayo, 'Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos', que era también un manifiesto a favor de la guerra. Pero, en medio de todas sus reflexiones históricas, Putin pasó por alto un patrón crucial recurrente: el papel que las guerras fallidas han desempeñado en el cambio de régimen en Rusia.

La derrota en la Primera Guerra Mundial creó las condiciones para la revolución rusa de 1917. La humillación de Moscú en la guerra ruso-japonesa de 1904-05 también contribuyó a provocar una revolución fallida. La guerra de Crimea de 1853-56 condujo a la muerte, posiblemente por suicidio, del zar Nicolás I. Más recientemente, la agotadora guerra de Afganistán contribuyó sustancialmente al colapso de la Unión Soviética en 1991.

La URSS perdió unos 14.000 soldados en una década de lucha en Afganistán. El gobierno ruso ha admitido haber perdido casi 500, muertos en los primeros días de su invasión de Ucrania. Es probable que las cifras reales sean considerablemente mayores. Lyudmila Narusova, senadora rusa, ha hablado de una compañía rusa de 100 soldados con sólo cuatro supervivientes. Y lo peor de los combates probablemente esté por llegar.

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Entonces, ¿podría un fracaso bélico volver a derribar un gobierno ruso? La mayoría de los expertos con los que he hablado lo consideran improbable, al menos a corto plazo. Ben Noble, del University College de Londres, se muestra "escéptico ante las afirmaciones de que Putin será depuesto pronto en un golpe de estado, o de que la élite actual podría ser destituida por protestas masivas". Dominic Lieven, una autoridad en el colapso de la Rusia zarista, también advierte que no se debe contar con un rápido desmantelamiento del sistema de Putin.

Por otra parte, gracias a las sanciones occidentales, los daños económicos en Rusia que ha provocado la guerra con Ucrania serán muy rápidos. Las ganancias de los últimos 20 años podrían desaparecer en semanas. Michael Bernstam, de la Universidad de Stanford, cree que la congelación de los activos del banco central ruso hará que los bancos comerciales y las cadenas de suministro implosionen en poco tiempo, reduciendo gran parte de la economía al trueque.

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La clase media urbana rusa se ha acostumbrado a un mundo de Ikea, iPhones, tarjetas de crédito Visa y mini escapadas a Europa o al Golfo. Ese mundo se ha acabado. Muchos de los oligarcas, que apoyaron a Putin para mantener sus fortunas, han perdido sus imperios empresariales internacionales y sus yates.

También han desaparecido las libertades y las conexiones con el mundo exterior que tanto les costó conseguir. En muchos aspectos, Rusia ya está más aislada que durante la guerra fría, cuando al menos era posible viajar por Europa del Este y los equipos soviéticos competían en la Copa del Mundo y los Juegos Olímpicos. Ahora Rusia ha sido expulsada de las competiciones deportivas internacionales y Aeroflot ha cancelado los vuelos internacionales, excepto a la vecina Bielorrusia. Es probable que este aislamiento persista mientras continúe la guerra o la ocupación de Ucrania.

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En la propia Rusia, el acceso a Facebook y a sitios de medios de comunicación extranjeros, como la BBC, está bloqueado. Difundir "información falsa" sobre la guerra (que no debe llamarse guerra, sino operación militar especial) se castiga con 15 años de cárcel. Rusia es ahora tan totalitaria como China, pero sin el funcionamiento de la economía, los viajes al extranjero y los bienes de consumo que ayudan a mantener a raya a la clase media china.

El rápido uso de la represión por parte de Putin demuestra su malestar por la situación interna. Con los súper ricos y la clase media urbana intranquilos, el dictador de Rusia (porque eso es lo que es ahora) queda dependiendo de dos bases cruciales de apoyo: los rusos de a pie, fuera de las grandes ciudades, y un círculo interno de leales.

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Los sondeos de opinión rusos muestran altos niveles de apoyo a la guerra. Pero, dado el clima de represión, es poco probable que esos sondeos sean fiables. Los datos anecdóticos sugieren que la versión de Putin sobre el conflicto es creída por muchos, quizás la mayoría, de los rusos. La televisión estatal controla la narrativa sobre la guerra en Ucrania.

Pero la realidad -en forma de víctimas y privaciones económicas- puede socavar pronto la historia oficial. Aun así, las protestas públicas requieren un enorme valor. Los manifestantes se arriesgan a ser golpeados, encarcelados y a perder sus empleos. El aplastamiento del movimiento de protesta en Bielorrusia el año pasado demuestra que la represión a menudo funciona, si es lo suficientemente despiadada.

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Las esperanzas de destitución de Putin deben descansar, pues, en gran medida en un golpe de palacio. Como ha observado el politólogo Milan Svolik, "la inmensa mayoría de los dictadores pierden el poder ante los que están dentro de las puertas del palacio presidencial, en lugar de ante las masas de fuera". Pero Putin parece estar rodeado de leales, que comparten su cosmovisión nacionalista y conspiranoica y cuyos destinos están estrechamente ligados al líder.

Incluso si algunos en el círculo íntimo albergan dudas, hacer un movimiento contra Putin seguiría siendo extraordinariamente arriesgado y difícil. El líder ruso siempre ha cuidado de sus guardaespaldas, algunos de los cuales se han convertido en hombres muy ricos por derecho propio.

En otras partes del mundo, dictadores como Robert Mugabe, de Zimbabue, o Nicolás Maduro, de Venezuela, redujeron a sus países a la pobreza y al aislamiento, pero aun así consiguieron aferrarse al poder durante muchos años.

¿Será eso posible en la Rusia moderna? ¿Podrá Putin volver a encerrar a sus compatriotas tras una cortina de hierro? El destino de Ucrania, Rusia y gran parte del mundo dependerá de la respuesta.

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