Mientras comerciantes del centro de Teherán y del histórico Gran Bazar cerraban sus locales el mes pasado para protestar por los altos precios, el presidente iraní Masoud Pezeshkian expuso ante el Parlamento la profundidad de su dilema para gestionar el malestar económico de la república islámica.
“Me dicen que los salarios son bajos; eso es cierto. Me dicen que los impuestos son altos; eso también es cierto. Pero luego me dicen que aumente los salarios”, dijo Pezeshkian ante los legisladores. “¿Puede alguien decirme de dónde se supone que saldrá el dinero? Estamos teniendo dificultades para conseguir divisas para cubrir los medios de vida de la gente, el alimento para el ganado y los productos básicos”.
En las semanas siguientes, las protestas por reclamos económicos se transformaron en una ola de disturbios civiles a nivel nacional que representa la mayor amenaza para la república islámica en años. Grupos de activistas aseguran que cientos de personas han muerto y miles fueron detenidas a medida que el régimen intensificó la represión.
La crisis pone de relieve cómo el régimen teocrático se ha visto desgastado por una combinación tóxica de décadas de duras sanciones de Estados Unidos, mala gestión interna y corrupción, señalan analistas.
“Es inevitable que esta protesta siga creciendo y acumulándose hasta desembocar en este momento: las protestas están incorporadas de base por la estanflación económica y el bloqueo político”, afirmó Sanam Vakil, directora para Medio Oriente de Chatham House. “No tenía por qué ser tan revolucionario. Se agravó por su falta de voluntad para hacer concesiones y para reformar, tanto en lo económico como en lo político”.
Los disturbios estallaron en el Gran Bazar de Teherán a comienzos de año, ante precios cada vez más inasequibles.
Pezeshkian no es el primer presidente iraní en enfrentar una crisis de este tipo. La economía de Irán ha sido estrangulada por sanciones occidentales cada vez más severas desde 2012, cuando el entonces presidente estadounidense Barack Obama intensificó la presión sobre Teherán por su programa nuclear y convenció a la Unión Europea de acompañar la medida.

Ese año, Irán fue desconectado del sistema global de pagos Swift. El rial se devaluó, la inflación se disparó, la inversión cayó y los iraníes sintieron un deterioro de su bienestar: los mismos males que ayudaron a encender las protestas de las últimas dos semanas.
Esfandyar Batmanghelidj, director ejecutivo del think tank Bourse & Bazaar Foundation, dijo que 2012 fue el año que empujó a Irán —un país de 90 millones de habitantes— a su primera contracción significativa desde principios de los años 90. Desde entonces, “el crecimiento ha sido esencialmente la mitad de lo que era hasta ese momento”.
Entre 2000 y 2012, la economía creció en promedio 4,4% anual. En los años posteriores, el crecimiento promedio se desaceleró a apenas 1,9%, explicó.
La actual lucha por las libertades civiles y el cambio político habría sido “muy diferente” si el país hubiera seguido su trayectoria económica previa a las sanciones, sostuvo Batmanghelidj.
Hubo un breve respiro después de que Irán firmara en 2015 un acuerdo nuclear con la administración Obama y otras potencias mundiales, que otorgó un amplio alivio de sanciones a cambio de estrictas restricciones a la actividad nuclear.
Con promesas de inversiones estadounidenses y europeas y el levantamiento de las restricciones a las exportaciones de petróleo —la principal fuente de divisas—, el crecimiento repuntó y la inflación cayó a poco menos del 7%, el nivel más bajo en décadas.
Las exportaciones de crudo subieron hasta un pico de 2,8 millones de barriles diarios en mayo de 2018.
Pero el alivio fue efímero. Ese mismo mes, el entonces presidente estadounidense Donald Trump, en su primer mandato, se retiró del acuerdo nuclear e inició la imposición de cientos de nuevas sanciones contra Irán.
Ante la amenaza de sanciones secundarias, las empresas internacionales se retiraron, Irán volvió a quedar fuera de Swift y sus exportaciones de petróleo cayeron hasta unos 300.000 barriles diarios en 2019.
El crecimiento se contrajo con fuerza, el rial se desplomó y la inflación volvió a dispararse hacia el 40%. Trump también congeló decenas de miles de millones de dólares del dinero petrolero iraní retenido en bancos centrales del exterior, cortando una fuente vital de divisas.
El país ha caído en un “estado casi permanente” de “pesimismo económico”, dice Batmanghelidj, caracterizado por una “percepción negativa sobre las condiciones actuales y, quizá más importante aún, una visión profundamente negativa del futuro”.
Incluso cuando el acuerdo nuclear estaba vigente, apenas hubo “algún movimiento en la percepción negativa de la economía”, agregó.
“Ese pesimismo luego se traslada a la frustración política porque la gente alterna la impresión de que el gobierno es incapaz de proteger o mejorar su bienestar”.
La frustración estalló en protestas callejeras en 2017 y nuevamente en 2019, después de que el gobierno de Hassan Rouhani —uno de los arquitectos del acuerdo nuclear— aumentara en un 50% el precio del combustible subsidiado.
Djavad Salehi-Isfahani, economista nacido en Irán y profesor en Virginia Tech, dijo que el colapso del acuerdo nuclear y su impacto económico “destruyeron el impulso interno en Irán hacia un acercamiento” con Occidente.
“Los iraníes empezaron a pensar que podían vender muchas cosas en todo el mundo, no solo a través de las fronteras”, señaló. “Había mucha esperanza. Aplastar esa esperanza tuvo un gran efecto”.
Gobiernos sucesivos, acusados de mala gestión económica, han sido “demasiado reactivos” al intentar responder a la presión, dijo Salehi-Isfahani. Además, están frenados por poderosos grupos de interés que resisten las reformas, según analistas.
A esto se suman centros de poder rivales dentro del régimen, donde el decisor último es el ayatolá Ali Khamenei, líder supremo de 86 años que encabeza la república desde 1989.

“Responden y tratan de ajustar la política económica cuando la situación llega a un punto de crisis”, explicó Salehi-Isfahani. El banco central a menudo retrasó las decisiones hasta que “es muy difícil defender la moneda y queda expuesta a una devaluación muy brusca”.
Las herramientas del gobierno para impulsar el crecimiento y los ingresos incluyen aumentar las exportaciones de petróleo y de bienes no petroleros, pero ambas están atadas por las sanciones. Las exportaciones de crudo alcanzaron 1,9 millones de barriles diarios en diciembre, según la Agencia Internacional de la Energía, con una producción estable en 3,5 millones, aunque Irán debe vender con descuento por las restricciones estadounidenses.
“La economía iraní está muy diversificada. Se parece a la economía turca con una diferencia”, dijo Salehi-Isfahani. “Los turcos pueden usar la mano de obra y el capital humano para producir cosas y venderlas afuera. Los iraníes no”.
Aun así, a lo largo de los años de sanciones, Irán no ha sufrido una escasez generalizada de bienes, salvo algunos medicamentos especializados como tratamientos contra el cáncer -que Teherán atribuye a las restricciones de Estados Unidos- aunque la crisis del costo de vida se intensificó.
“La mayoría de los iraníes sigue llegando a fin de mes; es muy difícil para ellos, pero no estamos en un país como Venezuela o Siria, donde hay un colapso económico total”, dijo Batmanghelidj. “El principal problema ha sido la asequibilidad, no la disponibilidad”.
Si bien algunos hogares “cayeron por debajo de la línea de pobreza y enfrentan mayor inseguridad alimentaria, para la gran mayoría se trata de su bienestar relativo: dónde sienten que deberían estar frente a dónde están hoy”, añadió.
Para la amplia y joven población urbana de Irán, la enorme brecha entre sus aspiraciones y la vida cotidiana bajo un régimen opresivo alimenta la desilusión y la ira, señalan analistas.
En los siete meses desde que Israel lanzó su guerra de 12 días contra Irán en junio, el rial perdió 40% de su valor, según Salehi-Isfahani.
La inflación anual llegó al 42% en diciembre, mientras que la inflación de alimentos se disparó al 72%, con el precio del pan aumentando 113%. Las subas tienen un impacto mucho más severo en las provincias más pobres, donde se expandieron los disturbios.
Cuando comenzaron las protestas, Pezeshkian presentaba el presupuesto para el año que empieza a fines de marzo, que prevé una fuerte caída del salario real de los empleados públicos y un aumento del gasto por debajo de la inflación.
También avanzó en la reforma de un subsidio muy criticado, poniendo fin a una política de larga data que ofrecía divisas baratas a importadores -ampliamente señalada por corrupción y distorsiones.
En su lugar, amplió un esquema existente de transferencias en efectivo a los hogares, otorgando a 88 millones de iraníes un pago mensual de 10 millones de riales por persona, equivalente a u$s 7, o u$s 40 ajustados por precios locales, según Salehi-Isfahani.
Los precios siguieron subiendo.
Salehi-Isfahani dijo que una de las fallas del gobierno fue no abordar de manera efectiva el enorme costo de los subsidios a los combustibles, que generan un costo de oportunidad de unos u$s 70.000 millones.
La turbulencia cambiaria y de precios fue “un poco como un auto que avanza hacia una pared y finalmente la choca”, afirmó. “Si se observa cómo venía evolucionando la inflación, tenía que desembocar en una crisis de este tipo”.
Atribuyó parte del impacto a la guerra con Israel, pero sospechó que también podría deberse a que Teherán está gastando dinero en rearmarse ante la amenaza de nuevos ataques israelíes o estadounidenses.
“Cada vez más, creen que tendrán que pagar por lo que llaman mala gestión, por los daños de la guerra o para prevenir la amenaza de otro ataque”, dijo Salehi-Isfahani. “Vieron correctamente que sus ingresos reales estaban en riesgo. Son ingresos reales que durante generaciones se esperaba que aumentaran y que llevan 15 años estancados”.















