En esta noticia

La carne ocupa un lugar central en la alimentación argentina, pero su precio no se explica solamente por cuánto cuesta producirla ni por el lugar que ocupa el país en el comercio mundial. Los ingresos de cada mercado, los impuestos y las condiciones para vender o importar alimentos también inciden en lo que paga el consumidor. Y la comparación cambia según se trate de carne bovina o pollo, e incluso según el corte elegido.

Un informe del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL), de la Fundación Mediterránea, compara los precios publicados online en supermercados de la Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Chile, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

El trabajo, firmado por Juan Manuel Garzón, reúne cinco claves para interpretar las diferencias y entender por qué ser un país productor y exportador de carnes no garantiza tener los precios más bajos en las góndolas.

La comparación llega en un momento particular para el negocio ganadero argentino. En los primeros nueve meses de 2026, la producción de carne vacuna cayó 6,6% interanual y el consumo interno se redujo 11,7%, mientras que las exportaciones crecieron 7,7%, según datos de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes (CICCRA).

El mercado doméstico absorbió el 69,7% de la producción, cuatro puntos menos que un año atrás, y las ventas al exterior representaron el 30,3%. La foto combina, así, una demanda local más débil con una mayor participación de las exportaciones.

Carne argentina: qué lugar ocupa frente a otros ocho países

La comparación del IERAL ubica a la Argentina entre los países con precios más bajos de carne bovina. En cortes equivalentes, solo Brasil y Paraguay tienen valores inferiores: los precios argentinos son alrededor de 10% más altos que los brasileños y 19% más altos que los paraguayos. En cambio, resultan 82% más bajos que los de Estados Unidos, 59% inferiores a los de Canadá y cerca de 50% menores que los de Australia y Nueva Zelanda.

Sin embargo, el resultado cambia según el corte. En Estados Unidos, el kilo de lomo cuesta unos u$s 59,1, frente a u$s 22,8 en la Argentina. En la picada común, la diferencia también es amplia: u$s 14,75 por kilo en el mercado estadounidense contra u$s 6,04 en el argentino.

Como resume Juan Manuel Garzón en el informe, “la posición argentina depende, por lo tanto, del producto considerado”. Uruguay, por ejemplo, tiene precios promedio 10% superiores a los argentinos en cortes equivalentes, pero la nalga cuesta 15% menos y el peceto, 22% menos. El lomo, en cambio, es 33% más caro.

La comparación también incluye carne de pollo. En cortes equivalentes, sus precios en la Argentina son inferiores a los de Uruguay y Canadá, que prácticamente duplican los valores locales, y superiores a los de Brasil y Paraguay. El informe compara ambas carnes y muestra que la diferencia entre sus precios también varía según el país: en la Argentina, la canasta de carne bovina equivale a 2,6 kilos de pollo; en Estados Unidos, a 4,2 kilos.

La comparación de precios en el mostrador tampoco agota el problema de la competitividad del sector. En julio, el vicepresidente de la Federación de Industrias Frigoríficas Regionales Argentinas (FIFRA), Daniel Urcía, advirtió que la Argentina tenía “la hacienda más cara de la región en términos de dólares”, una condición que, según explicó, ajustaba los márgenes de los frigoríficos frente a competidores como Brasil, Paraguay y Uruguay.

El señalamiento introduce un matiz: un precio minorista relativamente bajo frente a otros países no implica necesariamente que toda la cadena argentina produzca con costos menores.

En pollo, Brasil y Paraguay también tienen precios inferiores a los argentinos
En pollo, Brasil y Paraguay también tienen precios inferiores a los argentinosChatGPT

Las 5 claves que ayudan a explicar las diferencias de precios

1. El ingreso por habitante

El informe encuentra una relación estrecha entre el nivel de ingresos y el precio de la carne bovina: los países más ricos tienden a tener precios más altos. En el pollo, esa relación es menos clara.

2. Los impuestos al consumo

La carga tributaria influye en el precio final, aunque su efecto varía según el país. El IERAL señala, por ejemplo, que al descontar los impuestos identificados, la diferencia del precio de la carne bovina entre Chile y la Argentina se reduce de 17% a alrededor de 9%.

3. La condición exportadora o importadora

Vender carne al exterior no implica necesariamente tener precios más bajos en el mercado interno. “Ser un país productor y exportador de carnes no garantiza, por sí solo, precios bajos en el supermercado”, advierte el informe. Australia y Nueva Zelanda tienen precios de carne bovina alrededor de 48% y 50% superiores a los argentinos, respectivamente.

La dinámica exportadora argentina también cambió en 2026. Entre enero y agosto, las ventas externas de carne vacuna aumentaron 9,5% en volumen, hasta 397.400 toneladas, pero la facturación creció mucho más: 42%, hasta u$s 3115 millones. El precio promedio de exportación subió 29,7%, a u$s 7839 por tonelada, según los datos sectoriales publicados por El Cronista el 20 de octubre.

4. Las barreras comerciales

Los aranceles, los cupos y las restricciones sanitarias condicionan la competencia de productos importados. El informe menciona el caso de Canadá, donde los elevados aranceles para importar determinados productos aviares contribuyen a explicar los precios del pollo.

5. Los costos y las características de cada mercado

La productividad, la escala de producción, los salarios, la alimentación animal, la energía, la faena, la distribución y los márgenes comerciales también inciden en el precio final. A eso se suman las preferencias de los consumidores por determinados cortes.

El IERAL advierte que estos factores pueden actuar al mismo tiempo y que el relevamiento no permite cuantificar cuánto aporta cada uno a las diferencias observadas.

Una comparación que exige mirar más allá del precio promedio

El relevamiento se basa en precios publicados en supermercados online y comercios especializados, expresados en dólares por kilo. Para comparar los países, el informe utiliza tanto el promedio de las canastas relevadas como los precios de cortes equivalentes. Son indicadores distintos y ninguno refleja por sí solo cuánto gasta efectivamente una familia.

Garzón aclara que la comparación “tampoco mide por sí solo la facilidad de acceso a la carne, que depende de los ingresos de los consumidores”. En otras palabras, un precio menor en dólares no implica necesariamente que la carne sea más accesible para los hogares.