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Adiós a los sueños rusos y las otras butacas vacías

Marcelo Figueiras estaba en Moscú en el mismísimo momento en que el presidente ruso Vladimir Putin le anunciaba al mundo el jueves pasado que invadiría Ucrania, en el inicio de una guerra de consecuencias impredecibles.

Antes de que pasaran 48 horas, recibió un mensaje de su círculo familiar que le decía, palabras más o palabras menos, rajá de ahí antes de que se cierren los vuelos a todas partes del mundo. A los dos días, ya estaba en París.

Con su laboratorio Richmond, Figueiras se hizo conocido como el "señor vacuna rusa" durante la pandemia en la Argentina.

Cuando las papas quemaban por escasez de dosis, el hombre de sonrisa amplia y blanca le permitió al Gobierno empezar a fabricar en tiempo récord la Sputnik V en el país en una locación alquilada, mientras ponía en marcha la construcción de una planta nueva para poder fabricarla y exportarla a toda la región.

De hecho, llegó a reunir u$s 80 millones en un fideicomiso donde pusieron plata referentes del establishment de todo el arco político para tener lista la fábrica este 2022.

Figueiras profundizó cada vez más el vínculo con el Instituto Gamaleya tratando de asegurar la importación de los antígenos y la transferencia tecnológica para la fabricación local, que además estaba atada a las aprobaciones de cada uno de los lotes de las nueve millones de vacunas que había llegado a entregar hasta ahora.

De hecho, pasó a la historia la imagen del empresario farmacéutico enfundado en un traje blanco de científico con cofia incluida presentando desde las instalaciones de Pilar el arranque de la producción, en una comunicación con Putin en Rusia y el presidente Alberto Fernández en la Quinta de Olivos.

"Decimos en Argentina que los amigos se conocen en los momentos difíciles, y cuando pasamos un momento difícil, el gobierno de Rusia estuvo al lado de los argentinos ayudándonos a conseguir las vacunas que el mundo nos negaba", le dijo Alberto a su par que hoy no para de recibir repudios.

Feeling con el paria

Era el 4 de junio pasado y el feeling entre el gobierno que incluye a la vicepresidenta Cristina Kirchner y el de Putin era total. Había clima de festejo si había un paper de The Lancet avalando la vacuna rusa y el debate era en tono de Pfizer gato.

Por entonces, nadie veía venir que en su intento de hacer equilibrios multilaterales, el Gobierno se estaba pasando dos puentes en su alianza con una figura que ocho meses más tarde iría camino a convertirse, como dijo el presidente de Francia, Emmanuel Macron, en "un paria internacional".

Hoy Figueiras está en plena tarea de reducir los daños de una alianza que en principio había tejido con el Fondo Ruso de Inversión Directa, cuyo titular Kirill Dimitriev, también fue parte de aquella mítica transmisión. Justamente ese brazo financiero del Kremlin para los negocios privados ya fue objeto de sanciones económicas por parte del Reino Unido y de los Estados Unidos.

Desde Richmond, minimizan el impacto de las sanciones sobre la apuesta de la Sputnik V y el desarrollo de la planta local. Dicen que con toda la furia iba a significar el 10% de los nuevos negocios, que también estaba pensada como una plataforma general para hacer desde vacunas contra la gripe hasta medicamentos biotecnológicos.

Pero un poco se siente el clima de "qué mala leche todo". Primero porque el plan era ser el hub exportador de la vacuna rusa en la región.

Y segundo porque, se lamentan, el lunes previo a que Putin pateara el tablero estaban llegando a la capital rusa los técnicos de la Organización Mundial de la Salud para la etapa final de los chequeos que, muy lentamente, se venían haciendo para que la Sputnik fuera avalada por el mundo occidental. Ahora esperá sentado.

Consuelo: nunca fueron sencillos los negocios rusos en la Argentina. Ni siquiera cuando en 2014 pisaba fuerte en el país Igor Sechin, mano derecha de Putin en materia energética, y Rusia asomaba como eventual financista de la represa de Chihuidos en Chubut.

Eran los días en que el zar de los aeropuertos, Eduardo Eurnekian, hacía gala de su llegada al mandatario ruso, hasta que todo se frenó tras la llegada de Mauricio Macri en 2015.

La última apuesta de Moscú se había insinuado el año pasado, cuando la compañía Rosatom mostró interés en el litio del norte argentino. Las grandes compañías energéticas, como Rosneft o Gazprom, no tienen negocios en el país.

Butacas con cartelitos

El sueño de la alianza con Rusia ahora flaquea más que nunca. Luego de aquella chupada de medias histórica de hace un mes de Fernández a Putin, el día de "queremos ser la puerta de entrada a Latinoamérica" justo un par de semanas antes del ataque que el mundo condena, un dato que algunos recuerdan es que el que se había quedado en Moscú unos días más que el Presidente había sido el ministro de Economía, Martín Guzmán.

Tenía una agenda en ciernes de cooperación rusa que ahora quedó en la nada. Imaginate. Había algún indicio de jugar con Rusia para armar un fondo de resiliencia con DEGs del FMI para ayudarnos. Tachalo. Se había sondeado la idea de alguna financiación con bonos del Estado a manos también a través del fondo ruso RDIF, ahora raleado. Olvidate.

Tal vez por ese panorama, por fuera del acuerdo con el FMI siempre "a punto de estar listo", para el Gobierno el gran anuncio en la apertura de sesiones fue la "ampliación" del respaldo chino a las reservas, con el objetivo de conseguir "más estabilidad financiera".

A propósito del acto, la formalidad hizo que unos tarjetones firmados por la presidenta del Senado, la propia Cristina, llegaran a algunos referentes del empresariado, que dijeron presente en un palco corporate.

Estuvieron el CEO de la semillera Syngenta, Antonio Aracre; Federico Ovejero, de General Motors y Daniel Afione, de Toyota, fueron como representantes de las terminales automotrices y también participó Claudio Drescher, de la Cámara de Indumentaria.

Un par de sillas vacías pasaron inadvertidas al lado de las ausencias de Máximo Kirchner y la salida intempestiva del PRO.

Quedaron los cartelitos del hilandero Tomás Karagozian, que tenía un casamiento, y de Javier Madanes Quintanilla, que nunca se enteró de que lo habían invitado.

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