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Recalibrar, la palabra que marcará el paso de la economía y la política

El directorio del Fondo Monetario Internacional identificó, con notable precisión, el verbo del que más se hablará a lo largo de todo 2022: recalibrar. En el comunicado que emitió luego de alzar la mano para votar a favor del préstamo concedido a la Argentina, remarcó que la Argentina todavía enfrenta riesgos excepcionalmente altos por las distorsiones que causa la guerra en Ucrania, y que cuanto más rápido pueda ajustar el programa en marcha para adaptarse a ese contexto, mejor.

La política también se tendrá que acomodar. Hoy por hoy la economía manda, y nadie quiere arriesgarse a ser el primero en generar un cortocircuito fatal. El kirchnerismo y la oposición le dejaron en claro al Gobierno que no iban a usar el default con el FMI como factor político. Tanto Máximo como Cristina Kirchner demostraron con hechos que no les gusta el acuerdo, pero tampoco lo bloquearon. Lo mismo hizo la oposición, que cedió los votos necesarios para la aprobación, pero con la condición de no tener que convalidar el plan de Martín Guzmán.

Ahora, esta suerte de pax armada no tiene un plazo mínimo garantizado. Cualquier evento puede alterarla, y por eso la recalibración será un estado permanente.

En Juntos por el Cambio asumen que la fragilidad política y económica tiene tal magnitud, que cualquier situación que desestabilice la gestión de Alberto Fernández puede jugar a favor de hipótesis que hoy son posibles, pero no probables. El temor de los moderados (que se agrupan en torno a Horacio Rodríguez Larreta) es que el descontento corra al Gobierno por derecha, dándole más aire a figuras como Milei, Espert o el propio Macri. Los antecedentes más directos remiten al final del gobierno de Raúl Alfonsín, cuando el fracaso del Plan Austral revivió la inflación y comenzó a crecer el fenómeno de la Ucedé (partido de derecha que Carlos Menem terminó convirtiendo en aliado durante su presidencia).

Al kirchnerismo le preocupa algo similar. Temen que el acuerdo con el FMI empeore la situación y toda la discusión en torno a su cumplimiento termine dándole de comer a los halcones de la oposición.

Alberto Fernández no tiene más remedio que conseguir lo contrario. O sea, lograr que las recalibraciones que anticipa el Fondo sean lo suficientemente moderadas como para que no agranden la pulseada política en torno a la revisión. Ese será su primer dead line. Nadie espera que el staff le baje el pulgar al entendimiento que su propio directorio avaló, tres meses después de haber sido firmado. Con lo cual, el tránsito inicial no debería complicarle la vida a Guzmán, siempre y cuando pueda mostrar que algunos deberes hizo, por ejemplo con el tema subsidios energéticos. El Gobierno le pedirá a empresarios y gremios que lo ayuden a sostener este "vamos viendo". El oxígeno disponible no da para mucho más.

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