Opinión

¿Por qué se invierte en la Argentina?

El año pasado la economía creció aproximadamente 5,5%, aun por encima de las proyecciones más optimistas del mercado. El gobierno hizo un puente transitorio al corto circuito del mercado de cambios evitando una fuerte devaluación y su consecuente recesión gracias al dólar soja y la profundización del cepo cambiario. En ese contexto, uno de los principales motores del crecimiento fue la inversión real con un aumento anual al tercer trimestre del 14,6%. Así volvió a representar el 21% del PIB, una tasa que desde el 2011 sólo pudo sostenerse durante un año entre mitad del 2017 y del 2018.

¿Cómo se explica que en un contexto macroeconómico tan complejo la inversión haya crecido tanto? El INDEC mide la inversión real contemplando principalmente construcciones, maquinaria y equipo, y equipo de transporte. A partir del análisis particular de cada uno podemos trazar más fácilmente una respuesta.

Primero, la actividad de la construcción creció 7% a septiembre y volvió a niveles de principios del 2018, recordemos que desde mitad de ese año había acumulado más de 24 meses de caída ininterrumpida. Hasta ahora lo que observamos es un efecto recuperación que se refleja también en los puestos de trabajo: hay contratados formalmente la misma cantidad de trabajadores respecto a cuatro años atrás. Sin embargo, no hay perspectivas de mejora hacia adelante. Por caso, en noviembre la actividad de la construcción cayó.

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Ese resultado está directamente relacionado con que el 34% de la caída del gasto público entre agosto y noviembre -último dato disponible- es en obras de infraestructura. Al mismo tiempo, sin crédito hipotecario existente la inversión privada tiene un techo muy bajo. Hoy la construcción como canal de ahorro pierde terreno frente a otras opciones financieras con mejores rendimientos en dólares. La oferta de propiedades a la venta es muy alta y su demanda todo lo contrario. Al mismo tiempo, por ejemplo los rendimientos en dólares de acciones o títulos de deuda argentinos fueron muy buenos. Para ejemplificar, la cotización del Merval hoy es 48% superior en dólares al tipo de cambio contado con liquidación respecto a abril.  

Por su parte, para acercarnos a lo que sucedió con la inversión en equipos de transporte podemos analizar su importación. La compra de tractores y camiones al exterior, junto con otros vehículos considerados como inversión, creció 14% anual durante los primeros nueve meses del año.

De igual forma, la recuperación del mercado interno - el consumo privado creció 12% en términos reales a septiembre- y los incentivos que puso el cepo cambiario a importar al tipo de cambio oficial impulsaron al sector de maquinaria y equipo. La importación de bienes de capital en cantidades creció 24% anual a noviembre pasado -último dato disponible-, alcanzando niveles del 2018 (sin cepo) pero aun por debajo del pico de 2017. Mientras la producción local de maquinaria y equipo lo hizo al 16% a septiembre. Pero así como en el sector de la construcción, se contrajo en los últimos meses del año.

Todo indica que la recuperación post pandemia, apoyada entre otras cosas en la expansión del gasto público, y los incentivos que ofrece acceder a dólares al tipo de cambio oficial le dieron un rol más importante a la inversión como impulsor de la demanda. Ambos factores no estarán presentes, por lo menos en igual dimensión, este año. La necesidad de evitar un nuevo default de deuda en pesos obliga a profundizar el ajuste fiscal mientras la sequía y los pagos de deuda neta al FMI marcan una posible profundización del cepo cambiario; seguramente la prioridad en las compras al exterior no sean los bienes de capital sino insumos que permitan sostener los niveles de producción.

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Sin embargo, hay sectores estratégicos que pueden seguir siendo el motor de la inversión: minería, hidrocarburos y economía del conocimiento, entre otros. Pero para eso hay problemas estructurales que resolver. Por ejemplo, son rubros donde las empresas extranjeras tienen una fuerte participación y hoy el cepo cambiario no les permite remitir ganancias al exterior. Desatar ese nudo es un factor central para liberar su potencial, el desafío es hacerlo sin poner en jaque al resto de la economía.

En 2016, el primer año sin cepo cambiario, las empresas remitieron utilidades por U$S 3.000 millones, una cifra que actualizada por inflación hoy rondaría los U$S 3.900 millones. Para dimensionar es el 80% del compromiso de acumulación de reservas netas que pide el FMI para este año, un objetivo que hoy parece muy difícil de alcanzar.

Las expectativas sobre el futuro son un factor decisivo en la inversión y su reciente recuperación da cuenta del potencial de la Argentina. Más allá de cuan alta sea la brecha cambiaria ninguna empresa gastaría en una máquina a la que no piensa darle uso. Pero una macroeconomía inestable hace que ese horizonte sea muy corto y por ende el gasto en infraestructura y maquinarias y equipos encuentre límites rápidamente. El devenir de nuestra economía nos permitió una participación promedio de la inversión del 19% desde 2004, mientras en los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) fue del 22%. Una brecha muy grande durante muchos años que se traduce en un país menos productivo y con más dificultades para vender su producción al exterior. Si no la revertimos estamos condenados a vivir de shock en shock.

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