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La Argentina enfrenta un desafío que no admite falsas alternativas. Necesita consolidar la estabilidad macroeconómica, pero también transformar su estructura productiva. Sin estabilidad, las empresas acortan horizontes, postergan inversiones y pierden aprendizajes.
Sin transformación productiva, la estabilidad queda expuesta a una economía que no genera suficiente productividad, exportaciones, divisas y empleo formal para sostenerla económica y socialmente en el tiempo.
La relación es circular. La previsibilidad permite invertir en máquinas, tecnologías, trabajadores y proveedores; esas inversiones generan nuevas capacidades, mejoran la productividad y amplían la oferta exportable.
A su vez, una economía más productiva y diversificada fortalece las bases reales de la estabilidad. La macroeconomía no puede ser un capítulo previo al desarrollo: debe ser su condición y, simultáneamente, uno de sus resultados.
El problema es que la Argentina no constituye un universo productivo homogéneo. Conviven empresas cercanas a la frontera internacional con una extensa trama de firmas de productividad intermedia y un espacio de informalidad y exclusión. Comprender esa heterogeneidad permite identificar dónde están las oportunidades, los riesgos y las políticas necesarias.
Las tres argentinas: una estructura productiva y social heterogénea
La primera Argentina es el núcleo moderno: empresas con elevada productividad, capacidades tecnológicas, inversión, innovación e inserción internacional. Comprende actividades industriales, agroindustriales, energéticas, mineras y de servicios avanzados.
Genera una porción decisiva de las exportaciones y de los aprendizajes más sofisticados, aunque su peso en el empleo es comparativamente limitado. Enfrenta un escenario internacional de precios y demanda muy favorables y la implementación del RIGI con incentivos significativos.
La segunda Argentina es el segmento intermedio orientado básicamente al mercado interno. Reúne numerosas empresas formales, Pymes con conocimientos productivos, experiencia empresarial, trabajadores capacitados, pero también con brechas de productividad, financiamiento, calidad, tecnología y gestión.
Allí se concentra una parte fundamental del empleo formal y el ámbito donde se generan los procesos de aprendizaje y desarrollo de capacidades.
La tercera Argentina abarca actividades de muy baja productividad, informalidad laboral y empresarial, empleos precarios y situaciones de exclusión. No se trata simplemente de un sector rezagado que pueda modernizarse por decreto: enfrenta restricciones educativas, financieras, tecnológicas, territoriales y sociales que requieren una agenda específica de inclusión y formalización.
La figura propone magnitudes orientativas —aproximadamente 20% del valor agregado para el núcleo moderno, 50–55% para el intermedio y 25% para el tercero—. Su valor reside en mostrar que el desarrollo depende de las conexiones y movimientos entre esos espacios.
Las transiciones que pueden cambiar la trayectoria
La transición ascendente de la Argentina III a la II exige que trabajadores y unidades productivas accedan a formalización, formación, crédito, asistencia técnica, tecnología y mercados. No alcanza con reducir trámites: la formalidad debe ser económicamente viable gracias a una mayor productividad y a oportunidades sostenidas de empleo.
El movimiento de la Argentina II hacia la I constituye el núcleo de una política de capacidades. Empresas que ya saben producir pueden incorporar automatización, ingeniería, certificaciones, organización, financiamiento e innovación; integrarse a las exportaciones a través de eslabonamientos del sector moderno y en la creación de nuevos mercados.
Hay además una difusión necesaria desde la Argentina I hacia la II. Las empresas líderes pueden transmitir estándares, conocimientos y oportunidades mediante desarrollo de proveedores, contratos de largo plazo, asistencia tecnológica, compras exigentes y proyectos conjuntos.
La transición regresiva de la II hacia la III es el camino más negativo. La caída persistente de ventas, la falta de inversión, la pérdida de mercados en una apertura sin condiciones de adaptación puede destruir capacidades formales acumuladas durante años.
Cuando una empresa cierra, no desaparecen solo su producción y sus puestos de trabajo: se dispersan equipos, rutinas, vínculos con proveedores y conocimiento tácito. Los trabajadores -encontrado refugio en el colchón de amortiguación del empleo informal- pierden ingresos y derechos, el gobierno reduce recaudaciones y el desarrollo se debilita por la perdida de aprendizajes.
Una política de capacidades para una economía abierta
La respuesta no es elegir arbitrariamente sectores ganadores ni reconstruir protecciones permanentes. Tampoco esperar que la apertura y la estabilidad produzcan por sí solas todos los aprendizajes necesarios.
La política debe identificar capacidades existentes, nuevas demandas y brechas concretas que impiden convertirlas en productividad y exportaciones.
La articulación macro–micro exige previsibilidad, precios relativos compatibles con la inversión, infraestructura, financiamiento y acceso a tecnología. Debe reconocer que muchas empresas necesitan importar bienes de capital, insumos y conocimientos antes de poder aumentar sus exportaciones.
Una apertura bien diseñada amplía la competencia, pero necesita horizontes y mecanismos de adaptación para evitar pérdidas irreversibles de capacidades.
La articulación micro–micro conecta empresas tractoras, proveedores, Pymes, startups, universidades y centros tecnológicos.
Energía, minería, agroindustria y sistemas tecnológicos complejos pueden funcionar como plataformas de demanda para ingeniería, maquinaria, software, biotecnología y servicios especializados.
El criterio no debe ser maximizar una proporción de compras locales, sino crear proveedores capaces de competir y exportar sin asistencia permanente.
Los instrumentos deben ser precisos: diagnósticos de capacidades, formación, certificación, asistencia técnica, financiamiento por etapas, innovación colaborativa, desarrollo de proveedores e inteligencia comercial.
Y deben evaluarse desde su diseño: líneas de base, metas verificables, productividad, inversión adicional, exportaciones, empleo formal y capacidades que permanecen después del apoyo. Lo que no funciona debe corregirse o cerrarse; lo que demuestra resultados puede ampliarse.
El verdadero criterio de éxito
Una economía abierta al mundo y macroeconómicamente consistente puede ser también una economía que construye capacidades. Pero ese resultado no es automático. Exige evitar tanto la persistencia de enclaves modernos desconectados del resto como la desformalización del segmento intermedio.
La pregunta decisiva no es solamente cuánto se estabilizó la economía o cuánto exportan sus firmas líderes. Es cuántas empresas y trabajadores pudieron ascender en productividad, cuánto aprendizaje se difundió y qué nuevas actividades competitivas quedaron instaladas.
Transformar para estabilizar significa precisamente eso: convertir el ordenamiento macroeconómico en una base productiva más densa, diversificada y socialmente integradora. La estabilidad será más sólida cuanto más argentinos puedan participar de ese proceso.