El conflicto en Medio Oriente transformó rápidamente al crudo en el principal mecanismo de transmisión hacia inflación, tasas de interés y valuación relativa de activos financieros. A partir del momento en que el petróleo comenzó a recalentar violentamente, los break-evens de inflación en Estados Unidos reaccionaron de inmediato y terminaron trasladando presión alcista hacia prácticamente toda la curva norteamericana.

Y como suele ocurrir en escenarios de stress global, Estados Unidos terminó exportando posteriormente esa presión financiera hacia el resto de las curvas soberanas relevantes del mundo. En otras palabras, el shock energético terminó convirtiéndose gradualmente en un shock global de tasas.

Sin embargo, probablemente el aspecto más interesante de esta dinámica no sea únicamente la reacción inflacionaria inicial, sino la enorme fragmentación que comenzó a aparecer dentro del equity global. El mercado accionario internacional dejó de comportarse como un bloque homogéneo y empezó gradualmente a bifurcarse en dos universos completamente distintos.

Por un lado, el Nasdaq continúa exhibiendo una resiliencia extraordinaria respecto al resto del mundo. Y esto no ocurre solamente porque Estados Unidos sea percibido como refugio relativo de valor, sino además porque el segmento tecnológico norteamericano sigue siendo beneficiario directo del shock estructural de productividad asociado al paradigma de inteligencia artificial.

Mientras gran parte del mundo absorbe petróleo caro, tasas elevadas y desaceleración potencial, el núcleo tecnológico norteamericano continúa recibiendo flujos asociados a automatización, capacidad computacional y AI. El mercado ya no pricea solamente macroeconomía: también comenzó a descontar escasez tecnológica y revolución industrial.

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Pero además empieza a aparecer una dinámica todavía más interesante. El mercado pareciera haber comenzado a asumir que Estados Unidos posee una capacidad de absorción del shock superior. Y esa percepción probablemente explica buena parte de la divergencia extrema que seguimos observando entre el equity norteamericano y la mayoría de los mercados internacionales.

Europa enfrenta simultáneamente desaceleración económica, energía más cara y una estructura productiva mucho más vulnerable al shock energético. Emergentes, por su parte, deben absorber el endurecimiento global de condiciones financieras en un contexto de salida de capitales hacia Estados Unidos.

En cambio, Norteamérica continúa contando con un amortiguador muy difícil de replicar: el shock positivo de productividad derivado de inteligencia artificial.

Mientras el resto del planeta discute cómo administrar petróleo caro y tasas más altas, Estados Unidos simultáneamente atraviesa una revolución tecnológica que sigue expandiendo expectativas de productividad futura y sosteniendo valuaciones extremadamente elevadas dentro del sector tecnológico.

Y probablemente ahí radique una de las claves más importantes de este mercado: el Nasdaq no solamente está funcionando como refugio financiero, sino además como representación del único gran shock positivo estructural.

Del otro lado de la ecuación quedan mercados emergentes y buena parte del equity global tradicional. Inicialmente, cuando el conflicto todavía parecía transitorio, emergentes incluso logró overperformear durante algunas semanas.

Pero a medida que el mercado comenzó a internalizar que la guerra podía transformarse en un evento considerablemente más persistente, el escenario cambió drásticamente. Tasas más altas y petróleo elevado comenzaron a funcionar como un endurecimiento coordinado de condiciones financieras globales. Y cuando las tasas norteamericanas comienzan a ponerse de punta, Estados Unidos inevitablemente vuelve a transformarse en una aspiradora global de fondos, fenómeno históricamente muy difícil de digerir para emergentes.

Ahora bien, probablemente la próxima gran etapa del mercado ya no dependa de cómo comenzó esta guerra, sino de cómo y cuándo termine. Porque si eventualmente el conflicto comienza a descomprimirse, buena parte de estas dinámicas podrían empezar gradualmente a revertirse.

Un petróleo considerablemente más bajo permitiría aliviar expectativas inflacionarias y devolverle al mercado una narrativa mucho más cercana a la que dominaba a comienzos de año: tasas menos agresivas, dólar relativamente más débil y reflación de activos financieros. Y en ese contexto, no sería extraño observar una recuperación importante precisamente en aquellos segmentos que más sufrieron: metales preciosos, emergentes y acciones cíclicas norteamericanas.