

Pareciera que estamos viviendo en el cambio, más que atravesando algunos cambios. Y en este contexto, el enfoque de nuestra formación deja de ser una etapa y se convierte en un modo de vida. Vivir en un escenario de transformación permanente exige capacidad de adaptación e innovación y demanda un camino infinito de incorporación de conocimientos.

La capacidad de aprender es una inversión que no se deprecia. Tradicionalmente, asumíamos que el conocimiento era un activo que se acumulaba. Hoy lo abordamos como un flujo, con algunos factores que lo pueden agilizar. Uno de ellos es la curiosidad: atreverse siempre a preguntar sin pudor. En tiempos de cambio, quien pregunta mejor tiene un plus. Otro es el pensamiento de segundo orden: indagar ¿qué está pasando? y también ¿qué va a pasar cuando esto pase?, aceptando la complejidad del sistema que nos contiene. A esto se suma la tolerancia a la ambigüedad: poder operar con información incompleta sin paralizarse.
De la amenaza a la ventaja
La transformación permanente nos exige sentirnos cómodos con no saber y estar dispuestos a explorar. Quien aprende en forma continua no vive con miedo a los cambios; los aborda y, habitualmente, se anticipa, detecta velozmente las señales del contexto, está dispuesto a probar nuevas herramientas y a reinventarse si su rol desaparece o le requiere adoptar nuevas habilidades.

Entonces, más allá del activo conformado por nuestros saberes, experiencias y redes de contactos, la cualidad que parece adquirir mayor relevancia es la velocidad de aprendizaje. Según datos del Foro Económico Mundial, el 50% de las competencias críticas serán distintas en los próximos 5 años. Las organizaciones valoran la experiencia y, al mismo tiempo, buscan personas con alta capacidad de reconfigurarse. En roles responsables de gestionar equipos humanos se espera que sean ejemplo e inspiración de esta capacidad para sus colaboradores.
Nuevo enfoque del aprendizaje
La educación tradicional era piramidal: primero estudiar, después trabajar, luego transmitir/formar. Hoy es una trama que fluye: aprender, aplicar, transmitir y desaprender en simultáneo.
Hay ciertos conceptos que me parecen clave para apalancarlo. El aprendizaje colaborativo es uno de ellos: compartir lo que se aprende acelera el propio aprendizaje. También el desaprendizaje intencional: soltar, valorando lo anterior, es tan importante como sumar lo nuevo. Lo que nos hizo exitosos ayer nos puede bloquear hoy.
Invertir en aprender
El aprendizaje continuo es un desafío estratégico que excede el ámbito de Recursos Humanos. Algunas reflexiones pueden ayudar a facilitarlo. Una de ellas es el micro aprendizaje diario: 30 minutos dedicados, por ejemplo, a entender IA aplicada, modelos de negocio digitales, la lectura de un caso y/o nuevas regulaciones.

También es importante una cultura de experimentación: testear rápido, descartar sin culpa, reconocer el intento. El “siempre lo hicimos así” es un pasivo oculto. A esto se suma el desarrollo de talento como forma de fidelizar: el colaborador valioso encuentra en el salario uno de los factores para quedarse. También reconoce la contribución de la organización a su curva de aprendizaje.
Liderazgo en modo aprendiz
El líder en entornos de cambio permanente tiene, entre otros, dos nuevos atributos a incorporar. Por un lado, ser curador de núcleos de atención: en un mundo de ruido infinito, influir decididamente en qué vale la pena que el equipo invierta sus 30 minutos de micro aprendizaje. Por otro, ser diseñador de ecosistemas de innovación: crear espacios seguros para probar, fallar y reconfigurarse para avanzar.
No hay título final para nuestra formación. Es importante definir períodos de corto plazo y preguntarnos: ¿Qué aprendí que me hace más competitivo que el período anterior?
Extinguirse es elegir quedarnos con la comodidad de lo que ya sabemos. En un escenario de cambio sin tregua, contar con la flexibilidad de pasar del modo experto al aprendiz se convierte en un atributo personal con impacto directo en la estrategia de negocio.













