A 250 años de la aparición de “La Riqueza de las Naciones”, cobra relevancia un mensaje de Adam Smith. La riqueza de un país depende de su productividad, no deviene de acumular oro sino de producir más. Ahí entra en acción su ejemplo de la producción de alfileres, en el que un trabajador sólo produce muy pocos alfileres en comparación con los muchos más alfileres que producirían varios trabajadores especializados en diferentes tareas como estirar el alambre, cortarlo, afilar la punta, etc.
La especialización multiplica la producción. En un país chico un carpintero hace de todo, en un país grande uno hace puertas, otro ventanas, otro diseña. Es obvio que un mercado grande facilita la división del trabajo, bajando costos y aumentando la productividad.

Pero el mercado no es sólo el interno. Cuanto más comercio, más grande el mercado efectivo, más división del trabajo, más productividad y más riqueza. Países chicos necesitan abrirse al mundo si quieren crecer y aumentar riqueza. Los países grandes también, por más que tengan un mercado doméstico mayor. Las economías cerradas pierden y las que son de países chicos pierden más.
Si se cierra la economía entonces se reduce el tamaño del mercado. Por ello el escocés resaltaba la importancia de menores trabas al comercio, más competencia y un mensaje adicional que cuaja en la Argentina: menos monopolios. Una economía cerrada en un país chico hace que abunden los monopolios. En la Argentina se ve claramente el gran número de monoplios y oligopolios como en la construcción en sus diferentes vertientes.
La Riqueza de las Naciones entonces, aunque ya hayan pásado 250 años, sirve aún para destacar el mensaje de Smith para los argentinos: “Abránse, son un país chico”.
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