Martes  29 de Enero de 2019

Venezuela, en crisis; el Mercosur, sin estrategia

Venezuela, en crisis; el Mercosur, sin estrategia

Más allá de los desencuentros internos en Argentina, en Brasil y en el Mercosur todo, la creciente tensión en Venezuela debería urgir a las dirigencias nacionales a analizar las consecuencias para el bienestar de cada uno, atendiendo a que la inestabilidad pueda crecer y extenderse geográficamente.

La profundización del conflicto podría afectar sus propias bases económicas y productivas, poniendo en riesgo activos y propiedades -además de vidas, obviamente-, generando inestabilidades que en otras partes del mundo han durado décadas y décadas.

La actividad y el crecimiento económico no pueden existir cuando los negocios y el mercado no pueden funcionar con normalidad y en un marco de cierta estabilidad y previsibilidad política y social. No puede haber un inversor racional si los activos que ya posee están en riesgo por la posibilidad de conflictos violentos cercanos. Los discursos de violencia y ‘mano dura’ no han sido provechosos para el mundo de los negocios: no es así como se crea el orden económico.

En ese sentido, es curioso que el discurso que afirma que ‘el populismo’ perjudica el ambiente de negocios no parece estar igualmente preocupado en cómo los mismos perjuicios económicos pueden llegar por una escalada de un conflicto geopolítico mundial en sus propias fronteras.

El Mercosur, preocupado por su debate interno

Si bien la crisis en Venezuela está generando muchos análisis, a diferencia de lo que sucede en otras partes del mundo ante hechos similares, los miembros del bloque del Mercosur parecen estar más preocupados - gobiernos y oposiciones -, por un embate ideológico interno que en los efectos negativos que esta crisis les puede generar simplemente por ser parte del mismo espacio geográfico.

Los argumentos desde ambos lados se basan -en gran medida-, más en parámetros éticos y principios morales, que en análisis geopolíticos de interés nacional. A pesar de ser respetables las convicciones propias tanto de uno como del otro lado - que se rechazan mutuamente como simple ‘ideología’ -, el hecho es que la historia muestra que el mundo de los Estados-nación siempre estuvo lejos de moverse por cualquiera de ellos.

Aunque puede ser bienvenida una innovación desde el hemisferio del Atlántico Sur que corrija este comportamiento humano secular, en la práctica es verdaderamente imposible que nuestros países - que juntos representan cerca de 3% de la economía mundial y casi sin capacidad militar -, puedan modificar este rumbo.

El libre mercado derrumba cualquier frontera

El flamante presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, y el actual presidente argentino, Mauricio Macri, que pretende ser reelecto este año -representando casi la totalidad del Mercosur-, tienen discursos que se oponen al excesivo “ideologismo” de izquierda que habría caracterizado las gestiones que gobernaron cada uno de sus países en casi todo lo que va de este siglo.

Parte de sus visiones apuntan al Mercosur. Aunque procuran evitar posicionarse totalmente en contra el bloque regional, su discurso económico liberal no puede significar otra cosa: la implementación de un libre mercado derrumba cualquier tipo de frontera -inclusive-, las nacionales. Aún como oposición a una ‘izquierda intervencionista’, que hombres prácticos de negocios apuesten a exponer sus activos, así porque sí, al ‘mercado’, no tiene ninguna lógica histórica racional.

Mucho menos tiene lógica que nuestro empresariado exponga sus actividades a peligros de conflictos bélicos, inestabilidades sociales e incertidumbres políticas en las cuales puedan acabar perdiendo sus activos, mercados y demás. Los Estados modernos, siguiendo el ejemplo de Estados Unidos, asumen en sus Constituciones Nacionales, que velar por ellos y protegerlos es una de sus funciones primordiales. De hecho, toda la política externa estadounidense puede leerse como una sucesión de manifestaciones al mundo alertando a terceros que cierta situación que entienda que los pone en riesgo, justificaría una respuesta militar de su parte.

Los gobiernos ‘no izquierdistas’ de Argentina y Brasil, al sobre-enfatizar lo que consideran peligros internos para la preservación del sistema de mercado, aceptan sobre-exponer sus actividades económicas a peligros externos. Proteger estos espacios, precisamente, depende de una visión geopolítica de los gobiernos de la región, que parece estar ausente. Dicho de otro modo: difícil debe ser encontrar un caso en que un dictador - si así se lo ve a Maduro en Venezuela -, haya sido depuesto por una invasión externa que luego se retiró permitiéndole a ese país gozar de libertad, democracia y estabilidad.

La historia abunda en casos contrarios. Durante mucho tiempo Estados Unidos ha pretendido entenderse como ‘la nación indispensable’, por su ‘excepcionalidad’ en haber sido la única en la historia de haberse sacrificado por esos objetivos altruistas. Actualmente, la agenda ‘América Primera’ de Trump está causando estupor en parte del establishment de su país, justamente, por admitir lo contrario: la política externa estadounidense sigue, como antes, sus intereses nacionales – al igual que la de los demás países.

Un legado discutible

Por otro lado, el legado de casi tres décadas de Mercosur es discutible. Cuestiones como la seguridad regional; el fortalecimiento de la democracia y el aumento del comercio, avanzaron bastante. Pero nunca parece estar clara la razón de su existencia. Aquí la retórica de los pueblos del Sur no parece de utilidad. De hecho, los gobiernos y las sociedades que aceptaron este paradigma no tuvieron hechos duraderos que reafirmarsen esta integración.

Discursos y actos oficiales e, incluso, legal-administrativos amistosos son parte, pero no crean un marco regional sólido. En estos años, por ejemplo, tanto Argentina como Brasil aceptaron, básicamente, ser exportadores de commodities y materias-primas al mercado mundial, y acumularon fuertes gastos en productos y turismo externos.

Los proyectos regionales de integración monetaria, productiva y de infraestructura avanzaron poco.

Como sucede normalmente, los precios de commodities y materias primas son cíclicos, y al caer, dejaron en evidencia que el bloque regional no ofrecía un marco de contención contra la caída de la actividad económica. Dicho de otro modo: aun considerando a Maduro como el legítimo gobernante de Venezuela, las propias elecciones en Argentina y Brasil demuestran que el proyecto de unión de los pueblos del Sur puede hundirse democráticamente –ya que ahora ambos países cuentan con mandatarios poco proclives a continuar la integración regional.

Los ecos de la crisis venezolana

Una cuestión adicional es indagar por qué la crisis venezolana genera tantas repercusiones en las principales naciones del mundo —y lo que explica las posturas que adoptan. Mientras Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Alemania se posicionan contra Maduro, China y Rusia lo apoyan. Ningún país relevante a lo largo de su historia ha adoptado posiciones coherente y similares como para afirmar que ha seguido “principios y valores”. Han actuado, todos, caso-a-caso, de acuerdo a cómo se entendía que se veía afectado su interés nacional.

Pretender que ahora es diferente sólo puede ser una tremenda ingenuidad de quien no es capaz de establecer un ‘interés nacional’. Si no fuese por poseer las mayores reservas comprobadas de petróleo crudo en el mundo, según el anuario estadístico de la OPEP, el significado internacional de la crisis venezolana sería muy inferior. Sería como considerar que la inestabilidad en Medio Oriente es producto fundamentalmente de desvíos culturales y fanatismos religiosos, desconociendo las injerencias externas desde la entre-guerra de los principales países por el control de petróleo en la región—con sus principios ideológicos a cuestas. Eso es lo que hace la crisis de Venezuela un conflicto global, y totalmente lejano, en la definición del desenlace, de la matriz de valores o principios que se argumente.

Las sociedades ciegamente divididas son más frágiles y más proclives a sufrir estos desenlaces. Cohesión social y pautas y marcos compartidos entre gobiernos afectados por un conflicto en su región, por el contrario, pueden contener y evitar su transformación en disputa global –para ambas de las ideologías y valores con lo que se identifican los contrincantes en el enfrentamiento que se observa tanto en Argentina como en Brasil. Por eso sorprende observar cuánto se está aceptando poner en riesgo por los principios en pugna, cuando, además, se cuenta con relativa poca capacidad económica y militar de defenderlos. Sorprende también que se pretenda tratar el conflicto venezolano moralmente sin definir un interés nacional - y mucho menos -, regional.

* Colaboración de Hernán Neyra

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