El horror humanitario y el desquicio económico de Siria

Recientemente se cumplieron siete años del inicio de la actual guerra en Siria. Vale la pena recordar que todo comenzó cuando, a principios de marzo de 2011, un grupo de jóvenes fue detenido por el hecho de haber cometido el "delito" de pintar grafitis protestando contra el dictatorial y corrupto régimen del presidente Bashar Al Assad, producto de una fuerte discriminación económica, política y social del gobierno shiita respecto a la mayoritaria población sunita (ambas son ramas del islamismo, pero enfrentadas ancestralmente en todo el mundo musulmán).

 

De acuerdo a la "metodología" de Al Assad, los jóvenes detenidos fueron brutalmente torturados al tiempo que -simultáneamente- el régimen inició un nuevo ciclo de violentas represiones. La respuesta no se hizo esperar: grupos sunitas armados formaron las llamadas "Milicias Rebeldes", con el claro objetivo de acabar con la dictadura.

Desde el inicio de la revuelta, el gobierno de Al Assad recibió el apoyo de Irán (de religión shiita) y de su natural aliado Rusia, la cual dispone en Siria de su única base naval en el Mediterráneo. Por su parte, Estados Unidos apoyó a los rebeldes pidiendo -reiteradas veces- la renuncia de Al Assad sin éxito alguno.

En medio de esta guerra civil que iba "in crescendo" , en 2014 entró en escena el grupo musulmán fundamentalista Ejército Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) que, con violencia inusitada y en pos de establecer un Califato en el Levante, ocupó y se hizo fuerte en partes del territorio de Siria e Irak. Este escenario dio lugar a la formación, en diciembre de dicho año, de la llamada "coalición internacional contra el Estado Islámico" liderada por EE.UU. y conformada por más de 30 países con el objetivo de complementar -mediante acciones aéreas y apoyo logístico- la lucha contra el ISIS. Paradójicamente, ante esta nueva situación, tanto el ejército regular como los rebeldes enfrentaron al "enemigo común", aunque sin abandonar ninguno de ellos su ancestral conflicto. Asimismo, también participaron de la lucha contra el fundamentalismo islámico milicias de la etnia kurda, asentadas en el sur de Turquía y enfrentadas hace años con el gobierno de ese país que pretende desplazarlas de su territorio. Este complicado escenario de guerra civil con participación internacional dio lugar a un verdadero baño de sangre y a una increíble destrucción de las principales ciudades sirias, con serias consecuencias sobre la población civil.

Luego de más de tres años de guerra, el ISIS prácticamente ha sido vencido. Sin embargo, al liberarse de este "enemigo" común, la lucha fratricida entre shiitas y sunitas se ha exacerbado, agravando aún más los horrores que se venían dando desde el comienzo del conflicto. Asimismo, como se dijera anteriormente, el conflicto se ha internacionalizado con EE UU y la "coalición" apoyando ahora a los grupos rebeldes y a la etnia kurda (ahora enfrentada con Turquía) e Irán y Rusia brindando logística y cobertura aérea al régimen de Assad.

Este más que complicado escenario no ha sido gratis. En efecto, en lo humanitario: más de 500.000 muertos (entre ellos nada menos que 110 mil civiles), cinco millones de refugiados en el extranjero, seis millones de desplazados de su lugares de origen dentro del territorio sirio, 13 millones que necesitan asistencia humanitaria (de los cuales, seis millones son niños famélicos), 70% de la población sin agua potable, niveles de pobreza superiores al 50%, severa falta de alimentos y medicamentos, gran parte del país en ruinas y una sociedad traumatizada que será muy difícil de recuperar. En lo económico: caída del PBI, que antes de la guerra era de aproximadamente u$s 100.000 millones (un quinto de la economía argentina) del orden del 60%, enorme déficit público financiado -principalmente-por Rusia, inflación creciente y superior actualmente al 50% anual, caída del valor de la moneda en 1000% y sus principales recursos (petróleo y turismo) prácticamente inexistentes.

Como se podrá apreciar, a partir de una simple protesta juvenil, el odio ancestral de las dos corrientes religiosas -sumado a la violencia y represión por parte de la minoría shiita en el gobierno- ha provocado una guerra que ya lleva más de siete años, provocando un drama humanitario y un desquicio económico; todo ello sumado a una más que peligrosa internacionalización del conflicto. Se ha abierto, en consecuencia, un enorme foco de inestabilidad política no sólo en el Levante sino también a nivel global; con todas las consecuencias negativas que ello implica.

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