Martes  27 de Agosto de 2019

El fenómeno de la 'apariencia de la explicación'

El fenómeno de la 'apariencia de la explicación'

La discusión entre el periodista Diego Leuco y el candidato a presidente Alberto Fernández sobre si la emisión es inflacionaria, ha tenido mucha repercusión. Es recurrente en la política argentina el argumento de que la inflación es producto de la emisión. En este caso, el disparador fue la pregunta al candidato acerca de si iría a cubrir el déficit fiscal con emisión inflacionaria o con mayor endeudamiento externo. Hace poco, el mismo punto surgió cuando al candidato a gobernador Axel Kicillof, la modelo Virginia Gallardo le cuestionó que si la inflación no constituía un fenómeno monetario, el Estado podría cubrir todos sus gastos simplemente emitiendo dinero.

Ambas situaciones que tuvieron gran impacto mediático siguen el mismo desarrollo conceptual: “la inflación es un fenómeno monetario que se produce cuando se emite en exceso para cubrir un gasto público por encima de la recaudación tributaria”.

Para empezar, la inflación es un fenómeno monetario.

La inflación es el aumento de precios; el precio es el valor de bienes y servicios medidos en dinero. Por lo tanto, la inflación, el aumento de precios - valores medidos en dinero-, es un fenómeno monetario.

A partir de ahí, la economía ortodoxa plantea como gran interrogante si puede haber inflación en una economía de trueque. Evidentemente no. La economía de trueque se caracteriza por ser una en la cual no existe el dinero. Por lo tanto, no existen los precios, y, sin ellos, es imposible que aumenten.

Pero todo esto no es una simple tautología. Como decir “la ley es un fenómeno jurídico”. Fenómeno es apariencia. No es explicación.

Cuando la economía ortodoxa afirma “la inflación es un fenómeno monetario” está, subrepticiamente, introduciendo una explicación: “la inflación se debe a que aumentó la emisión de dinero porque se aumentó el gasto público por intereses políticos”. Por lo tanto, surge una “explicación” de la inflación con intereses políticos porque tiene el objetivo de justificar ciertas medidas de gasto público y de gestión monetaria y económica. Lo hace introduciendo una verdad de perogrullo para justificar una decisión que, al tratarse de una decisión de política, es una opción entre otras.

La verdad de perogrullo es que siempre resulta lógico abstractamente justificar el reducir la inflación con menor emisión porque, como la inflación es el aumento de precios medidos en dinero, lógicamente en el límite, sin dinero no hay inflación.

Pero explicar la inflación es ir más allá de afirmar que es un fenómeno monetario que no pasa de decir “cuando llueve, cae agua”. Se trata de indagar qué lleva a aumentar la emisión. Un gobierno podría no emitir y evitar la posible inflación. Pero no hacerlo lleva a consecuencias socioeconómicas, por lo general, recesión económica. Por eso, la inflación es siempre un fenómeno monetario con causas sociopolíticas.

La Argentina de la convertibilidad es un buen caso que refleja esto. La “historia oficial” dice que la convertibilidad resolvió el problema histórico de inflación del país. Quienes aumentan los precios, en concreto, son los que pretenden vender bienes y servicios, incluyendo trabajadores cuando negocian sueldos e ingresos –aunque estos aumentos acaban siendo trasladados a los precios. Así, esos aumentos que resultan en inflación reflejan un conflicto distributivo. Durante décadas, esto era práctica común.

La convertibilidad no vino sola: la acompañaron “reformas estructurales” como las privatizaciones y apertura comercial. Esto alteró la capacidad estructural interna de modificar precios. Los sectores llamados "transables" encontraron un límite en aumentar precios por causa de la competencia externa; los "no transables" no se enfrentaron a esto y siguieron aumentando precios. Por eso, durante la convertibilidad la inflación en promedio no sólo cayó abruptamente, si no que se transformó en su contrario, deflación (caída de precios).

Pero los precios relativos –la relación de precios entre distintos productos–, que durante los años de elevada inflación se mantuvieron más o menos estables, bajo la convertibilidad se modificaron tremendamente. Los precios de los bienes "no transables" aumentaron fuertemente, mientras que los precios de los transables cayeron. Si se hubiese emitido, como antes, todos hubieran aumentado igualmente, generándose inflación.

Pero no hacerlo significó que un sector de la sociedad incrementó sus ingresos fuertemente mientras los del otro cayeron con igual intensidad. Así surgió una estructura de concentración de la riqueza inédita, desempleo, cierre de empresas y recesión. Por lo tanto, “la causa” de la inflación es la razón por la que se decide o no emitir.

Esta gestión Macri es otro ejemplo de lo mismo. Una fortísima restricción monetaria con grandes cortes de gasto en medio de una tremenda recesión que convive con alta inflación. No sólo permite que haya grupos que sigan aumentando sus precios, sino que los impulsa directamente por medio del aumento de tarifas públicas. Y aumenta la emisión vía endeudamiento con el FMI. Mientras esos recursos monetarios no impactan en el nivel general de precios, por la recesión, ni altera el valor del dólar, se genera la impresión de “estabilidad” o caída de la inflación. No obstante, un aumento del dólar puede trasladarse a los precios y generar inflación. Pero los precios relativos siguen distanciándose, junto con la concentración de la riqueza.

Esto sólo significa, sin embargo, que en el límite “si no existe emisión, no hay inflación”. No significa que la emisión es inflacionaria. Sólo que “la emisión puede ser inflacionaria”. Depende qué sectores reciben esa emisión extra, y de si, cómo y cuándo la gastan, además de la situación de la economía, la política bancaria, de la economía internacional y demás cuestiones generales.

La época de convertibilidad también ilustra esto. Desde el punto de vista de política monetaria, la convertibilidad era una regla de emisión muy restrictiva. La emisión muy restrictiva, por tender a la escasez de dinero, tiende a bajar la inflación y, también, conlleva la caída de la actividad económica. Frente a esta regla monetaria y a la dura recesión, los gobiernos provinciales comenzaron a emitir para financiarse. Así, las billeteras argentinas en 2001 se volvieron caleidoscópicas con pesos, dólares, lecops, patacones, y demás emisiones alternativas. Esa emisión paralela llegó a ser muy considerable y a interactuar, informalmente, con el mercado monetario legal. Pero no generó inflación; por lo que bien podría haber sido emisión de pesos y punto.

De hecho, esa emisión provincial también demostró que todo el discurso de que la emisión necesita “respaldo” constituía otra de esas frases huecas que tan fácilmente se difunden. Las monedas no tienen respaldo; tienen emisor: es decir, un Estado. Cuando en los 60 De Gaulle “exigió” que EE.UU. cumpla su ley de convertibilidad dólar-oro, Nixon en agosto de 1971 simplemente acabó con la convertibilidad, y dejó al dólar “sin respaldo”. De Gaulle, época en que Francia aún vivía inflada por sus memorias de grandeza napoleónica, pretendía que EE.UU. hiciera valer su regla de emisión porque gozaba “el privilegio exorbitante” de lo que un economista ortodoxo llamaría “la maquinita de emitir”, pero a escala mundial. Desde la postguerra EE.UU. había super-emitido para financiar los planes de reconstrucción como el Plan Marshall, las guerras y la carrera armamentista y espacial contra la Unión Soviética.

Una inundación de dólares externamente que hacía a la paridad $35 = una onza de oro, fuese solamente una realidad virtual. Un ajuste monetario como un economista ortodoxo pregona hubiese significado o una presión tributaria internamente tremenda o abandonar sus objetivos geopolíticos globales, lo que hubiese seguramente significado una derrota en la Guerra Fría. Este dilema, conocido como de Robert Triffin por quien lo expuso, llevó a EE.UU. a terminar con la convertibilidad, pero no con la emisión. Desde entonces hasta hoy, la emisión monetaria, el déficit fiscal y el aumento de la deuda pública de EE.UU. crecieron exponencialmente. Si bien en EE.UU. y después en Europa, se usó mucho la “explicación monetarista” de la estanflación, ella sólo sirvió para que internamente se cortaran gastos y se aumentasen impuestos en perjuicio de gran parte de la  sociedad. Pero no para bajar el gasto público y bajar impuestos para los sectores privilegiados, más bien lo contrario.

Si la economía ortodoxa tuviese razón, ¿por qué EE.UU. no tuvo una explosión hiperinflacionaria? ¿Ni siquiera algo parecido a la inflación a la Argentina? De hecho, sólo desde 2008 hasta 2013 los activos de la Reserva Federal de Estados Unidos crecieron u$s 700.000 millones a algo más u$s 4000 billones y la deuda pública más o menos 60% a 110% del PBI, con un costo de servicio que está en sus pisos históricos. La distinción de que se trata de la economía estadounidense no es válida justamente por quién analiza “la economía” como una abstracción que no reconoce distinciones sociopolíticas. Si lo hicieran, dejarían de argumentar que el dinero meramente ayuda a facilitar las transacciones. El dinero es un instrumento de poder de un Estado. Por eso, los Estados definen áreas monetarias. Entre ellas también existe una jerarquía reflejando por medio de sus monedas el grado de poder de cada Estado, la mayoría, evidentemente, con poco y nada. La más importante, generalmente conocida como la moneda-llave internacional, obtiene la capacidad de tener una emisión monetaria, un déficit fiscal y un aumento de la deuda pública diferentes.

Esa prerrogativa de emitir la moneda internacional fortalece el poder de ese Estado. Ese beneficio era, precisamente, lo que De Gaulle cuestionaba que gozaba EE.UU. por medio de ese “privilegio exorbitante”. Estados Unidos les respondió a los países que cuestionaban el lugar de moneda internacional de su moneda que atesoren dólares. Desde los 70, EE.UU. ha hecho realidad esto. Las reservas “internacionales” de los Bancos Centrales de prácticamente todos los países son dólares o títulos del Gobierno de Estados Unidos. China y Rusia intentan crear su propia área monetaria actualmente negociando con sus propias monedas, sin necesidad de utilizar dólares. Algunos están llamado esto “Diplomacia del Yuan”, en referencia a la llamada “Diplomacia del dólar” que EE.UU. inauguró en el Caribe y América Central hace un siglo, y extendió mundialmente.

Aprendieron de los ingleses que garantizaron las independencias latinoamericanas de los países ibéricos en el siglo XIX a cambio de un endeudamiento en libras esterlinas, posicionándolos en su dependencia financiera. Similarmente, EE.UU. comenzó a hacer valer en serio la Doctrina Monroe luego que en 1902 Venezuela se negó a pagar su deuda con Inglaterra, Italia y Alemania, quienes hicieron un bloqueo naval. Los presidentes Theodoro Roosevelt y William Taft actualizaron, respectivamente, la Doctrina Monroe para evitar cualquier presencia continental europea arbitrando. Así, promovieron inversiones financieras en países caribeños y América Central para mantener fuera otras monedas y arrogándose el derecho de estipular la política fiscal de esos países para garantizar el cumplimiento del servicio de sus deudas externas –cada vez más, sólo en dólares. La relación acreedora internacional es una forma indirecta de definir la política tributaria del país deudor porque exige que ese país junte cierta cantidad de recursos en la moneda del país acreedor para afrontar el endeudamiento. Lo que, por lo general, acaba afectando la determinación de gran parte de toda su política económica.

Por eso, ante la duda de por qué los estados no se financian emitiendo, la respuesta es que lo hacen. Se llama señoraje y consiste, precisamente, en la capacidad de financiarse simplemente emitiendo. Cuando la Argentina implementó la convertibilidad o Ecuador la dolarización, le pasaron ese financiamiento gratuito de su Estado nacional al de EE.UU. Por eso EE.UU. apoya que se implementen estas políticas, pero no desea hacer ningún acuerdo que le genere obligaciones. Asimismo, la simple emisión de moneda o títulos públicos de EE.UU. se convierte en ahorro de personas en el mundo y en reservas de los bancos centrales de los países. Pero esto no haría que dejen de cobrar impuestos. La imposición de impuestos que se pueden pagar únicamente con la moneda de ese Estado emisor es la forma en que se define el espacio monetario.

Este financiamiento gratuito es el que llega a ser “privilegio exorbitante” cuando se lo extiende sobre gran parte del mundo. Cuanto más poderoso un estado, mayor capacidad de financiarse simplemente emitiendo. Por eso EE.UU. con la globalización financiera desde los 70 extendió hasta límites inimaginables su señoraje.

Es la emisión sin inflación. Es así que si bien toda inflación es un fenómeno monetario, no toda emisión es un fenómeno inflacionario.

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