Dos crisis: comparación entre post-convertibilidad y escenario actual

Los desafíos de la política económica ante dos escenarios con distintos puntos de partida.

En los últimos veinte años la macroeconomía argentina estuvo minada de sobresaltos y oscilaciones, lo cual se refleja en su errático sendero de crecimiento. A la salida de cada crisis las variables macro se fueron deteriorando progresivamente. El ejemplo más claro lo constituye el fin de la convertibilidad, la cual dejó un producto per capita deprimido (-19% respecto del inicio de la recesión del año 1998), niveles de pobreza e indigencia record (50% y 25% respectivamente), así como un elevado nivel de desocupación y capacidad productiva ociosa industrial (20% y 40% respectivamente).

Para colmo de males, el abandono de la paridad-peso dólar produjo un salto inflacionario hacia 2002 (+41%), haciendo que los salarios reales se desplomaran y con ello, la capacidad de consumo y ahorro deterioradas. Luego de la recuperación y posterior crecimiento se alcanzó un techo imposible de perforar hacia 2011-2012, momento en el que comienza el sendero de estancamiento que continua hasta hoy.

El análisis de largo plazo desde aquel momento a la actualidad sugiere dos dinámicas bien distintas: en un primer momento, una recuperación sostenida a tasas elevadas (7% promedio 2003-2011), seguida de un período de estancamiento que en los últimos años se convirtió en caída (-1,5% período 2012-2019).

Resulta interesante realizar un análisis que tome en cuenta similitudes y diferencias entre el escenario económico post convertibilidad y el punto de partida de la nueva gestión política y económica, lo cual adquiere relevancia por lo siguiente. Algunos instrumentos de política económica empleados en aquel entonces pueden llegar a resultar inefectivos en el actual contexto dado que existen nuevas restricciones que no estaban presentes dos décadas atrás.

Condiciones de partida del primer decenio post convertibilidad

En los primeros diez años post convertibilidad (2002-2012), la dinámica se sostuvo, en gran medida, gracias a las condiciones de partida resultantes de dicha experiencia: un país en depresión lo cual implicaba no solo crisis en la esfera económica sino también en la social en el cual no había demasiado lugar para continuar la caída. Recordemos que el PBI de 2002 era 19% más bajo que en 1998 cuando comienza la recesión, el desempleo se ubicaba alrededor del 20% lo cual sumaba un factor de presión social a las demandas de una población empobrecida (50%) y con serias dificultades alimentarias (25% de indigencia).

En el plano fiscal los desequilibrios acumulados se habían corregido por el efecto de la devaluación vía licuación del gasto, pasando de un déficit consolidado del 7% a superávit del 3%, (inédito para la historia nacional), dotando de recursos para financiar políticas expansivas. Como resultado, el gasto público como porcentaje del producto rondaba el 20%.

En el frente externo, los términos de intercambio eran muy favorables dado que, con excepción de 2008-2009, los precios de las exportaciones nacionales mostraron una performance extraordinaria que posibilitó contar con recursos excedentes para su reorientación a otros sectores.

En el plano monetario existía espacio para expandir el circulante en poder del público ante una demanda de dinero creciente producto del repunte de la actividad económica y la eliminación paulatina de las cuasimonedas, sin mayores riesgos de desatar espirales inflacionarias, al menos por un cierto tiempo.

En cuanto a los costos laborales unitarios se habían licuado producto del salto inflacionario y devaluatorio, creando incentivos a la contratación de mano de obra para la producción orientada al mercado interno. Esto se ve reflejado en el significativo desplome del salario real del orden del 30% a marzo de 2003 respecto de fines del 2001 (RIPTE deflactado por IPC-CREEBBA).

En suma, la recuperación se puso en marcha con relativa facilidad ante una coyuntura de las características que se mencionaron, con la oferta con capacidad de respuesta en el corto plazo (curva relativamente plana o elástica) y una demanda que ante la reversión del ciclo económico reaccionó a los estímulos aplicados.

Escenario actual. Más diferencias que semejanzas

En primer lugar, estimando una contracción del orden del 3% para el corriente año (REM), la caída en términos per cápita respecto al punto más alto del ciclo económico (2011) alcanzaría el 11% aproximadamente, lo que nos deja lejos de aquel derrumbe del 19%. Lo mismo sucede con las cifras del desempleo (aproximadamente la mitad respecto al punto más frágil de 2001) y de pobreza e indigencia, que a pesar de ubicarse en niveles elevados en la actualidad (38% y 9% aproximadamente), todavía se mantienen varios puntos por debajo del escenario de aquel entonces.

En torno al estado de las cuentas públicas se halla una diferencia sustancial. Actualmente el fisco tiene como porcentaje del PBI  un 1% de desequilibrio primario en tanto que el déficit global consolidado supera el 3%, lo cual echa por tierra cualquier intento de expansión desmesurada del gasto público, tal como lo explicó el nuevo ministro de economía en su primera conferencia de prensa. A su vez, un dato más que relevante relacionado con lo fiscal radica en la presión tributaria, la cual supera el 30% para nuestro país, más elevada que el promedio de la región y ubicándose 10 puntos por encima de la que se tenía a la salida de la convertibilidad. Es claro que el margen para aumentar los impuestos se redujo drásticamente y se podría convertir en un arma de doble filo en un contexto recesivo al provocar efectos negativos sobre los incentivos de los agentes económicos.

Por el lado del mercado monetario se observa la otra gran restricción. La demanda de dinero (M2/PBI) se encuentra en una tendencia a la baja como respuesta al recrudecimiento del proceso inflacionario de los últimos años y la caída de la actividad, lo que repercute negativamente sobre la demanda de saldos reales. El ratio M2/PBI se ubica alrededor del 10% reflejando la desconfianza en la moneda nacional (promedio período 2001-2019 del 13,6%). Dicho esto, con una inflación del 55% y atravesando una coyuntura recesiva, el margen para aplicar políticas monetarias expansivas es muy acotado, al menos hasta que se recupere la demanda de dinero.

Respecto al frente externo, los términos de intercambio no se encuentran bajo un escenario tan favorable como el de 2011 cuando la soja llegó a valer u$s 600 la tonelada, además de la existencia de guerras comerciales entre las dos economías más grandes del mundo (EE.UU. y China) y de un panorama de crecimiento económico y del comercio mundial más moderado que a inicios del siglo.

A modo de síntesis, los márgenes de aplicación de las diferentes políticas públicas (fiscal y monetaria) que motoricen al mercado interno distan de ser semejantes respecto a aquellas que fueron efectivamente implementadas post convertibilidad. Esto significa lisa y llanamente que los grados de libertad son menores y la actual gestión deberá tener en cuenta las nuevas restricciones a la hora de diagramar las políticas económicas integrales.

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