Por obligación o por elección: guía para viajar solo

Por obligación o por elección: guía para viajar solo

Con ventajas y desventajas, viajar sin compañía es una alternativa que seduce a cada vez más gente. Consejos para animarse.

César Pérez trabajaba más de 10 horas diarias en un empleo que no le gustaba. No tenía tiempo para estudiar ni para estar con sus amigos, o vivir la vida que quería. Se cansó. Al mismo tiempo, lo picó el bicho de viajar. “Y cuando te pica… no hay antídoto para frenarlo”, asegura. Quería recorrer algunos países de América del Sur. No tenía novia que lo acompañe, su familia prefería otro tipo de viajes, las vacaciones de sus amigos no coincidían con suyas y tampoco le cerraba lo estructurado de los viajes organizados por las agencias de turismo. No lo pensó demasiado. Agarró la mochila y se animó a ir solo. Y nunca más pudo parar.

Lo de César, un estudiante de Historia, de Córdoba, les pasa a muchos viajeros más. Por obligación o por elección, con ventajas y desventajas, la soledad, la mochila y el mapa comienzan a ser una tendencia que seduce cada vez más, sobre todo a quienes andan entre los 25 y los 35 años de edad. Atención: la difícil decisión puede terminar siendo adictiva.

Entre las principales ventajas de viajar en soledad aparece la flexibilidad. No hay con quien discernir qué países visitar, qué actividades realizar, qué comer, dónde dormir y en qué gastar el dinero, uno de los temas más espinosos a la hora de hacerlo en grupo. El itinerario se arma como a uno más le guste, cada uno es dueño de su tiempo y si los planes se van modificando, serán como uno desee. “No dependés de nadie, te vas adaptando a tus gustos, sin perder el tiempo y la energía de discutir con alguien. Eso te lleva a improvisar mucho más. En los viajes en grupo, aunque te conozcas, es normal que haya diferentes gustos y el choque es inevitable”, sostiene César, que desde la Argentina llegó a Cuba luego de recorrer todos los países de América del Sur. Siempre solo. “La mochila y yo”, corrige.

Gabriela Lazo, ingeniera industrial de Buenos Aires, recorrió buena parte del sudeste asiático por su cuenta. Tenía un itinerario inicial, pero al llegar a Ubud, en Bali, Indonesia, todo cambió. Percibió algo distinto y decidió quedarse por dos semanas, gran parte de su viaje. Este tiempo le sirvió para aprender mucho más sobre ella, algo que suele sucederles a los viajeros solitarios. “La tranquilidad de Ubud me llevó a disfrutar más de mis momentos en soledad y a pensar si estaba contenta con la vida que llevaba. Hice yoga gran parte del tiempo, todo fue nuevo para mí”, cuenta Gabriela, quien aprovechó ese tiempo para leer (mucho) y escribir un diario de viaje que relee de vez en cuando.

Estar solo, a veces, genera temores. Por necesidad, viajar de esta forma te convierte en alguien más audaz. “No hay nadie que te tranquilice o te defienda. Al principio, hay muchos miedos, pero después te acostumbrás. Tenés que estar mucho más atento a todo y distinguir que es lo realmente peligroso”, asegura Federico Colina, que recorrió parte del norte de África y Medio Oriente de este modo.

Además de potenciar la audacia, viajar solo desarrolla la empatía. Casi por obligación, al viajero solitario no le queda otra opción que ser más extrovertido. “Te abrís más. No te queda otra que ser más sociable de lo normal y eso, automáticamente, te lleva a conocer a otros viajeros que están en la misma que vos”, resalta Gastón Baudena, quien viajó solo por Europa tras recibirse de diseñador gráfico. Por su parte, Mateo Imberti, que hizo lo propio por el país vasco, en España, para conocer más de sus raíces, rescata: “Te obliga a vincularte de otra manera con los lugareños, a preguntarles por su cultura, sus costumbres, su forma de vida. A diferencia de otros tipos de viajes, te nutrís de estas relaciones”.

Si bien el título es “viajar solo”, casi nunca pasa. Siempre habrá un colega en el camino, para ayudarte o seguirte. En Egipto, Federico conoció a Raúl, un español, y juntos recorrieron ese complejo país. En el vuelo a Bali, Gabriela compartió asiento con Marie, una francesa que terminó siendo su compañera de yoga. Y César, en una noche de calor en Córdoba, se chocó con Karley, una brasilera que viajaba sola y hoy es su pareja. “Mientras más gente conozcas, mejores cosas van a pasar en tu viaje. Te ayudarán en los momentos difíciles y en ellos encontrarás la información que realmente vale la pena”, cierra César.

 

Pero hay desventajas…

La soledad. Si el viajero solitario no está muy acostumbrado a disfrutar de ella, no la va a pasar del todo bien. Lucio Landa es fotógrafo, todo el tiempo viaja solo al exterior para trabajar y, cuando le sobran días, no los puede disfrutar. “Me aburro. A pesar de que tenga la Torre Eiffel enfrente, necesito alguien con quien hablar o con quien planear qué hacer. No sé viajar solo”, dice. Y agrega: “Cuando no disponés de muchos días de viaje, es difícil generar vínculos. Me pasó sentirme demasiado solo recorriendo y visitando lugares. A veces me aburría mucho y me ponía de mal humor”.

A la bendita y maldita soledad se añade la melancolía de no poder compartir los buenos momentos con alguien cercano. Todo quedará guardado en la memoria del viajero. “No me gustó no poder compartir esas situaciones y lugares especiales con alguien querido. Siempre pensaba: ‘¡Qué bien la estaría pasando si estuviese con mi familia o mis amigos!’”, confiesa Mateo.

Se suma también la posibilidad de sufrir algún contratiempo, como robos, enfermarse, perder algún tren o avión. Y que los costos aumentan considerablemente. Todo es más caro: las habitaciones de los hoteles, el alquiler de los autos, las comidas; y se pierde cualquier posibilidad de conseguir alguna promoción en excursiones o entradas a eventos. Además, tener que hacerse cargo de toda la organización, si bien permite una flexibilidad absoluta, cansa. Si la idea no es improvisar, habrá que estar atentos a mapas, hoteles y sus reservas, horarios, transportes, sitios a visitar, entre otras circunstancias.

Si bien es una desventaja menor, los exigentes de la fotografía sufrirán momentos de furia. Pedir una foto delante de un paisaje, edificio o monumento suele tener resultados poco eficientes. “Primero, tiene que haber alguien en el lugar. Después, la situación de pedir la foto, que –por idioma o vergüenza– se puede complicar. También la persona tiene que saber usar el teléfono o la cámara. Y la foto nunca sale buena. Casi nadie saca la que querés. O salís cortado o no sale el paisaje”, cuenta Pablo Riano, que viajó por Japón y China en soledad. ¿Y el palo selfie? “Y… la cámara frontal no tiene la misma calidad”. ¿Alguna solución? “Sí. La cámara automática y la opción de fusionar colores. Es lo más efectivo”, asegura Pablo.

Comentarios1
Pedro Iacobucci
Pedro Iacobucci 11/12/2017 05:33:50

Qué útil que se está poniendo la revista de "boba" total. Se están pareciendo peligrosamente a Ohlalá! de La Nación...

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