

Una frase del filósofo alemán Immanuel Kant sobre la crianza y la moral vuelve a circular con fuerza: “Si castigas a un niño por portarse mal y lo recompensas por portarse bien, hará el bien solo por la recompensa”.
La cita proviene de Sobre la educación (Über Pädagogik), obra publicada en 1803, y plantea una pregunta vigente: ¿qué tipo de adulto forma una educación basada en castigos y recompensas?
El texto completo advierte que ese niño, al salir al mundo y descubrir que la bondad no siempre es recompensada ni la maldad siempre castigada, se convierte en un adulto que solo piensa en cómo avanzar en la vida y actúa bien o mal según lo que le conviene. Para Kant, ese resultado no es un accidente de la crianza: es su consecuencia lógica.
¿Qué quiso decir Kant con esta frase sobre la educación de los niños?
En Sobre la educación, Kant argumenta que si se quiere establecer una verdadera moralidad, es necesario abolir el castigo como herramienta central, porque la moral es algo sagrado y elevado que no debe degradarse al equipararla con la disciplina.
Su punto no es que los límites sean innecesarios, sino que cuando el único motor de la conducta es externo —la recompensa o el miedo al castigo— no se forma un carácter moral genuino.
El problema central, según el filósofo, es la motivación. Un niño que aprende a portarse bien para obtener algo no interioriza por qué esa conducta es correcta: simplemente aprende a calcular. Cuando el sistema de recompensas desaparece o falla —como inevitablemente ocurre en la vida adulta— desaparece también el comportamiento.

¿Por qué la advertencia de Kant sobre la crianza sigue siendo relevante?
La vigencia de esta reflexión radica en que describe un mecanismo psicológico reconocible: el condicionamiento por incentivos externos puede producir obediencia, pero no autonomía moral. Kant sostenía que una acción verdaderamente ética es aquella que se realiza por deber —porque es correcta—, no porque genere un beneficio.
Para el pensador, el objetivo de la educación debía ser que el niño comprendiera por qué algo está bien o mal, no simplemente que aprendiera a seguir reglas para obtener una recompensa.
Esa distinción, planteada hace más de dos siglos, sigue siendo el eje de debates actuales sobre crianza, pedagogía y desarrollo moral: ¿se educa mejor con estímulos y sanciones, o formando una conciencia que actúe con independencia de ellos?













