Es sabido que, en la Argentina, cada dos años hay elecciones para elegir autoridades nacionales (presidente, vicepresidente, diputados y senadores del Congreso de la Nación), de la siguiente manera: cada dos años se renueva la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado, y cada cuatro se elige al primer mandatario y su respectivo vice. Ello, sin perjuicio de la elección de autoridades provinciales y municipales, tal como lo establezca la Constitución de cada unidad federativa, incluyendo entre éstas a la Ciudad de Buenos Aires.

Cuando se trata de elecciones presidenciales, el estado de ansiedad popular crece notablemente, en comparación con las elecciones puramente legislativas. Ello genera todo tipo de pronósticos y especulaciones acerca de lo que podría ocurrir, y las conversaciones y discusiones se multiplican en bares, oficinas, etc.

En este sentido me resulta sorprendente observar el nivel de desconocimiento que muchos tienen acerca de qué porcentajes deben producirse para que se llegue al tan mencionado ballotage.

Se sabe que la elección presidencial es directa (no hay colegio electoral como ocurría hasta 1994), pero para que una fórmula gane la compulsa electoral debe alcanzar una determinada cantidad de votos, porque de lo contrario debe votarse nuevamente (ballotage o doble vuelta) dentro de los treinta días, y a esa nueva elección sólo concurren las dos fórmulas más votadas en la primera.

La Constitución Nacional prevé que, si en la primera vuelta ninguna fórmula alcanza el 40% de los votos, necesariamente hay ballotage, más allá de la diferencia que haya con respecto a la fórmula que obtuvo el segundo puesto.

Por otro lado, si alguna fórmula obtiene más del 45% de los votos, es definitivamente la ganadora, también en forma independiente de la diferencia que exista con quien haya quedado segundo.

El único caso en el que la diferencia cuenta, se da cuando la fórmula más votada en primera vuelta, obtiene entre el 40% y el 45% de los votos. En este caso, si la diferencia con el segundo es mayor a 10%, gana la fórmula que obtuvo el mayor porcentaje. Si esa diferencia es inferior, debe efectuarse el ballotage.

Sobre el particular es fundamental tener en cuenta que los porcentajes señalados se contabilizan sobre los votos válidos, sin contabilizarse los votos en blanco ni los nulos. Ello significa que votar en blanco, o hacerlo defectuosamente para que luego sea anulado, termina beneficiando a quien va liderando la elección, toda vez que al reducirse la base de cálculo, quien está más cerca del 45% se ve beneficiado porque tiene más chance de llegar a dicho porcentual.

Entender cómo funciona el sistema electoral es fundamental para los ciudadanos, porque nos permite evaluar las consecuencias del voto con mayor claridad.