Palabra de CEO

La Argentina, según Grobocopatel: el 'loop' decadente, la crisis del Gobierno y el déficit de los empresarios

"Hace años que venimos diciendo que tocamos fondo y estamos, cada vez, peor y peor", dice Gustavo Grobocopatel, hombre que es sinónimo del campo. Charla a fondo con reflexiones: los aprendizajes que dejaron los gobiernos de Macri y Alberto, y qué hace desde que se radicó en Uruguay

Gustavo Grobocopatel es el único cliente de esa mañana soleada en el café de Puerto Madero. "Gracias por el dato", dice, cuando le cuentan que uno de los puentes para acceder al barrio más joven de Buenos Aires está cortado. En un poco más de un par de horas, debe volver al Uruguay después de un día en la Argentina, una de las dos visitas al mes que hace desde que, en octubre de 2020, decidió radicarse allá. Todavía tiene otra reunión antes de retornar.

"Es difícil la vida en las ciudades. A pesar de que Buenos Aires cada vez me gusta más", reflexiona. No es la única reflexión que comparte. "Estamos en un loop, dando vueltas. Y el resultado de ese loop, de ese círculo vicioso, es más pobreza, más deterioro en muchos aspectos. Lamentablemente", su definición sobre el país en el que, si bien ya no reside, "están mi cabeza, mis sentimientos".

Un loop que, además, es descendiente.

Sí. Hace poco vine de Costa Rica. Es un país que visité hace 20 años. Hoy, el PBI es cinco veces mayor. Mejoró su infraestructura, su calidad de vida. No estamos hablando de Europa, sino de un país americano, que podría tener las mismas dificultades -inclusive peores- que nosotros. Sin embargo, es así.

¿Por qué?

Porque no nos ponemos de acuerdo en cosas mínimas. En todo el mundo hay debates sobre el capitalismo y la globalización. Pero no detienen la sucesión de las cosas. En la Argentina, ese debate nos frena, nos paraliza. Nos hace volver atrás. Es el gran problema de tenemos. Es una sociedad que vive debatiendo, que no está mal. Pero, en el mientras tanto, se paraliza. Y, fundamentalmente, lo que se paraliza es el Estado, los gobiernos de turno, que se van sucediendo. Cambian. O toman distintos matices. Pero es como que se paraliza la actividad. Hay una reflexión permanente de las cosas que, en lugar de impulsar, te trae para atrás.

Con el campo, por ejemplo, se siguen discutiendo las retenciones, con la sensación de que, en cualquier momento, tenemos otra 125.

La 125, en realidad, no fue sólo un problema del campo. En la ruta, también estaban el psicólogo de pueblo, el maestro... Es algo que el país no resolvió todavía: el problema del federalismo, de la generación de riqueza en el interior. Eso es parte de los problemas que la Argentina tiene pendiente.

Más acá en el tiempo, volvió a pasar con Vicentin.

Totalmente de acuerdo. Inclusive, a las movilizaciones que hubieron más recientemente, se las trata de entender como si fueran por los impuestos y no es por eso, ni porque al campo le vaya necesariamente mal. Es porque la gente del campo quiere que algo cambie. Todos sabemos que hay que hacer esfuerzos para salir adelante. Pero hacer esfuerzos para seguir yendo para atrás da la impresión de que no es algo bueno. Ni que la gente esté dispuesta a aceptarlo.

¿Cuál sería ese cambio?

Un proyecto de mediano y largo plazo, que muestre una luz. Que haya legitimidad, con líderes creíbles. Que se vayan dando pasos permanentes, mostrando que se avanza en una dirección. Ahí, todo el mundo estaría dispuesto a hacer el esfuerzo para salir hacia adelante.

"Todos sabemos que hay que hacer esfuerzos para salir adelante. Pero hacerlos para seguir yendo para atrás da la impresión de que no es algo bueno. Ni que la gente esté dispuesta a aceptarlo"

¿Ve señales de que ese proyecto exista?

-Lo que hay hoy es una situación muy complicada. Es difícil saberlo porque desde hace años venimos diciendo que estamos tocando fondo y, cada vez, lo que viene es peor y peor. Me da la sensación de que también existe un agotamiento de la sociedad con la política. Eso hace que, probablemente, en la próxima elección haya un nuevo contrato. Por lo menos, yo confío en eso.

¿En qué?

En la creación de una mayoría amplia, con una serie de políticas de Estado que vayan más allá del gobierno de turno. Que digan: ‘El camino es este'. Y que ese camino sea serio, no espejitos de colores, y al mismo tiempo genere esperanza.

¿Cómo hacerlo en un país en el que cualquier debate queda anulado por una etiqueta? Pasa, por ejemplo, con cualquier intento de reforma laboral.

Todas las discusiones de reforma laboral tienen un prejuicio, que es la pérdida de derechos. Y no necesariamente es eso. ¿Qué derecho tiene un trabajador, si el lugar donde trabaja se funde? Hay que plantearlo distinto. Inclusive, con el cambio en el trabajo: en el futuro, para mantener el empleo, habrá que cambiar de trabajo. Son las transformaciones que habrá que hacer.

A lo que iba es que, en este país, por la mala experiencia, a cualquier tema que se plantea, le viene una etiqueta que impide el debate.

Hasta ahora, eso venía así. Creo que está cambiando. Todos los temas que son tabúes, ideologizados, estigmatizados, irán cambiando.

¿Una nueva convertibilidad, por ejemplo, para estabilizar la macro?

Con la parte económica no quiero meterme porque soy un desastre. Soy un observador. Sí creo que habrá que tomar medidas drásticas para contener la inflación. No bastan gradualismos ni medidas tibias.

¿La inflación no es culpa de la guerra?

No, no... (sonríe). Eso seguro que no. Obviamente, hay aumentos de alimentos. Pero la tenés clara cuando vas afuera: el problema no son los precios, sino el poder adquisitivo. Un taxi de Ezeiza hasta acá son u$s 20 blue. En cualquier lugar, un taxi del aeropuerto al centro sale u$s 50. En realidad, estamos baratos. El problema es que,a nosotros, nos parece una fortuna.

¿Por qué?

Porque somos más pobres. La sociedad tiene menos poder adquisitivo. El problema es cómo volvemos a restituir esa cosa del trabajo, del empleo digno, del empleo en el sector privado, que es el más productivo y sustentable. Y revertir este proceso que tenemos en los últimos 20 años, de deterioro permanente y de pérdida de puestos de trabajo competitivos, integrados al mundo.

A lo que debería haber sido una oportunidad (vender alimentos al mundo por la guerra), el Gobierno lo convirtió en una amenaza, en el chivo expiatorio de la inflación.

Se busca explicar problemas de la gestión propia con cosas de afuera, que no necesariamente están linkeadas. La Argentina está integrada al mundo con la soja, con la agricultura. Y se sostiene gracias a esas exportaciones. El problema no es eso, sino por qué no aprovechamos para hacer cosas más inclusivas, con mayor valor. Por qué no duplicamos (o triplicamos) las exportaciones, que tenemos esa posibilidad. Por qué no hemos invertido en energía y hoy tendríamos una situación muchísimo más holgada.

Precisamente: ¿por qué?

Porque los gobiernos, en general, apostaron al corto plazo, a la solución fácil. Al escondo las cosas, total, alguien las va a resolver o se van a resolver solas. La calidad de gestión de nuestros gobiernos ha sido pésima. No es una discusión ideológica, de cómo se ve al mundo, a América latina o al capitalismo. Eso va por otro lado. Es un problema de gestión de lo cotidiano: se gasta mal, se invierte mal, no se controla.

En estos 20 años, hubo un paréntesis de un gobierno (el de Macri) que, supuestamente, asumió para cambiar eso. ¿También fue mala gestión, frustración...?

Uno no arranca de cero. La herencia fue importante y eso obligó a endeudar: primero, con el sector privado y, después, con el Fondo Monetario. La mala gestión se vio en que se hicieron cosas en forma gradual tratando de ser sustentables en lo político, sabiendo que ahí había una debilidad. Eso no funcionó. Ahora, todos aprendimos que las medidas hay que tomarlas rápido y bien. Y el contexto internacional también fue determinante: si no hubiese sido de baja en los commodities, del cambio en la dirección de las inversiones por la suba de tasas en los Estados Unidos, hoy, tal vez, estaríamos hablando de Macri como si fuera Churchill.

"Habrá que tomar medidas drásticas para contener la inflación. No basta con gradualismo ni con cosas tibias. Si algún aprendizaje dejó el gobierno de Macri es que las medidas hay que tomarlas rápido. Y bien"

Pero no lo fue.

Hay que aprender de esa experiencia. En ese momento, también, la sociedad estaba dividida sobre cuáles eran las soluciones a tomar. La experiencia de este gobierno también es un aprendizaje para la sociedad. De los dos gobiernos: el de Macri y el de Fernández. La sociedad ya entiende un poco más sobre para dónde va la pelota.

¿Qué aprendizaje deja el gobierno de Alberto?

(piensa) El gobierno de Alberto tuvo el drama de la pandemia y, ahora, la guerra. Pero arrastraba un problema de antes: tiene una crisis interna de cuál es el camino, cuál es la dirección. Sin pandemia ni guerra, también habría tenido el problema de gestión que tiene. Es propio de cómo se estructuró el Gobierno. La pandemia y la guerra lo magnificaron, lo expusieron más.

¿Cuál es el aprendizaje?

Como sociedad, tenemos que entender que estas ingenierías políticas que se realizan para que no gane otro no sirven. Hay que buscar a alguien que diga seriamente qué va a hacer, cómo va a ser la calidad de la gestión, que esté probada de alguna manera, que tenga una visión... Que tenga integridad. Integridad significa que resista al archivo. Hay muchas cosas para aprender. Lamentablemente, siempre aprendemos bajando varios escalones. Finalmente, vamos a tener que aprender. Por eso, también tengo cierta esperanza de que el próximo gobierno, sea quien sea, puede generar este acuerdo mayoritario y conducirnos con un horizonte, con esperanza.

¿Hubo fracaso de los empresarios como líderes sociales?

Es un problema que tenemos los empresarios. Tenemos que empezar a mirar con un ojo a la empresa y con el otro, a la sociedad. Entenderla e integrarnos a ella. No estamos preparados para hacerlo. No es que no queramos hacerlo. Cada empresa tiene sus propios programas sociales. Pero nos cuesta mucho entender a una sociedad que, además, va cambiando. La sociedad de hoy, con la economía popular, no es la misma que teníamos hace 20 años, cuando eso no existía y los problemas eran distintos. Eso va cambiando mucho más rápido que la capacidad que tenemos los empresarios de entenderlo. Es imposible crear un liderazgo empresarial si no hay un interés, una atención y un compromiso muy grande con lo social. No basta con crear riqueza, pagar impuestos o generar empleo. Hay que hacer más.

Hace un par de meses, usted compartió un panel con Juan Grabois, que es un dirigente con el que, tal vez, algunos de sus colegas no querrían siquiera estar pisando la misma cuadra.

Es un ejemplo emblemático. Los empresarios, todos, deberíamos involucrarnos mucho más con eso. El empresario desarrolló cosas vinculadas con la filantropía, con la responsabilidad social. Eso ya quedó viejo. No es lo que vos das, sino lo que la sociedad recibe. Por ahí, te parece que estás dando mucho. Pero la sociedad no percibe lo que estás dando. Hay que cambiar la forma de hacer inversión social. Las empresas sabemos invertir en nuestro negocio. Pero no sabemos invertir en la sociedad.

"El problema del gobierno de Fernández es que tiene una crisis interna sobre cuál es el camino, cuál es la dirección. Sin pandemia ni guerra, también habría tenido el problema de gestión que tiene. Es propio de cómo se estructuró el Gobierno. La pandemia y la guerra lo magnificaron, lo expusieron más"

¿Falta voluntad para alzar la voz, en una sociedad que siempre ve al empresario como villano?

Mis colegas piensan que la sociedad tiene una mala opinión de los empresarios. Yo creo que no. Creo que la sociedad se siente decepcionada con los empresarios. Tiene altas expectativas de que los empresarios ayudemos a resolver los problemas. Y no siente que los empresarios lo estemos haciendo.

Pero la percepción siempre es la negativa: "los empresarios se fueron todos a Uruguay; no quieren pagar el impuestos a la riqueza; son los que suben los precios...".

Los empresarios también tenemos que aprender a conversar mejor con la sociedad. Es una conversación. Tenemos que participar del debate público y estar más presentes. Es cierto que no nos hemos preparado para eso. Estamos preparados para gestionar una empresa, un negocio, una estrategia. Pero, en general, para participar del debate público, no estamos preparados. Y hay gente que no tiene tiempo, ni ganas,

¿Por qué?

El tiempo que lleva gestionar una empresa en la Argentina es cinco veces mayor que en Chile o en Brasil. Por las complejidades que existen. Que sostengamos las empresas en este contexto es un acto bastante heroico. Eso, quizás, no se entienda bien. Pero es así.

En octubre, se cumplirán dos años desde que usted dejó funciones ejecutivas y se mudó a Uruguay. ¿Qué hace hoy?

Con una de mis hermanas, nos quedamos en la compañía (Los Grobo) con una participación mínima. Pero eso no quitó que siga trabajando para la empresa afuera, en temas vinculados con la estrategia, con la innovación. Estoy dedicándole mucho tiempo a la consultoría. Acabo de venir de Namibia, por ejemplo, donde estuve trabajando con la Universidad de Harvard. En septiembre, voy a viajar a Kazajstán. Ya tengo 60 años y quiero elegir hacer lo que me gusta.

También lanzó un proyecto de tecnología, ¿no?

Uno de los trabajos que hice afuera fue la plataforma digital de Los Grobo. Es un modelo de relacionamiento con nuestros clientes basado en inteligencia artificial. Ya la lanzamos y tiene una cantidad importante de usuarios activos. El mundo que viene tiene que ver con las relaciones personales pero sobre plataformas digitales.

¿Qué está descubriendo en ese mundo?

La tecnología permite tener un relacionamiento intenso, permanente e individual. Como Facebook: permite estar en una reunión permanente con amigos, conversando sobre lo que uno hace o compartiendo información. En los negocios, es lo mismo. Uno podría estar vinculado, haciendo negocios, mejorando la calidad de la gestión agrícola con más información, más contacto, sin necesariamente verse. Eso mejora y abarata notablemente el vínculo comercial.

¿Sigue primando el desconocimiento que existe sobre toda la tecnología que aplica el campo argentino?

Después de la 125 cambió mucho eso. La percepción que tiene hoy la gente es que el campo es algo tecnológicamente de avanzada. Lo que pasa es que todavía no se ve lo que va a venir: una profundización enorme, vinculada con la convergencia tecnológica. Eso va a modificar profundamente al campo.

¿Con qué?

Con el tema de la robotización. Biotecnología, nanotecnología, inteligencia artificial misma, agricultura de precisión, todo el tema tecnológico alrededor de una semilla... Hoy no es una semilla sola -que, obviamente, tiene una cantidad enorme de información y desarrollo-, sino que tiene que ver con moléculas químicas, biológicas, que la van recubriendo y genera un sistema alrededor de eso que es impresionante.

También las energías renovables, la uberización del transporte, de la logística. Las fintech... Todo el mundo que se viene de finanzas descentralizadas. Es fascinante. En eso, hay muchísimos start-ups, en la Argentina y en el mundo. Las agtechs. En pocos años, vamos a ver una consolidación de eso.

¿Ya lo está viendo afuera?

Se empezó a ver afuera. Son cosas que, antes, en la Argentina se veían al mismo momento que en los Estados Unidos, que siempre ha sido el líder. Hoy no. Estamos un poco atrasados. Pero es tanto el poder de los emprendedores y de estas agtechs y start-ups que, por esfuerzo, a fuerza de emprendedurismo, de energía, se van a terminar imponiendo a pesar de las dificultades del país.

La última pregunta: ¿la inflación se resuelve con una empresa nacional de alimentos?

No, por supuesto que no. Para nada. Es un sector muy competitivo. El Estado no va a mejorar la competitividad por tener una empresa. Al contrario. Será un costo que vamos a tener. No la van a saber manejar. Se va a prestar a intervenciones antojadizas. El mercado, en este sector, funciona y funciona virtuosamente. El Estado tiene que controlar, vigilar que no haya evasión, hacer normas que mejoren el funcionamiento. Hay que poner foco en lo que el Estado tiene que hacer. El Estado hace mal aun lo que tiene que hacer.

Una empresa de la dimensión de Vicentin, en manos del Estado, ¿qué impacto concreto podría tener?

Poco, muy poco. Si compra más barato que el mercado, quiere decir que está perdiendo dinero. Y ese dinero lo vamos a poner los contribuyentes.

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