

México esperaba el regreso del Mundial como quien espera reencontrarse con un viejo amigo. Después de cuarenta años, la Copa del Mundo volvió de manera parcial a territorio mexicano y, en teoría, era la oportunidad perfecta para celebrar el deporte más popular del planeta.
Sin embargo, apenas una semana después del arranque del Mundial 2026, la sensación es distinta: el futbol regresó, pero ya no pertenece a quienes lo hicieron grande.
Lo que alguna vez fue una fiesta popular se ha convertido en una sofisticada maquinaria global de generación de ingresos. El balón sigue rodando, los goles siguen emocionando y las tribunas continúan cantando, pero alrededor del espectáculo se ha construido un negocio tan gigantesco que, en ocasiones, parece que el futbol es simplemente el pretexto.
El Mundial 2026 es la máxima expresión de esta transformación.
Por primera vez en la historia participan 48 selecciones y se disputan 104 partidos. Más equipos, más encuentros, más patrocinadores, más derechos de transmisión y, por supuesto, más dinero. Mucho más dinero. Diversas estimaciones calculan que el ciclo comercial de esta Copa del Mundo podría generar alrededor de u$s 11,000 millones para la FIFA, una cifra nunca antes vista en la historia del torneo.
La pregunta es inevitable: ¿el Mundial creció para beneficiar al futbol o para beneficiar a las finanzas?
La respuesta parece bastante evidente.
La FIFA ha logrado algo extraordinario desde la perspectiva empresarial: monetizar prácticamente todo. Ya no se venden únicamente boletos. Se venden experiencias VIP, paquetes hospitality, accesos exclusivos, contenidos digitales, licencias comerciales, derechos de transmisión segmentados, espacios publicitarios y hasta la posibilidad de que un negocio local pueda decir que está transmitiendo los partidos.
Porque sí, incluso ver futbol ya tiene tarifa.
En México, numerosos restaurantes y bares han tenido que pagar licencias especiales para transmitir los partidos. Dependiendo del tamaño del establecimiento, los costos pueden oscilar entre cuatro mil y más de veinte mil pesos. Algunos negocios simplemente han decidido no participar porque el costo supera el posible beneficio.
Mientras tanto, los aficionados descubren que tampoco basta con tener televisión. Algunos encuentros requieren plataformas de pago, suscripciones adicionales o servicios especializados. El futbol dejó de entrar por la puerta principal de la casa; ahora pasa primero por la caja registradora.
Y luego están los boletos.
El Mundial que vuelve a México también es el Mundial al que muchos mexicanos no pueden entrar. Reuters documentó casos de aficionados históricos que decidieron renunciar a asistir porque algunos boletos alcanzaron precios cercanos a los u$s 5,000, equivalentes a varios meses de salario promedio en el país.
La paradoja es brutal: México es uno de los países con mayor cultura futbolística del mundo, pero muchos de sus aficionados observan el torneo desde fuera, desde un fanfest tras las vallas en el corazón de la Ciudad de México.
Es como organizar una fiesta en tu casa y descubrir que no puedes pagar la entrada. Por supuesto, los defensores del modelo responden con cifras económicas impresionantes. Y tienen razón.
Las estimaciones más optimistas señalan que México podría recibir alrededor de 5.5 millones de visitantes asociados al Mundial, mientras fuentes como Moody’s pronostican solo serán unas 800 mil. Dependiendo de la fuente consultada, el impacto económico esperado oscila entre MXN $65,000 y casi 200,000 millones de pesos. Algunos análisis incluso proyectan beneficios cercanos a los u$s 4,0090 millones para la economía mexicana.
Los hoteles están prácticamente llenos. Los aeropuertos operan al límite de su capacidad. Los restaurantes reciben turistas. Los servicios de transporte incrementan sus ingresos.
Miles de empleos temporales han sido creados para atender la demanda extraordinaria del evento. Nadie puede negar que existe una derrama económica importante.
Pero también conviene preguntarse quién captura realmente esa riqueza.
Porque mientras las ciudades invierten miles de millones en infraestructura, remodelaciones y logística, los principales ganadores suelen ser las grandes cadenas hoteleras, las plataformas digitales, los patrocinadores multinacionales, las televisoras y la propia FIFA. Incluso algunos analistas han advertido que el costo de las inversiones realizadas por las ciudades sede podría superar ampliamente los beneficios directos obtenidos durante el torneo.
Y ahí aparece la gran contradicción del Mundial 2026.
Nunca el futbol había generado tanto dinero. Nunca había atraído tantos patrocinadores. Nunca había tenido una audiencia tan grande.
Y, al mismo tiempo, nunca había parecido tan lejano para millones de aficionados.
La esencia popular del futbol consistía en que cualquiera podía sentirse parte del espectáculo. Hoy la lógica parece inversa: cuanto más exclusivo sea el acceso, más rentable resulta el producto.
Quizá por eso el símbolo perfecto de este Mundial no sea el balón ni el trofeo.
Quizá sea la pausa comercial.
Esa interrupción cuidadosamente diseñada para recordar que detrás de cada pase, cada gol y cada emoción existe alguien calculando cuánto dinero puede generar el siguiente minuto de atención.
El Mundial 2026 pasará a la historia por sus récords económicos. México recibirá millones de turistas, miles de millones de pesos y una exposición internacional extraordinaria.
Pero también podría pasar a la historia por otra razón menos cómoda: ser el momento en que el futbol terminó de convertirse en una industria global que utiliza la pasión de la gente como su materia prima más valiosa.
Porque el balón sigue siendo redondo. Lo que cambió fue el negocio que gira alrededor de él.
*Es una opinión personal del autor que no refleja la postura de El Cronista México o sus dueños. El autor es director de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR México). Colaborador en Radio Colima en el Noticiero con Max Cortés: Datos con Valor. X e Instagram @Aivc2, TikTok @2aivc.
















