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A más de tres décadas de su hundimiento, el K-278 Komsomolets continúa generando alarma en la comunidad científica internacional. El submarino nuclear soviético descansa a 1,680 metros de profundidad en el mar de Noruega, a unos 180 kilómetros de la Isla del Oso (Bjørnøya), en el archipiélago de Svalbard.
Se hundió el 7 de abril de 1989 tras un incendio a bordo que cobró la vida de 42 tripulantes, convirtiéndose en uno de los accidentes navales más graves de la era soviética.
El Komsomolets era un submarino excepcional construido con un casco de titanio y diseñado para alcanzar profundidades récord. Al momento del hundimiento transportaba un reactor nuclear activo y dos torpedos con cabezas nucleares. Durante la década de 1990, misiones soviéticas y rusas intentaron sellar las zonas más vulnerables del casco con tapones de titanio, una medida que retrasó —pero no evitó— el deterioro provocado por la corrosión marina.
Niveles de radiación hasta 800,000 veces superiores a lo normal
Las mediciones más recientes, publicadas en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), revelaron datos contundentes. Noruega asumió el monitoreo científico del sitio con vehículos submarinos operados a distancia (ROV), logrando por primera vez tomar muestras directas de agua, sedimentos y organismos vivos junto al casco.

Los resultados confirmaron filtraciones activas: concentraciones de cesio-137 hasta 800,000 veces superiores a los valores normales y de estroncio-90 hasta 400,000 veces por encima del fondo natural, detectadas muy cerca de una tubería de ventilación del submarino.
Sin embargo, los científicos son cuidadosos al interpretar estos resultados. La radiación se disipa rápidamente a pocos metros del casco, gracias a la enorme presión, la temperatura y las fuertes corrientes profundas del mar de Noruega. Fuera del entorno inmediato del submarino, los niveles vuelven a rangos considerados normales para la región.
El reactor, el mayor peligro latente
Los expertos aclaran que no se ha detectado plutonio de uso militar en el entorno, lo que sugiere que los torpedos nucleares sellados en los años 90 continúan intactos. El principal problema radica en el combustible del reactor, que estaría en contacto directo con el agua de mar debido a la corrosión interna del sistema.
Desde el punto de vista ecológico, los estudios sobre fauna marina adherida al casco —como esponjas y pequeños invertebrados— muestran niveles ligeramente elevados de radiación, pero sin deformaciones visibles ni impactos biológicos significativos hasta el momento. Aun así, los investigadores advierten que la degradación del casco continuará durante las próximas décadas, lo que obliga a mantener una vigilancia constante.
El caso del Komsomolets no es aislado: otros submarinos y reactores nucleares de la época soviética permanecen hundidos en mares del Ártico y el Atlántico Norte. La comunidad científica coincide en un mensaje clave: no hay una emergencia inmediata, pero el riesgo existe y crecerá con el tiempo si no se actúa. La Guerra Fría terminó hace décadas, pero sus sombras radiactivas aún siguen filtrándose desde el fondo del mar.















