OPINIÓN

El corset de Bolsonaro

El 1° de enero ni se habían apagado los fuegos artificiales y nos encontramos con el primer evento de un 2019 recargado de política: la asunción presidencial de Jair Messias Bolsonaro. El señor que nunca imaginamos llegar al Planalto, con un programa de renovación económica, institucional, ética y moral del motor sudamericano.

El debut fue con un Bolsonaro desatado y en clave aún electoral, decidido a exponer y enfrentar a quienes construyó como sus rivales políticos por el mandato que recién comienza. Existen, sin embargo, una serie de límites en la propia dinámica política brasilera. Tendrá diques de contención, aunque él no los quiera.

El primero para remarcar es la dificultad de las democracias contemporáneas para ser gobernadas únicamente con el apoyo de la opinión pública. Bolsonaro ganó sin estructuras partidarias consolidadas ni una red política que lo posicionara, impulsara y extendiera en todo el territorio. Whatsapp, Facebook, Twitter y Youtube se encargaron. Demostró que es posible ganar así. Su discurso de asunción estuvo directamente relacionado a esta vinculación sin intermediación con el electorado: dijo lo que la mitad del país quería escuchar. Los que lo votaron.

Pero gobernar tiene sus mañas y las encuestas sus momentos. La opinión pública es volátil y traicionera. Lo que es pan para hoy, es hambre en algún momento del mañana. Los técnicos de fútbol hacen un doctorado en este tema. Si bien “el mesías tiene como principal capital político los votos y el fervoroso apoyo social de esa mitad, la ausencia de un entramado de dirigentes en los distintos niveles de un complejo sistema político como el brasileño puede achicar la panera.

Como segundo dique de contención aparece la transversalidad de la bancada BBB: biblia, bala y buey. Su base legislativa de apoyo es transversal y nutrida de múltiples grupos, muchos de ellos con escasa capacidad de organización y bajo conocimiento del sistema político. Coincido con Ignacio Pirotta en la inestabilidad y ausencia de coordinación de la bancada que logró reunir Bolsonaro: la unidad se logra en temas específicos, no así en la gestión de la disciplina legislativa. La opinión pública necesita, además de discursos, leyes.

A esto cabe agregar la alta renovación de ambas cámaras del Congreso Federal. De acuerdo a datos del Departamento Intersindical de Asesoría Parlamentaria (DIAP) el 52% de la Cámara de Diputados y el 85% del Senado son nuevos en el recinto. El huracán Bolsonaro arrasó y dejó neófitos legisladores. La falta de experiencia puede, en el largo plazo, ser un tiro por la culata de la gobernabilidad.

El tercer límite es el equipo de gobierno. Un gabinete presidencial con 22 ministros se reparte entre 7 militares, 6 civiles con filiación partidaria clara y 9 civiles independientes. De modo que más del 70% de sus colaboradores no tiene vínculos institucionales formales con los partidos con representación parlamentaria: quienes van a votar las leyes que Bolsonaro va a necesitar para gobernar. Se resiente así la tradicional lógica política brasileña, donde la coordinación Poder Legislativo – Poder Ejecutivo se sustentó durante décadas en el cuoteo partidario de las coaliciones de gobierno. Esto, si bien pudo ser caldo de cultivo para la ira pública, resultó la fórmula ideal para resolver el dilema de la fragmentación. Con el que continua siendo el Congreso más fragmentado del mundo, los también neófitos ministros requerirán más innovación que encuestas.

La propia construcción de Bolsonaro convirtió estos diques en sus pilares de apoyo. Es el peligro de los volantazos en democracia. Pero lo que hizo atractiva su figura para unos es, en el mediano y largo plazo, su propio límite para todos.

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