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En 2002, Elon Musk fundó Space Exploration Technologies con un propósito que sonaba a ciencia ficción: reducir el costo de llegar al espacio para, luego, hacer posible la colonización de Marte. Lo que siguió fueron seis años de iteración acelerada. El Falcon 1, el primer cohete de la compañía, falló tres veces consecutivas antes de alcanzar órbita en septiembre de 2008. Era el último que podía costearse. Ese éxito llegó junto a un contrato de emergencia de la NASA que mantuvo a SpaceX con vida.

La inflexión real llegó en 2010 con el Falcon 9, el primer cohete orbital diseñado desde su origen para ser reutilizable. En 2012, la cápsula Dragon se convirtió en la primera nave comercial en acoplarse a la Estación Espacial Internacional. En 2015, SpaceX logró por primera vez aterrizar verticalmente la primera etapa de un cohete, un logro que parecía imposible y que reescribió la economía del acceso al espacio. El costo por kilogramo a órbita baja cayó de u$s 15.600 dólares en 2008 a menos de u$s 1.000 en el Falcon 9 actual, una reducción del 95%.

Hoy, SpaceX opera más del 85% de todos los vehículos espaciales que llegan a órbita en todo el mundo.

Espacio e internet satelital

SpaceX ya no es la startup aeroespacial de sus primeros años. Es un conglomerado con tres divisiones que operan con lógicas distintas y con resultados opuestos.

El segmento de lanzamientos, los cohetes con Falcon 9, Falcon Heavy y el desarrollo de Starship, es el origen histórico del liderazgo de la empresa y la base de su dominio industrial. SpaceX mantiene contratos con la NASA, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos y agencias de inteligencia. Sin embargo, este segmento registró en el primer trimestre de 2026 una pérdida de u$s 619 millones, producto del gasto acumulado en el desarrollo de Starship, que ya supera los 15.000 millones de dólares. El negocio de lanzamientos genera ingresos pero, por ahora, no genera ganancias.

El verdadero motor financiero de la empresa es Starlink. La red de internet satelital de baja órbita superó los 10,4 millones de suscriptores activos en todo el mundo y facturó u$s 3.260 millones solo en el primer trimestre del año, el 69% de los ingresos totales del grupo. En 2025, el segmento de conectividad generó u$s 11.400 millones, frente a los 7.600 millones del año anterior. Es el único activo de SpaceX que genera caja.

El tercer segmento es el más especulativo. En febrero de 2026, SpaceX adquirió xAI, la empresa de inteligencia artificial de Elon Musk, en una operación valuada en u$s 250.000 millones. La división de IA resultante perdió 2.500 millones de dólares en el primer trimestre de 2026, pero ya firmó contratos de infraestructura con gigantes del sector: Google acordó pagar u$s 920 millones mensuales hasta junio de 2029 para alquilar chips de Nvidia operados por SpaceX.

Datacenters en órbita

La fusión con xAI no fue solo una integración de activos: fue la declaración de una nueva visión estratégica. Musk la resumió con una frase que define el rumbo de la compañía para la próxima década: construir un “sol consciente” a partir de un millón de satélites que operen como centros de datos en órbita terrestre baja, alimentados por energía solar continua.

SpaceX ya presentó ante la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de los EE.UU. una solicitud para desplegar hasta un millón de satélites que operen como centros de datos en órbita baja. El 8 de junio presentó el satélite AI1: la primera generación de su plataforma orbital de cómputo para IA, con un pico de 150 kilovatios de potencia de procesamiento. Los primeros prototipos están programados para despegar en el primer semestre de 2027.

El vehículo que hace posible todo esto es Starship, el cohete en desarrollo más potente de la historia. SpaceX proyecta que alcanzará un ritmo de un lanzamiento por hora con 200 toneladas de carga útil por vuelo. Esa cadencia convertiría el despliegue masivo de satélites en un problema de manufactura, no de logística espacial.

Starlink ofrece conectividad de banda ancha gracias a una constelación de satélites de órbita baja.

La IPO más grande

La salida a bolsa (IPO) de SpaceX en el Nasdaq bajo el símbolo SPCX, con fecha fijada para este 12 de junio. La compañía recaudó 75.000 millones de dólares, al colocar 555,6 millones de acciones a un precio de u$s 135. Habrá que seguir, ahora, la evolución de su cotización.

Con la salida a bolsa, SpaceX superó el récord histórico de los u$s 29.000 millones que captó Saudi Aramco en 2019. Con una valuación estimada de entre 1,77 y 2 billones de dólares, la compañía entraría así al mercado entre las diez más valiosas.

La necesidad de capital es concreta. SpaceX reportó en 2025 ingresos totales de u$s 18.700 millones con una pérdida neta de u$s 4.900 millones, impulsada por el gasto de capital en infraestructura de IA y el desarrollo de Starship. El déficit acumulado total de la compañía asciende a u$s 41.300 millones. Los fondos de la IPO están destinados a financiar tres frentes: acelerar los lanzamientos de Starship, expandir la constelación Starlink y construir la infraestructura orbital de cómputo para IA.

Los riesgos para SpaceX

El propio prospecto S-1 presentado ante la SEC describe los centros de datos orbitales como tecnología “no probada” y con “complejidad técnica significativa”, una descripción notablemente cautelosa.

El segundo riesgo es la dependencia de Starship. Todo el megaproyecto de datacenters orbitales descansa en que este cohete logre la cadencia de vuelo, la confiabilidad operativa y la reducción de costos que SpaceX proyecta. Si Starship no alcanza esos objetivos en los plazos previstos, el argumento central de la valuación se debilita.

El tercer vector de riesgo es la competencia. SpaceX ha estado sistemáticamente diez años adelante de sus rivales en lanzamiento reutilizable, pero la industria espacial privada china viene cerrando esa brecha a un ritmo sin precedentes. Empresas como LandSpace, con su cohete Zhuque-3, y otras startups del sector avanzan hacia vuelos orbitales reutilizables que podrían presionar los márgenes de SpaceX en el mercado global de lanzamientos comerciales.

A eso se suma el riesgo de gobernanza. La estructura de doble clase de acciones que se espera para la IPO limita la capacidad de los inversores para influir en decisiones corporativas, dejando a Musk con control efectivo sobre una empresa que también gestiona contratos de defensa, satélites de comunicaciones gubernamentales y, ahora, infraestructura crítica de inteligencia artificial. La concentración de poder en una sola figura, con múltiples empresas interconectadas, es un factor de riesgo que los analistas no dejan de mencionar.