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Seis años atrás, la pandemia de COVID-19 cambió la vida de millones de personas en todo el mundo. Una de ellas fue María Luján Cravero (41), quien contrajo el virus durante el quinto mes de embarazo y, seis años después, todavía convive con secuelas que afectan su vida cotidiana.

El 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró oficialmente el inicio de la pandemia de coronavirus, un hecho que marcó un antes y un después en la historia reciente. Además de las millones de muertes registradas durante la emergencia sanitaria —unas 15 millones entre 2020 y 2021, según estimaciones de la ONU—, el virus dejó secuelas que todavía hoy afectan a muchas personas.

Entre las más conocidas se encuentran la anosmia (pérdida del olfato) y la ageusia (pérdida del gusto), dos alteraciones sensoriales que, en algunos casos, persisten durante años y modifican profundamente la calidad de vida.

Secuelas del COVID: perdió el gusto y el olfato durante el embarazo y todavía sigue con consecuencias

María Luján recuerda que los primeros meses fueron desesperantes. Los médicos le explicaban que, por haber contraído el virus durante el embarazo, la recuperación podía demorar un poco más. Sin embargo, el tiempo pasó y los síntomas nunca desaparecieron por completo.

“Estuve dos años sin gusto y sin olfato. Primero me decían que era porque el COVID me había agarrado en el quinto mes de embarazo, el COVID, como que me iba a durar un poco más por estar embarazada. Pero pasaron dos meses, tres meses, cuatro, nació mi bebé y no le sentí ningún olor a mi bebé. No sentía olores, ni sabores. No distinguía la comida, podía comer picante y me daba igual. Fue horrible”.

La pérdida del gusto y el olfato fue una de las secuelas más frecuentes y características del COVID-19.Freepik.

Aunque con el paso de los años recuperó parcialmente ambos sentidos, las secuelas siguen presentes. “Hubo una etapa también que sentía olor a quemado y a podrido todo el tiempo”.

Además, explica que todavía hay alimentos y bebidas cuyo sabor continúa completamente alterado. “Las gaseosas no las puedo tomar. A la Coca le siento sabor a nafta, eso todavía no lo recuperé. También hay olores que no siento. A veces vamos por la calle y mi marido me dice ‘¿sentís ese olor?’ y yo le digo ‘¿qué olor? no siento nada’“.

Cómo afectan la anosmia y la ageusia a la vida cotidiana

La pérdida del gusto y el olfato no solo modifica la percepción de los alimentos. También impacta en actividades tan simples como cocinar o compartir una comida.

Una de las recomendaciones más comunes para intentar recuperar el olfato tras el COVID-19 fue el entrenamiento olfativo con café.Unsplash.

Ambos sentidos trabajan de manera conjunta. El cerebro integra la información proveniente del gusto y del olfato para reconocer los sabores. Si bien es posible identificar sabores básicos como dulce, salado, amargo o ácido sin el olfato, para distinguir sabores más complejos resulta indispensable la participación de ambos sentidos.

En el caso de María Luján, cocinar dejó de ser una tarea sencilla. “Para cocinar era todo diferente porque probaba la comida y no sabía si tenía mucha sal o poca“.

La situación también afectó uno de los momentos más importantes de su vida: el nacimiento de su hija. “No le sentí su olorcito de bebé. Después, tampoco disfrutaba las comidas, me daba lo mismo comer o no, porque para mí era todo igual”.

María Luján también buscó distintas alternativas para recuperar el olfato, aunque sin éxito. “En su momento fui a distintos médicos, me dijeron que empezara oliendo café, que el cerebro lo iba a recordar y que iba a recuperar el olfato, pero no me sirvió“.

Las secuelas del COVID pueden persistir durante años

Aunque muchas personas lograron recuperar parcial o totalmente el gusto y el olfato después de superar el COVID-19, otras continúan experimentando anosmia, ageusia o distorsiones en la percepción de olores y sabores incluso varios años después de la infección.

Estas alteraciones afectan la alimentación, la posibilidad de detectar olores importantes —como humo, gas o alimentos en mal estado— y también el disfrute de experiencias cotidianas.

Seis años después del inicio de la pandemia, la historia de María Luján refleja que, para algunas personas, el impacto del coronavirus no terminó con el alta médica. Las secuelas continúan presentes y siguen condicionando aspectos tan simples como disfrutar una comida, cocinar o sentir el olor de un hijo recién nacido.