

Texto: Jesica Mateu
A punto de estrenar Carmen, una de las obras más emblemáticas de la danza mundial, en Mar del Plata, el bailarín Maximiliano Guerra no puede –ni intenta– disimular su enamoramiento con la expresión artística que le ha permitido, desde hace décadas, triunfar en los escenarios del mundo. Bailarín emérito del Teatro Colón, primer bailarín del English National Ballet y de la Deutsche Oper de Berlín e invitado permanente del Teatro Alla Scala de Milán, también fue primera figura en emblemáticas compañías como Bolshoi, de Moscú, y Wielki, de Varsovia. Ahora, junto al Ballet del Mercosur –que fundó a su regreso a la Argentina, en 1999, y donde actualmente es director artístico, coreógrafo y primer bailarín–, presentará una renovada versión de la historia basada en la novela original de Merimée.
La estrella de Guerra comenzó a brillar con luz propia cuando inició sus estudios con el maestro Wasil Tupin y, posteriormente, en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. Sus primeros saltos profesionales los realizó en el Teatro Argentino de La Plata y en la Fundación Teresa Carreño de Venezuela, siendo miembro del ballet estable del Colón desde 1985. Tres años más tarde pasó a integrar Los ngeles Ballet Company, fichaje que le permitió dotar a su estrella de brillo internacional. Desde entonces, su carrera sólo fue ascenso. Paso a paso, salto a salto, giro a giro.
Ha bailado Carmen en varias oportunidades. ¿Por qué esta vez es diferente?
Esta versión tiene otra mirada. Creo que los ballets no son muy distintos unos de los otros a no ser que cambien radicalmente la coreografía. Y, en este caso, Carmen tiene otro concepto: el de la dramaturgia de Merimée. Es decir, los personajes están armados a partir de su novela y no a partir de la música de Bizet, como en la ópera, ni desde la óptica de la coreografía de Alberto Alonso, quien la hizo por primera vez. Sin embargo, algo de ese perfume se mantendrá porque amo respetar las cosas grandiosas que hicieron los maestros. Entonces, va a haber algunos detallecitos que, seguramente, recordarán quienes vieron la puesta anterior.
Después de tantos años, ¿aprendió a disfrutar de los ensayos y los estrenos?
En realidad, siempre disfruté mucho, nunca me puse nervioso por un espectáculo. Creo que sólo una vez en mi vida lo padecí, pero porque no sabía bien la coreografía: había llegado muy sobre la hora a Bulgaria, había muchos cambios en El Quijote y estaba un poco preocupado por acordarme de todo. Pero la verdad es que siempre disfruto mucho de los procesos. Creo que la llegada al estreno tiene que ser como llegar a lo más alto de la cumbre. Y, desde ahí, seguir subiendo función a función. En estos últimos años, me convencí de que todo el proceso que implica contar una historia es maravilloso. De hecho, junto a Manuel Callau (N. de la R: Actor de extensa trayectoria, da sus primeros pasos como director teatral), estamos incluyendo el estudio de teatro dentro de la danza. Generalmente, tenemos una línea más interpretativa a partir de la coreografía.
Pero ahora lo estamos haciendo al revés: buscamos los personajes y armamos la coreografía a través del teatro. Es fascinante. ¡Estoy súper contento! Aunque duermo pocas horas porque me quedo pensando y evaluando lo que me gusta. Otro cambio es que, por primera vez, no me hice filmar durante los ensayos: estoy yendo a las sensaciones.
¿El hecho de bailar con su pareja (N. de la R: Patricia Baca Urquiza, además de integrar el ballet, es la madre de dos de sus hijos) es otro riesgo calculado?
¡En las escenas de amor tiene unas ventajas bárbaras porque es también así en la vida! (sonríe). Me encanta trabajar con Patricia porque es súper profesional pero también por lo que produce en mí, en el feedback con mi personaje. Todos suelen imaginar que, cuando nos vamos a casa, seguimos trabajando. Pero, por suerte, eso no ocurre. Claro que nos damos un tiempo para hablar de laburo pero, cuando llegamos a casa, somos mamá y papá, somos esposos.
Desde su creación, hace más de una década, ¿qué cambió en el Ballet del Mercosur?
Lo único que cambió es el tema económico: somos una compañía subvencionada por mi bolsillo. Cuando lo fundé, todavía estaba vigente la convertibilidad, con lo cual era fácil traer artistas de la región. Ahora es mucho más complicado. De todas formas, el objetivo central permanece: los programas que presentamos tienen un perfil cultural muy identificado con los países del Mercosur, respetando las similitudes y las diferencias.
¿Cuáles son esos puntos de contacto?
En Paraguay, por ejemplo, hay muy buena música pero no tanto desarrollo de la coreografía, aunque tenemos similitudes en cuanto a generación de música autóctona. Con Brasil, en verdad, estamos en paridad creativa. Y Uruguay también tiene buenos coreógrafos y bailarines.
¿Qué aprendizajes importó tras vivir casi 20 años en Europa?
Todo lo que aprendí allá, en los 17 años que viví y los otros cuatro que seguí yendo a bailar, lo sigo aplicando. Tengo incorporada una forma de trabajo que me gustaría sembrar acá. Para eso volví. Lo hice con la intención de devolverle a mi país el apoyo que me dio poniendo en práctica lo que aprendí afuera.
¿Piensa en la enseñanza como una opción a la hora del retiro?
No pienso en el retiro. Pero creo que, más adelante, seguramente voy a enseñar, porque me encanta ese rol. En junio abrí la Escuela-Fábrica de Arte, donde quiero transmitir lo que aprendí en mi carrera, como el hecho de que un ballet con historia no se hace solamente danzando sino actuando, porque bailar es contar un cuento pero sin palabras. Mi intención es hacer una academia de excelencia. Pero, por ahora, prefiero divertirme arriba del escenario.
De pequeño tuvo varias pasiones: jugó al fútbol en las inferiores de River, tocó la batería en la banda Los Violadores y se le animó a la literatura. ¿Por qué ganó la danza clásica?
Era mi vocación. Soy hijo de un pianista y mi madre hizo teatro vocacional y radioteatro, así que en mi casa el arte estaba presente. Mi hermana mayor empezó a estudiar danza y, de casualidad, fui a ver una clase. Me di cuenta de que reunía la cuestión física del fútbol, el trabajo en equipo de una banda y la musicalidad de un piano. Ese combo me llamó la atención y quise probar. Fui a un par de clases y después todo fue fluyendo. Cuando me convocaron para jugar en la novena de River ya era refuerzo del ballet del Colón. Y decidí que lo que más me gustaba era bailar. Dejé River, aunque no el fútbol.
¿Qué cualidades de la profesión pudo trasladar a su vida cotidiana?
Una sola cosa: el trabajo en equipo, que me parece muy importante. Pero, más que nada, creo que fue al revés: traje la vida al escenario. En las tablas uno está totalmente desnudo, con el alma al aire, y no puede mentir. Eso es lo mejor.
Maximiliano Guerra es uno de los bailarines argentinos que ha sabido acercar el ballet clásico a un público hasta hace algunos años displicente con el género. La clave, explica, es generar propuestas que seduzcan, aunque sea de manera indirecta, a una audiencia joven.
¿En qué nivel está la danza local?
Hay un poquito más de oportunidades. Aunque me parece que estamos ante una nueva generación de bailarines que, me temo, están vacíos. Ha habido como un vaciado del alma y del saber de dónde venimos para saber hacia dónde vamos... No es un vaciado sino una limpieza, como algo que pintaron por arriba y se ve poco. Y creo que es muy importante, para cualquier persona que trabaja con el arte, saber quiénes fueron importantes en la historia de lo que hace. Un artista tiene que estar vinculado con el entorno sociopolítico del lugar donde está, donde se cría, donde nació, donde triunfa. Por eso me llama la atención cuando hago referencia a grandes personalidades de la danza mundial y los nuevos bailarines no los conocen.
¿A qué atribuye ese desconocimiento?
En principio, es una falla en la formación académica. Cuando estudiaba en el Teatro Colón –no sé si sigue existiendo– teníamos una materia obligatoria, Historia del arte y de la danza, donde se estudiaban desde los orígenes de la danza clásica hasta la fundación del ballet del Colón, quién fue la primera maestra y de quién había sido alumna. Actualmente, no sé cuántos de los colegas que tienen que interpretar un rol, leen el libro.
Habrá cumplido muchos sueños que ni siquiera llegó a imaginar. ¿Hoy con qué sueña?
Soy un gran soñador. Pero no persigo sueños. Creo que el sueño que se hace realidad es el que se trabaja paso a paso, el que se busca desde lo que uno genera.









