

Martín Yeza no disfruta del Congreso. Lo admite sin eufemismos. Viene de gestionar Pinamar como intendente, una ciudad que, según describe, “multiplica su población prácticamente cada diez años”, y el contraste lo incomoda.
En diálogo con El Cronista Stream confesó que la dinámica legislativa le resulta más orientada a calificar que a construir. En su mirada, los debates están “muy cargados de adjetivaciones y muy poco de descripción del proyecto”. Lo dice de ambos lados del espectro político, sin distinción partidaria.
El ejemplo más claro que cita son los dos proyectos centrales de la última etapa: modernización laboral y baja de edad de imputabilidad. En ambos casos, el debate giró alrededor de eslóganes antes que de contenido real.
Incluso el oficialismo, señala, falló en explicar su propia iniciativa. “Cuando tuvieron la oportunidad de presentarlo, empezaron con los eslóganes: ‘delito de adulto, pena de adulto’, todas esas cosas que no estaban en el proyecto.” Una paradoja difícil de ignorar.
Yeza eligió otro camino. Prefirió no hablar durante sus primeros dos años de mandato. Cuando finalmente intervino, adoptó una regla simple: “Atenerme a lo que dice el proyecto, no a lo que en los medios de comunicación se habla”.
La ayuda de la IA para medir los debates
Pero su aporte más llamativo no es su postura personal sino lo que descubrió mediante datos. Junto a un grupo que denomina de “nerdos”, formó un think tank de 120 personas entre geólogos y académicos para analizar el Congreso con herramientas cuantitativas.
Tomaron todas las versiones taquigráficas de los primeros 18 meses de sesiones. Tokenizaron cada palabra. Corrieron simulaciones Monte Carlo con inteligencia artificial. El resultado fue contundente y, según él, “delirante”.
“Descubrimos que el 85% del tiempo en algunas sesiones no hablan del tema convocado.”, señaló.
El ejemplo que usa es ilustrativo: “Vamos a debatir sobre jubilaciones y hablan de la macroeconomía, de la industria, de la laguna de Mar Chiquita.” El recinto, concluye, funciona como productora de contenido: “Todo un loquero para Instagram, para sus propios Instagram.”

Lejos de la ciudadanía
Para Yeza, el problema tiene dos capas. Primera: los temas elegidos pueden sentirse ajenos a la ciudadanía. Segunda, y más grave: “Una vez que seleccionás el tema, no hablás del tema.”
Pone como ejemplo la Ley de Datos Personales. Suena abstracta, pero ¿cuántas horas diarias pasa alguien con el celular? O la Ley de Glaciares, presentada por algunos como “unas rocas sin valor económico” y por otros como una amenaza al Perito Moreno. “¡No es ninguna de las dos!”, dice.
Frente a esta realidad, algunos legisladores esgrimen un argumento que a Yeza le genera particular impaciencia: que la ciudadanía no los comprende porque ellos son una elite técnica. Su respuesta es directa: “¡Che, probá un día siendo técnico!”
Y cierra con una comparación que resume su punto: “Tenemos un presidente que llegó hablando del Teorema de la Imposibilidad de Arrow. Capaz que para variar podríamos tener diputados que elijan ser técnicos.” El dato, la precisión y la claridad como antídoto al eslogan vacío.
“Vamos a debatir sobre jubilaciones y hablan de la macroeconomía, de la industria, de la laguna de Mar Chiquita.” El recinto, concluye, funciona como productora de contenido: “Todo un loquero para Instagram, para sus propios Instagram.”
Por qué el PRO y LLA no son lo mismo
Yeza fue contundente al explicar por qué el PRO no se disuelve en La Libertad Avanza, pese a compartir gobierno y agenda durante dos años.
La diferencia, según él, no es solo discursiva. “Ustedes los del PRO creen que el Estado es algo que puede ser gestionado, nosotros creemos que es algo que tiene que ser desmantelado”, resume la tensión de fondo entre ambos espacios.
Para ilustrarlo, Yeza recurrió a un ensayo de Daniel Kahneman sobre dos empresas ferroviarias estadounidenses que se fusionaron pese a tener el mismo rubro y la misma tarifa. Dos años después quebraron. El motivo: culturas internas incompatibles.
“Así funcionamos”, dice Yeza. El PRO tiene, a su entender, una identidad propia forjada en la gestión municipal. “Yo veo un intendente y ya me doy cuenta de que es del PRO porque miro el asfalto.”
La coincidencia de estos dos años, aclara, respondió a prioridades casi pre-ideológicas: ordenar la macro y recuperar el orden público. Para lo que viene, anticipa, las diferencias serán más visibles. El PRO, concluye, no piensa fusionarse porque ya sabe cómo termina esa historia.














