

Mientras el foco de la política económica volvió a correrse hacia el flamante acuerdo comercial y de inversiones entre la Argentina y Estados Unidos, el entendimiento entre el Mercosur y la Unión Europea quedó, al menos por ahora, en un segundo plano de la conversación pública. Ese desplazamiento no resulta casual. Aun cuando la firma del acuerdo abrió una nueva etapa tras más de dos décadas de negociaciones, el entusiasmo inicial se atenuó cuando quedó claro que el texto todavía enfrenta un camino institucional complejo: la revisión por parte del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y la posterior ratificación de los parlamentos nacionales del bloque.
En ese contexto, un informe del IERAL de la Fundación Mediterránea puso el foco en una dimensión clave del acuerdo UE-Mercosur: su impacto territorial. Bajo el título “Acuerdo UE-Mercosur. ¿Qué regiones ganan más y dónde están los desafíos?”, el trabajo analiza cómo la apertura comercial proyectada no afectará de manera homogénea a la economía argentina, sino que abrirá oportunidades y tensiones muy distintas según la estructura productiva de cada región.
El acuerdo preve una desgravación arancelaria asimétrica y gradual. La Unión Europea elimina aranceles de manera más acelerada —el 80% de las partidas en forma inmediata y el resto en un plazo máximo de diez años—, mientras que el Mercosur dispone períodos de transición más largos, que llegan hasta 15 años para los productos más sensibles, como automóviles, autopartes, químicos y maquinaria. Además, incorpora mecanismos de salvaguarda para los casos en que un aumento brusco de importaciones generara daños relevantes a la producción local.
Los beneficios más inmediatos
Según el informe, los primeros ganadores son los sectores que ya exportaban a la Unión Europea. Ese mercado explica alrededor del 10% de las exportaciones totales argentinas, con unos u$s 8.300 millones anuales. En términos absolutos, la región pampeana concentra el mayor volumen, mientras que, por participación relativa, el NOA se destaca con el 13% de sus ventas externas dirigidas a la UE.

Entre los productos beneficiados aparecen la harina y los pellets de soja, el biodiesel, la carne vacuna, el maní, los langostinos, los vinos, los cítricos, las peras y las manzanas, además del arroz. Para estos complejos exportadores, la baja de aranceles implica una mejora directa de competitividad sobre flujos comerciales ya existentes.
Creación y desviación de comercio
Más allá de ese impacto inicial, el IERAL subraya dos efectos centrales en el mediano plazo: la creación y la desviación de comercio. La creación de comercio se vincula con la aparición de nuevas exportaciones, favorecidas por los cambios en los precios relativos tras la eliminación de aranceles.
En ese plano, la carne vacuna de la región pampeana se consolida como uno de los grandes ganadores, apalancada en la ampliación de cupos. También se destacan la pesca patagónica —merluza, calamar y langostino— y el maní cordobés, que acceden a una desgravación inmediata.
Cuyo, Mendoza y San Juan se benefician por la eliminación de aranceles para productos como las nueces y por una liberalización progresiva del vino, que parte de una protección del 27%.
En el NOA y el NEA, cítricos, legumbres, miel y té quedan alcanzados por la eliminación de aranceles que llegaban hasta el 20%.
La contracara aparece en la desviación de comercio. La apertura gradual a bienes industriales europeos expone a mayores tensiones competitivas a la industria del AMBA y a los polos productivos de Córdoba y Santa Fe.
La eliminación —aunque no inmediata— del arancel del 35% para automóviles, autopartes, maquinaria agrícola y equipos industriales somete a las fábricas locales a una competencia directa con empresas de mayor escala y tecnología. El informe advierte que esa presión se intensifica en sectores orientados históricamente al mercado interno o al brasileño, como textiles, calzado, lácteos y papel y cartón.
Chile como referencia
Para evaluar la posibilidad de competir con proveedores europeos, el trabajo toma como referencia el caso chileno, un mercado donde Argentina y la Unión Europea operan en igualdad de condiciones arancelarias desde hace años. Allí, pese a la apertura, Chile desarrolló industrias como la vitivinícola y la del aceite de oliva, con exportaciones anuales por u$s 1.500 millones y u$s 150 millones, respectivamente, aun cuando la UE explica más del 50% de la producción mundial de esos bienes.
Ese antecedente muestra que la competencia resulta posible, aunque exige trabajar sobre el denominado “costo argentino”. En palabras del informe, la apertura “requiere trabajar en la disminución del costo argentino durante el período de desgravación progresiva”, lo que implica avanzar en reformas estructurales y mejoras logísticas.
El factor ambiental
Uno de los desafíos transversales identificados es el ambiental. El acuerdo incorpora la obligatoriedad del cumplimiento del Acuerdo de París, lo que exige garantizar que productos como la carne, la soja o los derivados de la madera provengan de tierras libres de deforestación. Este punto resulta especialmente sensible para las provincias del NOA y del NEA.
Además, la Comisión Europea pone en consulta criterios ambientales vinculados al “cambio indirecto del uso del suelo” (ILUC), que podrían clasificar al biodiesel como cultivo de alto riesgo. De avanzar esa definición, se transformaría en una barrera no arancelaria para uno de los principales productos de exportación argentinos hacia la UE.
Un mapa regional desigual
Al ordenar los impactos por regiones, el IERAL concluye que Cuyo aparece como la principal beneficiada, por la combinación de baja de aranceles al vino, atracción de inversiones mineras y un perfil agroexportador consolidado. Le siguen el NOA, con ventajas en agroindustria y minería, aunque con desafíos logísticos y ambientales, y la Patagonia, favorecida por la pesca y la energía, pero con tensiones particulares en Tierra del Fuego.
La región Centro concentra las mayores ganancias en términos absolutos, aunque también enfrenta los riesgos competitivos más altos para su entramado industrial. El NEA, en cambio, muestra un enorme potencial, condicionado a la adaptación productiva, la certificación de normas europeas y la mejora de su inserción internacional.











