

Empezamos el año y, aunque cada día parezca repetirse, en realidad nunca es igual al anterior. Incluso para quienes vivimos con cierta inflexibilidad —por más paradójico que suene— el cambio también puede ser una forma de crecimiento. Contar uno, dos, respirar. Recordar que la vida es tránsito: como la noche y el día.
En ese movimiento se despliega también la historia del autismo. Durante décadas, profesionales trabajaron con dedicación silenciosa. Primero a la luz de las hipótesis y hoy bajo la evidencia científica, buscando comprender, aliviar dificultades y derribar barreras. En Argentina, ese camino también se construyó con conocimiento, investigación, artículos científicos y compromiso humano.
Como toda balanza que busca equilibrio, en algún momento aparecieron voces que cuestionaron lo establecido. Se discutió la hegemonía médica, se abrieron nuevas miradas y surgieron organizaciones que marcaron un antes y un después, como APAdeA (Asociación Argentina de Padres de Autistas), cuando el terreno aún era desierto para el autismo.
Inspiraciones internacionales —como las palabras de Ruth Sullivan: “ustedes son las voces de sus hijos”— encontraron eco en familias argentinas que comenzaron a organizarse y a exigir derechos, hasta convertirlos en realidad.
Con el tiempo llegaron cambios diagnósticos, como los del DSM-5, que integraron categorías previas dentro del espectro autista, y también surgieron nuevas perspectivas, entre ellas la neurodiversidad. Las comunidades crecieron, se diversificaron, a veces se unieron y otras se fragmentaron, reflejando la complejidad humana.
En lo personal, atravesé muchas formas de nombrarme: autista, neurodivergente, asperger. Hoy comprendo que esas palabras fueron estaciones de un mismo viaje. Sigo cambiando, porque el conocimiento también implica romper moldes y ejercer pensamiento crítico. Antes que cualquier etiqueta, soy Lourdes: una persona, una escritora, alguien que aprende.

También creo necesario hacer una distinción: los debates históricos sobre la figura de Hans Asperger pertenecen al campo de la investigación y la memoria colectiva, y sus crímenes pertenecen a su historia, no a la nuestra. Nada de lo que él hizo invalida el derecho de las personas a elegir cómo nombrarse. Un nombre no es propiedad de la historia ni de los especialistas; es una construcción personal. Pretender que todos deban adoptar una única denominación sería, en definitiva, otra forma de uniformidad impuesta. La verdadera libertad consiste en que cada quien pueda definirse según su propia experiencia, sin presiones ni adoctrinamientos.
Comienzo a pensar que tal vez no se trate de una identidad en sí misma, sino de aceptar que es una condición con bases genéticas y neurológicas, atravesada también por múltiples factores. No necesariamente como una identidad sociopolítica, cultural o económica. Cuestionarme a mí misma, revisar lo que creo y volver a pensar, romper creencias, también es parte de un proceso legítimo. Esto no invalida que otras personas lo vivan como identidad; simplemente describe el lugar desde el que hoy empiezo a pensarlo.
Un nombre no es propiedad de la historia ni de los especialistas; es una construcción personal. Pretender que todos deban adoptar una única denominación sería, en definitiva, otra forma de uniformidad impuesta
Durante años creí que debía luchar por convivir. Hoy entiendo que, en muchos espacios, la convivencia ya está ocurriendo —nos guste o no a unos u otros—, porque existimos, estamos y formamos parte de la sociedad. Lo que necesitamos ahora es respeto. Respeto por las distintas realidades del espectro, por las familias que enfrentan desafíos profundos, por quienes requieren apoyos permanentes, así como de los profesionales, organizaciones y fundaciones que los acompañan, y por quienes transitan otras experiencias. Ningún dolor es comparable: cada vida es única e irrepetible.
El 18 de febrero, en Argentina, se conmemora el Día Nacional del Síndrome de Asperger, establecido por la Ley 27.517. No es solo una fecha: es un recordatorio de existencia, de memoria y de visibilidad. También es una oportunidad para reconocer el trabajo de organizaciones como Liga Asperger 7 y de tantas otras que, desde distintos enfoques, buscan lo mismo: dignidad y comprensión.
La libertad implica que cada persona pueda nombrarse como desee, sin imposiciones externas. Los diagnósticos son herramientas clínicas necesarias para profesionales y sistemas de salud; la identidad, en cambio, pertenece a cada individuo.
Somos personas. Sentimos, sufrimos, reímos, soñamos, creemos. Eso debería ser suficiente.
Si este día contribuye a que alguien sea visto con más humanidad, entonces vale la pena. Yo construyo mi mente con aprendizaje, día a día, y me desdigo —con orgullo— de mí misma, porque entiendo que así se aprende. Y cuando otros no están de acuerdo conmigo, lejos de incomodarme, siento que allí puede existir una diferencia positiva: la prueba de que puedo pensar por mí misma, sin la necesidad de agradar.
Con quien necesito estar en paz es con Dios. Todo lo demás —las opiniones, las etiquetas, las expectativas ajenas— pertenece al territorio de la vanidad.
Lo único que sé es que nuestro techo es el infinito.















